Comentario a un libro de Monedero. Por Alberto Moreiras.

IMG_5199En el final del libro de Juan Carlos Monedero, Curso urgente de política para gente decente (2013), hay como tres páginas de listas de cosas que uno quiere disfrutar, y que aparecen en nuestra vida, si tenemos ojos y oídos para ello, como los fulgores en lo oscuro de Georges Didi-Huberman. El lema es “hacer política como si nos fuera en ello la vida.” Esto es, hacer política, viene a decir, para que la vida no sea políticamente agotable, hacer política para ganar algo otro que la política–y esto es lo específicamente definible como de izquierdas (la política de derechas busca en realidad lo mismo, dice Monedero, pero desde el miedo y no desde la esperanza, a partir del privilegio de algunos contra el privilegio de todos; y el miedo impone su precio). Si esto es así, si esto lo entiende todo el mundo, si en el fondo es verdad que ningún panorama de izquierdas puede construirse hoy sin la negación del mundo político y de la relación con la existencia que hemos heredado (“Si los problemas de nuestras sociedades son la mercantilización de cada rincón de nuestra existencia, la precariedad de nuestras condiciones de trabajo y de vida, la desconexión del entorno y de los otros, la privatización de la existencia y la competitividad como la racionalidad de la época, un programa político alternativo se arma, precisamente, con todas esas cosas que niegan esas lógicas”), ¿por qué entonces tanta resistencia y tanta mala fe cuando se habla de infrapolítica? (No de Monedero, por cierto, del que no sé si ha oído la expresión, sino más cercanamente.) La infrapolítica es el horizonte necesario del logro en política (contra el éxito derechista)–cuando el mundo se abre a algo otro que el conflicto y la división. Ninguna política sirve cuyo resultado no sea una expansión radical del ejercicio infrapolítico. Por lo mismo, una infrapolítica sin política no puede darse–solo cabe radicalizar la demanda política hacia un espacio no hegemonizado, hacia un espacio libre, que es el espacio infrapolítico. Pero esto será llamado, no ya desde la ignorancia, sino desde la terquedad resentida, conservadurismo eurocéntrico, anti-identitarismo, fascismo, pendejismo, o giro lingüístico. La ceguera es voluntaria y es también profundamente desilusionante–porque en ese rechazo ciego entre los que pueden oír y no oyen ni quieren oír se sintomatiza una radical falta de compromiso político con todo lo que importa, se sintomatiza solo el oportunismo de los ventrílocuos. ¿No es hora ya de mandar a paseo a esa falsa izquierda gesticulante? ¿Quién querría vivir en su mundo?

Infrapolitics. Bibliography in Progress. Draft. Prepared March 2017. By Alberto Moreiras

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4 de marzo 2017

Esa gente del mal. Por Alberto Moreiras.

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Estaba yo esperando a que los estudiantes me entregaran su midterm, y mientras tanto leyendo un libro sobre Jean-Pierre Melville, y justo después de enterarme de que Melville había dicho en una entrevista “I often say—which isn’t true—that I have always been rejected by the profession. Actually, it is I who have always rejected the profession,” empezó un pequeño bombardeo de mensajes por el teléfono. Todos contaban lo mismo: en una retransmisión en directo por facebook de la presentación de un libro (mejor no decir cuál para poder omitir nombres sin hacer malabarismos; además, el libro es un libro importante y su autor, que no tiene que ver con lo que sigue, es amigo), alguien había dicho, con cierta saña en el tono y en el timbre, poco después de referirse al “mal,” y haciendo gala de una voluntad de escritura que sale de las tripas, que se manifiesta siempre como escritura “contra,” que hay por ahí un grupo, “la gente de Moreiras,” que se ocupa de pensar “el giro lingüístico” contra la identidad, lo cual debe ser mala cosa o cosa de bandidos, y retuerce un poco las tripas, y uno, claro, debe escribir contra ella. El contexto dejaba claro que tal observación, que podía por supuesto estar condicionada por la dispepsia crónica o algún dolor de oídos, era una observación no solo crítica, sino tambien deslegitimante. Que provocó risitas de esas de caja en una audiencia previamente empaquetada y bien predispuesta.

Dejemos aparte lo de decir que la infrapolítica es pensamiento del giro lingüístico, cuando se trata más bien de un intento de todo lo contrario (aun así, desde luego yo asumo íntegra la herencia del postestructuralismo). Lo digo porque supongo que cuando se habla de la “gente de Moreiras” se alude al trabajo que se viene haciendo más o menos colectivamente bajo la noción de infrapolítica. Es extraordinario que a un intento de elevar la discusión académica en castellano a un nivel filosóficamente solvente—hablo de “intento” y hablo de “elevar” con plena conciencia de las dos palabras—haya que responder con el ataque y la descalificación, no con la lectura, con el estudio, con la crítica rigurosa y real, o simplemente sabiendo de qué se habla. Desde luego nunca con la invitación a una conversación seria y sostenida. Pero estamos acostumbrados ya de mucho tiempo a tales hazañas del latinoamericanismo.

Lo que realmente me interesa decir es que la única “gente de Moreiras” que existe en este mundo, si es que existe, es el grupo de estudiantes que trabaja conmigo en sus tesis doctorales en Texas A&M—que son Andy Lantz, Michela Russo, Belén Castañón Moreschi, Guillermo García Ureña, José Valero, y David Yagüe. Lo demás son fantasías desinformadas. Infrapolítica no forma grupo, no forma pueblo, no forma banda, no forma gente, sino que forma proyecto, y la gente interesada en ello no es gente “de” nadie ni tiene por qué serlo. Así, el que quiera discutir, conversar, hablar, para manifestar su desacuerdo o su perverso amor, su antipatía o molestia, debería ser capaz de nombrar a su antagonista sin implicar a un montón de estudiantes y colegas a los que puede acabar yéndole mucho profesionalmente en ese tipo de descalificaciones que solo circulan como rumor y viento hostil.  Quizás esto sea todo lo que haya que decir.

