Querido Juan Carlos,
Ya sabes por facebook que en mi otra vida yo soy Slow Poke, el ratoncito perezoso mexicano, así que entiendo bien lo de la tardanza, y todavía me parece que fuiste algo deprisa. De rigor es darte las gracias efusivamente por haberte leído el libro, y también por la invitación (privada) a responderte y seguir el tono epistolar de tu texto. Como todo el mundo sabe, los lectores tienen pleno derecho a llevar su lectura por donde dios les de a entender, y el autor no tiene más que aguantarse, aun estando agradecido por una atención prestada que de ninguna manera va por descontada en ningún caso. Lo que lamento, y por ti, es que tu “contexto,” como lo llamas, ese ambiente, sea tan malsano y odioso, y consumado en el racismo invertido de un campo profesional que yo he experimentado numerosas veces bajo la forma, insólita pero real (se trata de una cita, no me lo invento), del “gallego de mierda, go home.” Sí, gracias, ya lo hice hace algún tiempo, por eso, te aseguro, la frase del subtítulo del libro que refiere al “abandono de la conciencia desdichada” refiere en primer lugar al abandono de todo ese ambiente invivible que mencionas quizá un poco demasiado deprisa. Yo ya no estoy ahí, ni quiero estarlo. Ese lugar no es el mío, nunca lo fue, ni se lo disputo a nadie. Y por cierto, seguro que he sido muchas veces un “extraño latinoamericanista” y hasta un “gallego de mierda,” pero no recuerdo haber sido un “español antipático,” desde luego no con mis amigos, que en principio son todos los que no me hacen llegar señales inequívocas de lo contrario (aunque algunos son más que eso). Es extraordinario lo que cuentas—no creo haber merecido tanta consideración, y menos por supuesto de la gente que ni siquiera ha leído mis textos, sin duda los más con mucho. Así que uno tiene que preguntarse de dónde tanta basura. Sobre “lo que pasó allí” nadie que no lo sepa de primera mano tiene el más mínimo derecho a opinar—opinar es maldad cuando no es mera majadería. O será las dos cosas. Pero déjame decir que la complicidad, esa de la que hablas, con aquello que pasó allí no está desvinculada del horror de la censura intelectual, de que no le dejen a uno decir lo que piensa, de la territorialidad matona del que cree que está en la verdad porque tiene el poder, o pretende tener el poder por estar en la verdad. El otro día le comentaba a algunos amigos, a propósito de la novela de Emmanuel Carrére El adversario, que yo siempre he preferido la “lucidez dolorosa” a la“ilusión consoladora,” pero que lo más difícil es tener que entender que a veces no puede haber lucidez, porque faltan datos y no se entiende de ninguna forma qué pasa—uno vive suspenso en la lucidez imposible, queriéndola, pero no alcanzándola. Nunca supe ni sabré de dónde tanto odio. Pero ya va dejando de importarme.
Porque ya me declaré fuera de su alcance. Me parece también algo apresurado de tu parte concluir que “en estos asuntos,” como dices, no haya “víctimas y victimarios.” Yo pienso que sí. Es más, pienso que cuando alguien da testimonio de que es así, de que, por ejemplo, ha sido atacado con injusticia y crueldad, la respuesta adecuada no puede ser la suspensión del juicio, puesto que el que testimonia cuenta su verdad (puedes acusarlo de mentir, pero no cabe decirle que no sabes a qué atenerte, eso es duro de tragar: o miento o digo la verdad, créeme.) Y claro, tampoco el aburrimiento cabe, como respuesta al narrador, si la narración está bien narrada, si la narración cuenta una historia real, por más que íntima u obscena. Contarla era el precio del abandono de la desdicha, para poder entrar en relación ya libre con esa “herida sin sutura” que uno tampoco quiere olvidar ni deja cicatrizar, para no engañarse con ello ya nunca más. Contarla no es un capricho, porque vivirla no lo fue tampoco.
El que realmente está aburrido de todo ello soy yo–tuve que publicar ese libro para sacarme de encima esa historia a través del pequeño fragmento de ella que cuento, y para permitirme ya no volver al tema nunca más, como el mismo libro dice un par de veces, por si una no bastaba. Pero el libro abre otras perspectivas. Yo estoy haciendo ahora mi mejor trabajo, y mis amigos están haciendo todavía mejor trabajo que yo–por primera vez en 30 años puedo decir con certeza que el futuro del pensamiento en español, en la medida en que dependa de nosotros, existe: hay un futuro, y es mejor que cualquier pasado. Otros pueden acercarse a todo ello. Que esto haga que al personal podrido en el ambiente que tú mencionas se lo lleven los demonios es algo que me trae absolutamente sin cuidado. Como ellos saben, nunca los quise, y no merecen mucho más que eso. Ni menos. A paseo. Nosotros tenemos mucho que hacer. Y poco que perder.
Así que lo que tú llamas “funcionalidad averiada” no está realmente averiada, ya no, ya funciona otra vez, aunque lo estuvo, lo fue, durante años. Ya no. Y no se lo debo precisamente a ningún campo profesional ni a ningún latinoamericanismo—a esos no les debo nada, y así prefiero que continuen las cosas, porque, en realidad, no sabría deberles, me parecería muy mal, muy antipático de mi parte, y faltaba más.