O, al margen de eso, conviene insistir también en ese otro asunto que se pierde casi siempre, que va de suyo, que nadie mienta porque es como mentar la soga en casa del ahorcado: la gente habla de oídas, sin leeer, sin estudiar, sin enterarse, sin tomar en cuenta más argumentos que los que cazan al vuelo en algún post de facebook o en alguna ponencia de LASA. Es absurdo, a estas alturas, decir que hay una gente, “la gente de Moreiras,” que piensa el giro lingüístico contra la identidad, y que eso está realmente muy mal, muy cerca del mal—¿mal vulgar, mal radical, mal diabólico? Qué aburrimiento. La infrapolítica no tiene absolutamente nada que ver con nada de eso. Por más que, efectivamente, la infrapolítica esté muy lejos de ser o de querer ser un pensamiento de la identidad. No tiene ni ganas de ello.

Imagen infrapolítica y supervivencia de las luciérnagas. Por Alberto Moreiras.

th-1Para mí la referencia es el Libro de Tobit, uno de los libros deuterocanónicos del Viejo Testamento que, en cuanto tal, no aparece en todas las Biblias. Es una historia maravillosa en la que se cuenta cómo un joven, Tobías, hijo de un hombre piadoso en el exilio que nunca sin embargo olvidó enterrar a los muertos ni ocuparse de las viudas y los huérfanos de su pueblo, arruinado por el poder político, marrano, debe ir a cobrar una deuda a algún lugar remoto. Para ello encuentra la ayuda de un compañero, el ángel Rafael, que le aconseja cómo defenderse de un pez mágico que le ataca en el río, y cómo extraer de ese pez herramientas indispensables para su vida: la forma de exorcizar el demonio que plaga la vida de Sara, su futura mujer, y la forma de curar la ceguera de su padre, causada por excrementos de golondrinas. Pero también la posibilidad de encontrar su camino en el desierto, y no perderse. Cuando Tobías retorna al lugar paterno, con mujer y fortuna, su padre pide que le pague a su compañero. El compañero revela entonces su calidad de ángel y marcha. Tobit y Tobías viven muchos más años, y uno no puede sino pensar que su vida, la vida no narrada, la vida que resta, está cruzada por el tiempo de la espera–la vida es entonces la espera por el retorno del ángel, o el tiempo que falta para tal retorno.

Esa vida en la espera, la vida del abandonado por el ángel que alguna vez lo acompañó, es la vida infrapolítica. En Supervivencia de las luciérnagas Georges Didi-Huberman invoca la figura de la luciérnaga, entendida como el fulgor de un cuerpo en la noche y en cuanto tal lugar de deseo. Esas son las luciérnagas vistas en la infancia de Pasolini, de las que Pasolini abjura, anunciando su muerte definitiva, en 1975, poco antes de su propia muerte. Son también las luciérnagas de la infancia en Giorgio Agamben–las mismas luciérnagas de las que también Agamben dirá en El reino y la gloria que han sido quemadas por la luz de una gloria entendible solo como luz cegadora de la sociedad del espectáculo o, alternativa o complementariamente, de los faros de los coches neofascistas.

Didi-Huberman rechaza la idea de la muerte de las luciérnagas. Apela al mesianismo débil de Benjamin para insistir en que la destrucción de la experiencia no es total, incluso bajo condiciones de caída, y que es en la caída misma donde todavía–y ese todavía es perpetuo–pueden encontrarse fulgores de deseo dada la indestructibilidad de lo destruible (Antelme, Blanchot). La destrucción de la experiencia nunca puede eliminar el residuo de la espera, excepto con la muerte. Pero no estamos muertos. En esa medida, sobrevivimos, y la sobrevivencia es siempre producción de fulgores en la noche. La imagen–todo fulgor en la sombra es un fulgor de imágenes–sobrevive a cualquier horizonte apocalíptico, y demuestra la ilusión de todo apocalipsis, la ilusión de todo horizonte.

Por eso para Didi-Huberman “toda manera de imaginar es una manera de hacer política.” La luciérnaga es en última instancia la supervivencia de la política, entendida paradójicamente como la supervivencia del deseo o del pensamiento. La luciérnaga es “fuerza diagonal” (Arendt) que impide el cierre de la política y promete por lo tanto todavía una redención, o una fe en la redención, que es irreduciblemente política. Desde este punto de vista, la supervivencia de las luciérnagas se marca en clave voluntarista o decisionista–también el éxodo de Bataille hacia la “experiencia interior” tendría esa clave.

Pero volver al Libro de Tobit permite hacerse la pregunta de si la espera por el retorno del ángel que no redime, sino que solo acompaña y dota de confianza nuestros días, es una espera política; si conviene adjetivar de política a esa acción sin acción que marca el ritmo de la espera en la caída de la experiencia. ¿No será más bien acción infrapolítica? ¿No son las luciérnagas, los fulgores en la noche, más bien resultado involuntario de una espera atenta en la desaparición misma de la política? Otra cosa es que el que espera pueda también esperar políticamente. Pero darle a la imagen como único horizonte el horizonte político es también una forma de sustituir horizonte por imagen, y de subordinar la imagen a su siempre improbable politicidad primaria. Imagen infrapolítica–ese es el fulgor en la noche, que es un fulgor sin horizonte.

En la historia de Tobías la espera no es redentora, y el angel no retorna. En realidad, la espera refiere a una natalidad diferida, es repetición de la natalidad–repetición de la euforia de un despertar que lleva dentro el dolor de la separación, y que aún así es bienvenida. Los fulgores en la noche son, en cada vida, lo que se adapta a esa tensión temporal, lo que aparece, si aparece,  y entonces  colma,  parcialmente, en separación, un deseo que admite muchas modulaciones (puede ser una modulación serena, un dejamiento en el tiempo, o puede ser una modulación desesperada, la del adicto, por ejemplo). La luz es luz oscura, porque viene de lo oscuro–pero es una oscuridad que destella. No es la mera ausencia de luz, no es la nada. El tiempo es el tiempo que viene en cada caso, el tiempo existencial. En cierto sentido se podría decir que esa espera es el pensar–en el sentido preciso en el que pensar es habitar. Uno puede habitar políticamente o uno puede habitar en el fútbol, pero esas son opciones derivadas: habitar es en cada caso esperar el retorno del ángel, que no redime y no llega, etc. Llegan, o no llegan, los fulgores porque la espera los prepara, hay preparación, no redención. No para Tobías, que muere como todos, prematuramente, a los 117 años, después de una vida suficientemente piadosa.

Republicanismo arcaico. Por Alberto Moreiras

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Inigo Errejón no es un reformista contra el revolucionarismo de Pablo Iglesias–ese es uno de los malentendidos que han circulado estas semanas, impulsados por el entorno de Iglesias, aunque sin duda también por otros agentes. Errejón simplemente no acepta esa división del mundo tan querida de la vieja izquierda, y que siempre fue ramplona y excluyente, entre reformistas y revolucionarios. Eso es parte de lo que Errejón rechaza, desde un entendimiento de lo político, y desde luego también de su contextualización en Europa, que pide otras categorías de formalización. A Errejón le resulta ingenuo–por buenas razones–sostener que en este mundo traidor uno no puede fiarse más que de los camaradas, y tiene que convertir a todos los demás en enemigos, y a partir de ahí tramar una gloriosa revolución. La no-división del mundo entre amigos y enemigos, que es un rechazo del schmittianismo, está acompañada por una teoría del antagonismo que difiere considerablemente de la de Iglesias, de la de Monedero, Monereo, Anguita y toda la fila de ellos, pero que es semejante a la de Chantal Mouffe. El populismo duro de Iglesias, basado en una concepción sustancialista del enemigo, ha derrotado en Vistalegre 2 a un populismo menos verticalista, en el que no hay en primera instancia enemigos sino antagonistas con los que se puede negociar. Se trata de una concepción del espacio social muy diferente de la de Iglesias y de la vieja izquierda, pero que todavía no ha sido clarificada suficientemente, desde luego no por Errejón, todavía atrapado en esquemas que se le hacen estrechos desde el punto de vista de su propia praxis política.

Siempre ha habido incompatibilidad entre referentes teóricos supuestamente nuevos, como los negrianos, pero que no lo fueron nunca en política, y los referentes teóricos laclauianos. El error de los últimos años ha sido pensar que el denominador común estaba en Gramsci, y que se podían conciliar todos. Pero Vistalegre2 ha arrojado una llave de tuerca a la tripa de la máquina teórica convencional, y ahora hay que volver a empezar. Esto no es en el fondo malo–si sirve para reformular la teoría del populismo como una dimensión de la política que tiene que trascenderse desde dentro para encontrar funcionalidad a largo plazo.  Esa es una tarea pendiente para Errejón y la gente que simpatiza con sus posiciones políticas.

En The Young Pope, de Paolo Sorrentino, que el otro día me recomendaba German Cano en el contexto de una discusión recogida más abajo en este blog,  Pio XIII dice que ya está bien de tanta tontería ecuménica, de tolerancia, de evangelización suave, de amor al prójimo, y de comunicación mediática y de rostro humano, y que hay que volver a las esencias radicales de la relación siempre tortuosa, difícil, y heroica con lo divino. Contra toda “corrección política.” Uno puede pensar que Iglesias es el representante en la tierra de ese Pio XIII que en inglés sería llamado “hardass.” Lo que hay que hacer es darle la vuelta a esa metonimia, y decir que es la teoría del republicanismo la que es hardass, contra la mendacidad demagógica e improductiva, en última instancia ilusa, de los mecanismos hegemónicos de la izquierda contemporánea. O la izquierda entiende su propia obsolescencia teórica o vamos aviados.  La tentación es entonces, como dice José Luis Villacañas, la regresión arcaica.  Ya no Gramsci, sino Lenin.  La derecha, por supuesto, no tiene ese problema.

Convirtamos el republicanismo duro en el objeto de la regresión arcaica, en lugar de seguir pasmados con la idea de que es el leninismo lo que debe recabar una nueva gloria, porque por ahí no vamos a ninguna parte a la que merezca la pena ir.

Una pregunta sobre Vistalegre desde el republicanismo salvaje de Jacques Lezra. Por Alberto Moreiras.

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Desde la perspectiva que trato de exponer y que, si la entendí bien, es la de Jacques Lezra (pero no quiero adjudicarle a él lo que puede contener errores de interpretación míos), ¿queremos unidad o queremos, precisamente, escisión en Podemos? Es decir, ¿no es la diferencia entre Errejón e Iglesias una versión de la diferencia entre aquellos que buscan una relación traductiva con lo intratable (Errejón) y los que quieren eludirla a través de una específica demonización del enemigo (Iglesias)? ¿No son incompatibles?

Jacques, gracias por tu visita, y gracias por tu seminario sobre intraducibilidad y por tu conferencia sobre instituciones defectivas (Texas A&M, 9 y 10 de febrero, 2017).   Lo que tú planteaste, en el contexto de lo que has llamado “republicanismo salvaje,” tiene ahora que discutirse entre nosotros. Me gustaría avanzar un resumen, posiblemente inadecuado o inexacto, de lo que dijiste, así que lo planteo como resumen abierto, para que corrijas todo lo que creas necesario.