Lo que realmente agradezco de tu carta es esa petición de lectura, que me honra, si realmente crees que mi libro es suficiente para albergarla; si mi libro alcanza a poder hacerse cargo de una petición de lectura. Eso es todo lo que quise al escribirlo, o mejor: al organizarlo, pues los textos que lo componen fueron escritos sin idea inicial de libro. Y es, yo pienso, esa petición de lectura la que descoloca toda posibilidad de adjudicarle al libro “yoidad” alguna—al margen de esos latinoamericanistas del yo que han dejado de interesarme para siempre, ninguna escritura del yo me interesa tampoco, entendiendo que no hay apenas relación entre una escritura del yo y una escritura en primera persona—no sé si eso se entiende así, de pronto, pero traté de explicarlo en el libro, y en todo caso remite a la diferencia entre aquellos que escriben para probar algo y aquellos que escriben porque no tienen más remedio que hacerlo. Yo, lamentablemente, estoy, cuando estoy, entre estos últimos. Así me va. Nunca he conseguido probar nada. La infrapolítica acoge desde luego la escritura en primera persona, no tolera ninguna otra, y no es sin embargo en ningún caso ejercicio de escritura yoica.
Y sí, la voluntad de metaforización es siempre sospechosa, eminentemente lo es—la metáfora miente siempre. En los textos (difíciles) de Pascal Quignard tenemos la prueba más concreta, en ese odio intempestivo al logos que traiciona toda la tradición literaria, en ese odio a la lengua que vende una lengua ya siempre vendida al mejor postor. La metáfora es un engaño inaudito en el que toda lucidez no puede más que suspenderse en ilusión consoladora. De ahí la demanda incondicional de una lengua no metafórica y por lo tanto imposible. Pero esa es la demanda infrapolítica, que también es demanda poética.
Sé que no contesto a todo lo que me dices, pero así tendremos ocasión de seguir hablando.
Otra vez mi gratitud, Juan Carlos, sincera. Nunca espero que esa petición de lectura sea recibida. Las ascuas no se apagan.
Abrazos, Alberto

En el final del libro de Juan Carlos Monedero, Curso urgente de política para gente decente (2013), hay como tres páginas de listas de cosas que uno quiere disfrutar, y que aparecen en nuestra vida, si tenemos ojos y oídos para ello, como los fulgores en lo oscuro de Georges Didi-Huberman. El lema es “hacer política como si nos fuera en ello la vida.” Esto es, hacer política, viene a decir, para que la vida no sea políticamente agotable, hacer política para ganar algo otro que la política–y esto es lo específicamente definible como de izquierdas (la política de derechas busca en realidad lo mismo, dice Monedero, pero desde el miedo y no desde la esperanza, a partir del privilegio de algunos contra el privilegio de todos; y el miedo impone su precio). Si esto es así, si esto lo entiende todo el mundo, si en el fondo es verdad que ningún panorama de izquierdas puede construirse hoy sin la negación del mundo político y de la relación con la existencia que hemos heredado (“Si los problemas de nuestras sociedades son la mercantilización de cada rincón de nuestra existencia, la precariedad de nuestras condiciones de trabajo y de vida, la desconexión del entorno y de los otros, la privatización de la existencia y la competitividad como la racionalidad de la época, un programa político alternativo se arma, precisamente, con todas esas cosas que niegan esas lógicas”), ¿por qué entonces tanta resistencia y tanta mala fe cuando se habla de infrapolítica? (No de Monedero, por cierto, del que no sé si ha oído la expresión, sino más cercanamente.) La infrapolítica es el horizonte necesario del logro en política (contra el éxito derechista)–cuando el mundo se abre a algo otro que el conflicto y la división. Ninguna política sirve cuyo resultado no sea una expansión radical del ejercicio infrapolítico. Por lo mismo, una infrapolítica sin política no puede darse–solo cabe radicalizar la demanda política hacia un espacio no hegemonizado, hacia un espacio libre, que es el espacio infrapolítico. Pero esto será llamado, no ya desde la ignorancia, sino desde la terquedad resentida, conservadurismo eurocéntrico, anti-identitarismo, fascismo, pendejismo, o giro lingüístico. La ceguera es voluntaria y es también profundamente desilusionante–porque en ese rechazo ciego entre los que pueden oír y no oyen ni quieren oír se sintomatiza una radical falta de compromiso político con todo lo que importa, se sintomatiza solo el oportunismo de los ventrílocuos. ¿No es hora ya de mandar a paseo a esa falsa izquierda gesticulante? ¿Quién querría vivir en su mundo?
(First Attempt–Incomplete and with Format Problems. Work in Progress. Additions or corrections can be proposed in Comments, and they will be incorporated.)
Para mí la referencia es el Libro de Tobit, uno de los libros deuterocanónicos del Viejo Testamento que, en cuanto tal, no aparece en todas las Biblias. Es una historia maravillosa en la que se cuenta cómo un joven, Tobías, hijo de un hombre piadoso en el exilio que nunca sin embargo olvidó enterrar a los muertos ni ocuparse de las viudas y los huérfanos de su pueblo, arruinado por el poder político, marrano, debe ir a cobrar una deuda a algún lugar remoto. Para ello encuentra la ayuda de un compañero, el ángel Rafael, que le aconseja cómo defenderse de un pez mágico que le ataca en el río, y cómo extraer de ese pez herramientas indispensables para su vida: la forma de exorcizar el demonio que plaga la vida de Sara, su futura mujer, y la forma de curar la ceguera de su padre, causada por excrementos de golondrinas. Pero también la posibilidad de encontrar su camino en el desierto, y no perderse. Cuando Tobías retorna al lugar paterno, con mujer y fortuna, su padre pide que le pague a su compañero. El compañero revela entonces su calidad de ángel y marcha. Tobit y Tobías viven muchos más años, y uno no puede sino pensar que su vida, la vida no narrada, la vida que resta, está cruzada por el tiempo de la espera–la vida es entonces la espera por el retorno del ángel, o el tiempo que falta para tal retorno.