Esto es lo que yo te oí decir: La incondicionalidad debe ponerse a prueba, pues mucho de lo que es incondicional lo es desde presupuestos de soberanía que son etnocéntricos, es decir, eurocéntricos o simplemente dependientes de ideologías sociales de larga duración. Poniéndola a prueba, poniendo a prueba, por ejemplo, la incondicionalidad de la institución, amenazándola o sometiéndola a su propia facticidad, uno trasciende esa institución, digamos, la universidad, o la democracia liberal efectivamente constituida, y se encuentra en su límite, quizás no completamente extra muros, pero todavía en el lugar de la destrucción inmanente que abre el agujero en su centro, su defecto constitutivo. Tal defecto es un espacio liminal ni extra muros ni intra muros. Este limen extraordinario, una forma de otredad, una forma de relación traductiva con la otredad, es la catástrofe de lo que podríamos llamar el primer giro de la deconstrucción política, o la politicidad del primer giro de la deconstrucción. No podemos simplemente terminar en la otredad, en la experiencia de la otredad. Dices que, ante tal catástrofe, el juego no puede ser un juego de reconocimiento, sino más bien de no-reconocimiento, en su intratabilidad, en la intratabilidad de lo que aparece en el defecto de la institución. El republicanismo salvaje es una relación (in)traductiva con lo intratable. Mi pregunta, en la sesión de preguntas, fue: ¿no es ese todavía un republicanismo del despertar traumático ante el rostro de la otredad, aunque lo otro sea ahora monstruoso, ya no solo “las viudas y los huérfanos,” lo subalterno, ya no solo el vecino, el prójimo, ahora concebido como horror?

Si el republicanismo salvaje es una relación (in)traductiva con lo intratable, esto es, una relación con el monstruo (la casta, por ejemplo, el sistema, la administración, etc.), solo el monstruo puede orientar y organizar el conflicto democrático. Si la política, en su variedad republicanista-salvaje, acepta la intratabilidad como punto de partida, entonces la política es el lugar de una huida sin fin—la huida o el evitamiento serían la forma democrática del conflicto. Sí, esto complica y desfigura el entendimiento schmittiano. Ya no amigo-enemigo, ya no la relación de enemistad, sino más bien la relación entre amigo y no-amigo constituye el lugar primario de la praxis política, y los amigos son los que evitan y huyen de la no-amistad del otro. Se trata de una extraña figura de lo político, lo cual la hace por supuesto muy interesante. Espero no haberme equivocado mucho, pero en cualquier caso permite o fuerza a pensar la pregunta de arriba.

Errejón apostaría, a pesar de todo, por una relación (in)traductiva con lo intratable, buscaría relación con lo intratable, haría de la relación con lo intratable el eje mismo de su propuesta política-desde el antagonismo inclusivo que define amigos y no-amigos.  Iglesias apostaría-aquí no hay “a pesar de todo,” es una apuesta explícita-por no reconocer lo intratable como tal, sino más bien por someterlo a su posición de enemigo.

 

 

Anarcopopulismo marrano. Aclaraciones a la Respuesta a Cano. Por Alberto Moreiras.

german-cano

La brevedad buscada en mi comunicación anterior (ver “Respuesta a Germán Cano” abajo) tuvo sus inconvenientes. Esto es un intento por aclarar algunas de las cosas que han motivado interpelaciones privadas. Refieren a, 1), la noción de anarco-populismo o populismo sin líderes, 2), la noción de posthegemonía y su conexión con la teoría de la hegemonía de Ernesto Laclau, y, 3), si todavía conviene, en vista de la descomposición política de Podemos a la que estamos asistiendo (y que solo se ha acrecentado de ayer a hoy, juzgando por la prensa), seguir manteniendo la necesidad política de un populismo de izquierdas en España.

Pienso que es perfectamente posible que un partido, y Podemos en concreto, aunque sea un Podemos después de la caída, pueda institucionalizar un acercamiento anarco-populista a través de una pluralidad interna real y abandonando su referencia fuerte al liderazgo carismático y a todo identitarismo (no solo los identitarismos más obvios, étnicos, de género, etc., también los que han empezado a oirse más o menos recientemente con cierto ánimo de trazar líneas de exclusión: obrerismo o conciencia proletaria). El populismo en el sentido grandilocuente que está en la base constructiva de Podemos, y que Errejón sigue santificando referencialmente a través de la noción de “construir pueblo,” irá perdiendo fuerza o se irá solo, pues vamos hacia la desmovilización general como consecuencia de los conflictos que estamos viendo. Sin movilización ningún populismo puede sostenerse en forma triunfante o persuasiva.

Hay un populismo fáctico, que consiste en la movilización política general basada en la doble invocación de un antagonismo y de una comunidad por construir, y hay un populismo teórico, que remite a la agenda ideológica de un partido. Si el populismo fáctico se desvanece, una vez perdida la capacidad de movilización política general, queda todavía la pregunta acerca de la agenda ideológica, es decir, político-práctica pero también teórica, de la propuesta de un partido. Lo que quede en Podemos después de esta crisis a la que llamamos Vistalegre 2 será transversal y antagónico o no será interesante. Esa transversalidad inclusiva basada en el antagonismo demótico es lo que merece retenerse. Y a eso le llamo yo todavía populismo, es decir, el populismo que me interesa, que se atiene solo a sus condiciones mínimas. Llamémosle de entrada populismo democrático, para distinguirlo del destropopulismo, que es antidemocrático en la medida en que usa reivindicaciones identitarias como forma de exclusión despótica.   Me interesa un populismo democrático, an-árquico, parrésico, marrano, y posthegemónico.

El populismo es cualquier estructuración de la política que tenga esas características mínimas de transversalidad general y antagonismo.   Claro que el problema práctico empieza ahí, en el contenido político que se le de a esa transversalidad genérica y en el contenido político que se le de a la formulación del antagonismo. Y eso es quizá lo que está en juego sustantivamente en la discusión actual en Podemos. Para mí, sin embargo, la discusión entre diversas transversalidades y antagonismos es ya interna a la discusión sobre el populismo. Hay muchas formas populistas que no me gustan, o no me gusta casi ninguna: la mía, ese anarco-populismo posthegemónico y marrano, se da en la confianza provisional de que puede relacionarse de forma productiva con lo que defiende Recuperar la ilusión, es decir, con la plataforma vinculada a la figura de Iñigo Errejón.

Antagonismo remite a una división del campo social entre un nosotros y un ellos. El único antagonismo fumable es el antagonismo entre demócratas y antidemócratas—entendiendo “democracia” en un sentido sustantivo, demótico, vinculado al hecho de que, en democracia, nadie manda y nadie obedece excepto a sí mismo, como miembro de un colectivo que ha aceptado ya que su libertad es funcional a la libertad de todos los otros, y también condición de ella, igual que la libertad de todos los demás es condición de la propia. El antagonismo así entendido es también condición de la práctica política democrática, cuya primera conceptualización moderna le debemos quizá al Maquiavelo que decía que los poderosos quieren mandar y los no poderosos se limitan a no querer obedecer. La democracia es práctica de los que no quieren obedecer. En ese sentido, la democracia es una de las condiciones mínimas del populismo aceptable–es, justo, el lugar donde el populismo se hace demótico. Por ende no solo es posible sino que es necesario un populismo parrésico, que no se entregue a la mentira o a la exageración retórica manipulativa en ningún caso.   Lo llamamos populismo marrano, antiidentitario, que es escéptico y anárquico, puesto que si la anarquía es an-árquica lo es en y desde su apelación a una posición de verdad (política), y no por mero capricho de desobediencia.   Este es por lo tanto un populismo sin líderes, es decir, un populismo en el que la posición de líder—el notorio “significante vacío” de Laclau—está ocupada por el gestor de la radicalidad democrática, y solo por él o ella en cada caso, a cualquier nivel administrativo.

Transversalidad no es obviamente frentepopulismo. El frentepopulismo fue una trampa soviética, impulsada por la Comintern stalinista, en la que el horizonte último era captar despistados y ponerlos al servicio de la marcha de la historia, que solo el comunismo conocía. En forma caída, es posible que esa sea la versión de transversalidad que todavía manejan Monedero, Monereo, Iglesias y todo ese grupo afín al último. Pero una transversalidad genuina es o puede ser otra cosa, aunque para ello haya que dar un paso más y limpiar la retórica de lo que podríamos llamar laclauismo ortodoxo, y por supuesto del plebeyismo que no deja de ser una importación española de las teorías de Alvaro García Linera.

Mi referencia es no solo la obra de Laclau, a la que me remito críticamente, sino también el trabajo que sobre ella están haciendo Yannis Stavrakakis y su grupo de Salónica. Son estos últimos los que establecen las condiciones mínimas del populismo en esos términos: transversalidad y antagonismo. Y a mí me parecen persuasivos. Sin esa base propiamente política en un populismo de condiciones minimas—en el que la batalla política interna es por supuesto no permitir que las condiciones mínimas se muevan hacia vicios terminales—la posthegemonía se hace desdentada e irrelevante.   Puede argumentarse que el republicanismo nunca supo que era posthegemónico siempre de antemano, porque no le hacía maldita falta saberlo. Si la posthegemonía es una contribución al pensamiento republicano, lo es sobre esa base populista mínima, pero también desde su antagonismo hacia todo verticalismo identitario y hacia todo identitarismo verticalizante.  La opción que tiene Podemos por delante es esa, populismo mínimo o populismo máximo, y desde ese punto de vista no conviene lamentarse tanto de una discusión o de una disputa más que necesaria.

 

 

Anarcopopulismo marrano. Aclaraciones a la Respuesta a Cano. Por Alberto Moreiras.

 

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La brevedad buscada en mi comunicación anterior (ver “Respuesta a Germán Cano” abajo) tuvo sus inconvenientes. Esto es un intento por aclarar algunas de las cosas que han motivado interpelaciones privadas. Refieren a, 1), la noción de anarco-populismo o populismo sin líderes, 2), la noción de posthegemonía y su conexión con la teoría de la hegemonía de Ernesto Laclau, y, 3), si todavía conviene, en vista de la descomposición política de Podemos a la que estamos asistiendo (y que solo se ha acrecentado de ayer a hoy, juzgando por la prensa), seguir manteniendo la necesidad política de un populismo de izquierdas en España.

Pienso que es perfectamente posible que un partido, y Podemos en concreto, aunque sea un Podemos después de la caída, pueda institucionalizar un acercamiento anarco-populista a través de una pluralidad interna real y abandonando su referencia fuerte al liderazgo carismático y a todo identitarismo (no solo los identitarismos más obvios, étnicos, de género, etc., también los que han empezado a oírse más o menos recientemente con cierto ánimo de trazar líneas de exclusión: obrerismo o conciencia proletaria). El populismo en el sentido grandilocuente que está en la base constructiva de Podemos, y que Errejón sigue santificando referencialmente a través de la noción de “construir pueblo,” irá perdiendo fuerza o se irá solo, pues vamos hacia la desmovilización general como consecuencia de los conflictos que estamos viendo. Sin movilización ningún populismo puede sostenerse en forma triunfante o persuasiva.

Hay un populismo fáctico, que consiste en la movilización política general basada en la doble invocación de un antagonismo y de una comunidad por construir, y hay un populismo teórico, que remite a la agenda ideológica de un partido. Si el populismo fáctico se desvanece, una vez perdida la capacidad de movilización política general, queda todavía la pregunta acerca de la agenda ideológica, es decir, político-práctica pero también teórica, de la propuesta de un partido. Lo que quede en Podemos después de esta crisis a la que llamamos Vistalegre 2 será transversal y antagónico o no será interesante. Esa transversalidad inclusiva basada en el antagonismo demótico es lo que merece retenerse. Y a eso le llamo yo todavía populismo, es decir, el populismo que me interesa, que se atiene solo a sus condiciones mínimas. Llamémosle de entrada populismo democrático, para distinguirlo del destropopulismo, que es antidemocrático en la medida en que usa reivindicaciones identitarias como forma de exclusión despótica.   Me interesa un populismo democrático, an-árquico, parrésico, marrano, y posthegemónico.

El populismo es cualquier estructuración de la política que tenga esas características mínimas de transversalidad general y antagonismo.   Claro que el problema práctico empieza ahí, en el contenido político que se le de a esa transversalidad genérica y en el contenido político que se le de a la formulación del antagonismo. Y eso es quizá lo que está en juego sustantivamente en la discusión actual en Podemos. Para mí, sin embargo, la discusión entre diversas transversalidades y antagonismos es ya interna a la discusión sobre el populismo. Hay muchas formas populistas que no me gustan, o no me gusta casi ninguna: la mía, ese anarco-populismo posthegemónico y marrano, se da en la confianza provisional de que puede relacionarse de forma productiva con lo que defiende Recuperar la ilusión, es decir, con la plataforma vinculada a la figura de Iñigo Errejón.

Antagonismo remite a una división del campo social entre un nosotros y un ellos. El único antagonismo fumable es el antagonismo entre demócratas y antidemócratas—entendiendo “democracia” en un sentido sustantivo, demótico, vinculado al hecho de que, en democracia, nadie manda y nadie obedece excepto a sí mismo, como miembro de un colectivo que ha aceptado ya que su libertad es funcional a la libertad de todos los otros, y también condición de ella, igual que la libertad de todos los demás es condición de la propia. El antagonismo así entendido es también condición de la práctica política democrática, cuya primera conceptualización moderna le debemos quizá al Maquiavelo que decía que los poderosos quieren mandar y los no poderosos se limitan a no querer obedecer. La democracia es práctica de los que no quieren obedecer. En ese sentido, la democracia es una de las condiciones mínimas del populismo aceptable–es, justo, el lugar donde el populismo se hace demótico. Por ende no solo es posible sino que es necesario un populismo parrésico, que no se entregue a la mentira o a la exageración retórica manipulativa en ningún caso (puesto que la mentira es siempre práctica de dominación.)  Lo llamamos populismo marrano, antiidentitario, que es escéptico y anárquico, puesto que si la anarquía es an-árquica lo es en y desde su apelación a una posición de verdad (política), y no por mero capricho de desobediencia.   Este es por lo tanto un populismo sin líderes, es decir, un populismo en el que la posición de líder—el notorio “significante vacío” de Laclau—está ocupada por el gestor de la radicalidad democrática, y solo por él o ella en cada caso, a cualquier nivel administrativo.

Transversalidad no es obviamente frentepopulismo. El frentepopulismo fue una trampa soviética, impulsada por la Comintern stalinista, en la que el horizonte último era captar despistados y ponerlos al servicio de la marcha de la historia, que solo el comunismo conocía. En forma caída, es posible que esa sea la versión de transversalidad que todavía manejan Monedero, Monereo, Iglesias y todo ese grupo afín al último. Pero una transversalidad genuina es o puede ser otra cosa, aunque para ello haya que dar un paso más y limpiar la retórica de lo que podríamos llamar laclauismo ortodoxo, y por supuesto del plebeyismo que no deja de ser una importación española de las teorías de Alvaro García Linera.

Mi referencia es no solo la obra de Laclau, a la que me remito críticamente, sino también el trabajo que sobre ella están haciendo Yannis Stavrakakis y su grupo de Salónica. Son estos últimos los que establecen las condiciones mínimas del populismo en esos términos: transversalidad y antagonismo. Y a mí me parecen persuasivos. Sin esa base propiamente política en un populismo de condiciones minimas—en el que la batalla política interna es por supuesto no permitir que las condiciones mínimas se muevan hacia vicios terminales—la posthegemonía se hace desdentada e irrelevante.   Puede argumentarse que el republicanismo nunca supo que era posthegemónico siempre de antemano, porque no le hacía maldita falta saberlo. Si la posthegemonía es una contribución al pensamiento republicano, lo es sobre esa base populista mínima, pero también desde su antagonismo hacia todo verticalismo identitario y hacia todo identitarismo verticalizante.  La opción que tiene Podemos por delante es esa, populismo mínimo o populismo máximo, y desde ese punto de vista no conviene lamentarse tanto de una discusión o de una disputa más que necesaria.

Respuesta a Germán Cano. Por Alberto Moreiras.

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Te agradezco, Germán, el tiempo que te has tomado para esta reacción a mi texto, pues sé que estás y estamos todos muy distraídos siguiendo el proceso de Vistalegre 2 y queda poco tiempo para excursiones teóricas de importancia no inmediata. Yo seré breve aquí, para no aburrirte a ti ni al personal que nos lea, pero quiero marcar que a mi juicio la conversación que espero quede abierta es significativa, porque toca extremos del asunto que alguien tiene que tematizar seria y largamente. Dejemos a un lado, para no causar interferencia, el asunto al que nosotros nos referimos como “posthegemonía,” que es una forma de pensar políticamente en sí plural y por lo tanto en cualquier caso no limitada al libro de Jon Beasley-Murray, con el que dices que no estás de acuerdo. Creo que lo que vincula la posición de Jon con otras de nuestra corriente, por llamarla así, es un rechazo político (en primer lugar; teórico solo en segundo lugar) de la noción de organización o de liderazgo verticalista así como un rechazo a todo identitarismo. Así que no creo que sea tan fácil dejar a un lado la posthegemonía, en esos términos, pero fantasmalicémosla para no enredarnos en cuestiones terminológicas.

Repaso tu texto, que me parece muy preciso, y encuentro que estamos de acuerdo en todo excepto en que, como dices, “la hegemonía” sea “el único horizonte político posible hoy en nuestras sociedades.”   Estamos de acuerdo, sin embargo, en que la aplicación concreta de la teoría de la hegemonía al “sistema” de Podemos está en crisis—esto no es trivial, pues aunque muchos piensen, por inercia antiteórica, que la crisis es política, yo creo que la crisis es fundamentalmente teórica, en el sentido de que sus efectos políticos se explican en gran medida como deriva de presupuestos teóricos equivocados. También estamos de acuerdo en que necesitamos “menos significante vacío y más republicanismo y reparto de poderes.” Y en que el populismo “duro” no va a ninguna parte excepto a la catástrofe o a la inopia—o a la inopia después de la catástrofe, porque aunque gane perderá. También, por supuesto, en que no es necesario afirmar que la articulación contrahegemónica en Podemos pase necesariamente por Pablo Iglesias.

¿Cuál es, entonces, el problema teórico? Tú dices que “no debemos abandonar el niño hegemónico con el agua sucia de los problemas ahora aparecidos.” Pero, ¿y si ese niño hegemónico está íntimamente vinculado a esa forma particular de la suciedad del agua? ¿Y si esos problemas que están apareciendo, y que sabemos que no se resolverán sino que tenderán a volverse endémicos bajo los postulados presentes, fueran consustanciales, el reverso necesario de la teoría de la hegemonía?   Me dices que, en el texto de abajo, “El quiasmo de Podemos,” establezco una diferencia demasiado fuerte entre parresia y hegemonía.   Repito brevemente la tesis que traté de exponer: hay parresia y hegemonía por ambos lados, por el lado de Iglesias y por el lado de Errejón, pero ambas están en cruce quiasmático invivible. Iglesias no quiere ser reducido a la función de significante vacío que le asigna Errejón, y Errejón no quiere ser reducido a la función consensual que le asigna Iglesias. Al mismo tiempo, pero desde posiciones cruzadas, Iglesias no querrá, después de las elecciones, someterse a ninguna función consensual, y Errejón, suponemos, leyendo más allá de lo que él dice, tampoco querrá someterse a la condición de significante vacío.   Así, y por ambos lados, la función parrésica cortocircuita la función hegemónica, y la función hegemónica cortocircuita la función parrésica. Pero a mí me parece, política y no teóricamente, o no solo teóricamente, que este quiasmo no es anecdótico, sino que es consecuencia necesaria de la “hipótesis Podemos” y de las decisiones organizativas que se tomaron en Vistalegre 1, que, como sabemos, salieron casi enteritas del manual laclauiano, cuando no de esa voluntad tan argumentada de la “latinoamericanización” o “plebeyización” de la política española (que a mí, como latinoamericanista, siempre me ha dado algo de grima).

¿Por qué no empezar a entender que hay una falla lógica (u ontológica, como a él le gustaba decir) en la teoría de Laclau, que es que el líder, proyectable en la pureza de la teoría como mero “significante vacío,” no lo es en realidad nunca. El líder es portador de la palabra plena, porque es portador de la decisión política en última instancia (o en primera instancia, según). El líder no puede abandonar la función parrésica, a riesgo de convertirse en una marioneta. Pero un líder en función parrésica es también una perversión de la función parrésica, puesto que, en parresia, es el líder el objeto de la crítica.   Así, el líder, en la teoría de la hegemonía, o es mero significante vacío (pero ni Perón lo fue) o bien el líder tiende al verticalismo despótico, y no porque sea un mal tipo, sino porque esa es la lógica política que tiene a su disposición. (Haría falta ser muy buen tipo para sustraerse a ese problema, un santo casi, pero sabemos que los santos no viven en la política.)

Lo que pienso es que hay que eliminar la “función líder” de la teoría de la hegemonía–hay que ir hacia lo que otros están llamando anarco-populismo, o ciudadanismo, esto es, populismo sin líderes. Así se respetan las condiciones mínimas del populismo–antagonismo e inclusión–sin proyectarlos hacia sus vicios terminales, que son el verticalismo y el identitarismo. El que usa la construcción del enemigo hacia dentro es el identitario. El que proyecta la construcción del enemigo de forma sobredeterminada hacia la (no) ejecución del consenso es el verticalista. Estamos en un momento en que el entorno de Iglesias se mueve rápidamente hacia el verticalismo identitario—y, de nuevo, no hay por qué acusarlos de malvados. Es la lógica política que tienen delante (o detrás) la que los lleva a eso.

Quiero terminar, para no hacerme largo, con dos comentarios recientes, uno de Jorge Alemán, que me pasó Gerardo Muñoz de su muro de Facebook. Dice: “Los partidos políticos estan supervisados por las grandes corporaciones. Es un hecho evidente en la época en que el capitalismo se apoderó de todas las construcciones simbólicas de la sociedad. En el caso de Podemos, y esto le otorga toda su especificidad, se trata de la reinvención de otra izquierda, que sin ceder en su vocación emancipatoria, no hay ningún dispositivo corporativo que aún lo controle. En este aspecto, Podemos salvó el honor de España, mientras Europa está atravesada por el giro neoliberal de la socialdemocracia y el nuevo neofascismo neoliberal. Sin embargo, y España ya ha tenido sus experiencias históricas al respecto, Podemos al estar a solas consigo mismo, está entregado a la psicología de masas y a las peores pasiones narcisístas. Lo que Lacan, parafraseando a Hegel, denomina ‘la lucha a muerte por el puro prestigio.’ Podemos ha confirmado de un modo fatal que no todo es simbolizable en una organización política. Una vez que que se sale del afecto primordial del grupo fundante e instituyente, el aluvión de rivalidades, disputas por el reconocimiento, pasiones desatadas por el narcisismo de las pequeñas diferencias y por último el trabajo de la pulsión de muerte. Donde se está dispuesto a perder todo, incluyendo el propio lugar, con tal de no ceder la posición narcisista. Pensar que sólo se debate por genuinas diferencias políticas y estratégicas es pensar que en Podemos todo pasa por lo Simbólico y que los enunciados significantes agotan toda la cuestión. Sin embargo , la única posibilidad de evitar el desastre, cuando no se está monitorizado por corporación alguna, es que Podemos conquiste colectivamente desde sus bases una “interpretación” donde se admita que habita un plus de gozar en el interior mismo de Podemos las diferencias políticas que se enuncian. Sólo tocando ese más allá de lo simbólico, y llamando a deponer las armas del goce narcisista y mortífero, se puede quizás salir de este trance paradójicamente horrible e interesantísimo a la vez.”

¿No es obvio, y muy posiblemente Alemán no estaría de acuerdo, que ese plus de goce es incompatible con el cierre paterno-simbólico que es consecuencia necesaria de la teoría de la hegemonía?   El más allá de lo simbólico—el lugar de lo que nuestro grupo llama infrapolítica—no es accesible desde una articulación hegemonizante de lo político, excepto en éxodo con respecto de ella.

Y esta otra cita es de un artículo que publicó ayer Santiago Alba Rico: “Para los que tuvieron razón en el minuto uno, y que la tienen también en el minuto tres y la conservarán al final del partido, una vez consumada la derrota, el análisis es meridiano: en Vistalegre I se impuso la propuesta menos participativa, la más vertical, la que concedía más poder a la sucinta ejecutiva en detrimento de los Consejos y los Círculos. Es verdad y muchos, desde distintas posiciones, advertimos sobre los peligrosísimos límites del marco organizativo al mismo tiempo que nos resignábamos a los acuciantes limites de la realidad política, que obligaban a montar un engendro muy flexible y muy expeditivo para poder afrontar con mínimas garantías el exigente calendario electoral. Retrospectivamente es fácil llamar la atención sobre el atroz legado de Vistalegre I olvidando su funcionalidad y eficacia en la tarea acometida. El marco organizativo surgido de la Asamblea de 2014 era tan malo como bueno y por las mismas razones; y que finalmente lo malo pudiese ser corregido dependía en gran parte de que lo bueno dejara de serlo; es decir, de que, terminado el ciclo electoral, ese marco se revelase al mismo tiempo inútil y exitoso: inútil precisamente por exitoso. Nadie puede negar que si se hubiesen ganado los comicios o al menos se hubiera superado al PSOE, al que en todo caso se hirió de muerte, hoy se afrontaría Vistalegre II con menos tensiones y más voluntad de negociación y entendimiento.”

Puesto que no se ganaron esos comicios ni se superó al PSOE, ¿no será necesario—obviamente, ya después de Vistalegre 2—hacer un repaso sistemático de esos trastornos de teoría que no son en absoluto independientes del marco teórico, sino totalmente consustanciales a él? Hablamos de un análisis parergónico, de una destrucción del marco en cuanto horizonte último u horizonte absoluto de la cosa. Dices que la hegemonía es “el único horizonte político posible hoy en nuestras sociedades.” Quizá, pero ¿quién quiere ceñirse a un horizonte fijado e inmóvil? El horizonte sustancializado hace de la práctica política una obra o ergon. No lo es. La política se juega en el parergon. (A esa parergonalidad de la teoría le llamamos nosotros posthegemonía, y !perdón por reintroducir lo que dije que iba a dejar suspendido!)

Respuesta (provisional) de Germán Cano a El quiasmo en Podemos.

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(Ver, más abajo en el blog, El quiasmo en Podemos)

Te digo tras una lectura rápida (debo leerlo bien otra vez). Es muy interesante lo que planteas en cuanto al liderazgo y cuestionamiento del “personaje” como contenedor vacío, y muy agudo, pero no estoy de acuerdo en lo que planteas de la hegemonía, que creo que es el único horizonte político posible hoy en nuestras sociedades. Asimismo, ese liderazgo y reparto de funciones que fue asumido voluntariamente desde el principio, hoy, en efecto, está en crisis. Hay, en efecto,una rebelión del líder que representa el significante vacío, pero, ojo, porque no quiere dejar de serlo, como revela su voluntad plebiscitaria, lo que creo que perjudica a todos: necesitamos abrir espacios. Por eso el debate es más profundo y no es cierto que en el fondo no hay tanta diferencia, creo que sí las hay, otra cosa es si es irresoluble, yo entiendo que no. La figura de cartón es una imagen potente que representa esta última fase: un soberano que se siente impotente y maniatado en un dispositivo que no controla y quizá en el que ya no cree. Por eso, para bien de todos, creo que lo que nos jugamos es menos significante vacío y más republicanismo y reparto de poderes, atenuar la identificación con una voluntad hegemónica más afinada. Lo que está en juego no es el abandono de la hegemonía, sino de un tipo de populismo, el duro, que 1) desequilibra el proyecto originario y 2) se está embarcando en una huida hacia adelante peligrosa por voluntarista que tiene por fuerza que desvalorizar todas las mediaciones institucionales y los contrapesos de poder. Esta lógica beligerante no entiende lo político más que como defensa o ataque a los obstáculos y terminará autofagocitando todo, si no reflexiona. Creo que entender hoy que la hegemonía pasa por la identificación con Iglesias es un error. Bajo esta idea me parece que el énfasis en el conflicto de los pablistas es un modo no de estar tanto en la calle como de resguardar la identificación con el líder en esa negatividad insobornable. Entiendo la necesidad de cuestionar los postulados iniciales, pero no creo que debamos abandonar el niño hegemónico con el agua sucia de los problemas ahora aparecidos. Sé que tenéis este decisivo debate desde hace años y conozco bien el libro de vuestras discusiones (no estoy de acuerdo en absoluto con Beasley-Murray, te lo adelanto), pero creo que separas demasiado la cuestión parresiástica y la cuestión hegemónica. En todo caso, le daré una vuelta porque dices cosas muy perspicaces y diferentes del ruido autocomplaciente, Alberto. Gracias por escribirlo, porque lo del corsé en el que se encuentra Iglesias toca hueso importante. Si tú tienes razón, no obstante, la hipótesis Podemos que se formuló desde el principio no sirve, y en eso no quiero estar ni estoy de acuerdo hoy. 🙂 P. D. tienes que ver The Young Pope de la HBO, porque va de esto…