Picaresca y autografía intelectual. Por Alberto Moreiras.

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El extraordinario discurso sobre la costumbre, de Guzmán de Alfarache 2.3.7, dice entre otras cosas: “Tanta es la fuerza de la costumbre, así en el rigor de los trabajos, como en las mayores felicidades, que, siendo en ellos importantísimo alivio para en algo facilitarlos, es en los bienes el mayor daño, porque hacen más duro de sufrir el sentimiento dellos cuando faltan . . . Algunos la llamaron segunda naturaleza, empero por experiencia nos muestra que aún tiene mayor poder, pues la corrompe y destruye con grandísima facilidad . . . Sigue la noche a el día, la luz a las tinieblas, a el cuerpo la sombra. Tienen perpetua guerra el fuego con el aire, la tierra con el agua y todos entre sí los elementos. El sol engendra el oro, da ser y vivifica. Desta manera sigue, persigue y vivifica a la costumbre . . . Es la costumbre ajena y el tiempo nuestro. El es quien le descubre la hilaza, manifestando su mayor secreto, haciendo con el fuego de la ocasión ensaye de sus artes; con experiencia nos enseña los quilates de aquel oro y el fin a donde siempre van sus pretensiones encaminadas, y quien comigo no tuvo alguna misericordia, pues en breve hizo público lo que siempre con instancia procuré que fuese oculto.”

Guzmán, habiendo sido abandonado por su segunda mujer, por él prostituida, quien prefirió a un capitán de galeras napolitano, se apresta a servir a una “cierta señora que tenía su marido en las Indias.”   La estafa que tramará contra ella lo llevará a él mismo a galeras, y no como amante del capitán.   Es entonces, en la cúspide de la mala fortuna, al faltar esperanza de vida otra, en la galera perpetua que es imagen de la muerte, cuando la costumbre es revelada por el tiempo—lo que es ajeno, la costumbre, entendida quizá como querencia y pecado, quedará por el tiempo sellado como lo más propio, y así coinciden carácter y destino.   En todo ello el Guzmán se muestra como “atalaya de la vida humana,” como reza el subtítulo de la novela.

Es esto lo que pide o impone un cambio de óptica en la lectura del Guzmán, y con él quizá de toda la picaresca, género marrano por excelencia, género posthegemónico: un pequeño ajuste.   Pensémoslo entonces, como propone Mateo Alemán, como atalaya real de la vida humana, alegoría cuya ambición es mucho más que moralista, y cuyo alcance arrastra mucho más que la vida literal del pícaro como imagen del pobre subalterno desposeído.   Quizá el cuadro de Goya que pongo arriba pueda servir como referencia. La Celestina es en él la “costumbre,” la sombra “ajena” que sigue nuestro cuerpo en cada caso. En el Guzmán no se afirma que todo sea guerra, como dicen las primeras páginas de Celestina—se afirma sólo que, en la guerra entre las cosas, el tiempo gana y revela lo que desde siempre hemos querido oculto; y entonces la costumbre descubre su verdad, y la trampa resplandece como trampa, o la caída como caída originaria.  Toda la estructura moralizante de la novela no puede ocultar el sustrato salvaje en el que se asienta: la costumbre cobra siempre precedencia, hasta perder la guerra contra el tiempo.

La picaresca como autografía intelectual fuerza a compulsar la vida del lector con la historia del pícaro, no en lo más aparente, sino en sus trazas esenciales.  No se trata de  leer desde la buena conciencia, sino que se impone una lectura trágica.  O pícaro o hipócrita, y por ello doblemente pícaro.  Quizá por ello pueda considerarse el género la más grande contribución literaria hispánica a lo que hoy ha dado en llamarse “cultura global,” si es que tal engendro admite contribución alguna.

 

¿Comunismo o infrapolítica? Comentario a La vraie vie de Alain Badiou (París: Fayard, 2016). Por Alberto Moreiras.

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“et, en compagnie de l´humanité tout entière, inventer les étapes de la symbolisation égalitaire” (54)

En el primer ensayo, el filósofo tiene setenta y nueve años, se siente viejo, y quiere hablarles a los jóvenes. Son dos errancias, la errancia de los que tienen delante de sí un destino confuso, cruzado de pulsión de muerte, habitado sólo por la proliferación de placeres sin sentido, consumista, vacío, “suspendido en lo inmediato del tiempo” (16) (cuya alternativa sólo para un cierto porcentaje es “encontrar un buen lugar en el orden social existente” [17]), y la errancia sin errancia de los viejos sin autoridad, condenados a esperar su segunda muerte (pues la primera muerte es la de la vejez sin más) en morideros medicalizados.   De la conjunción de ambas errancias sale, dice Badiou, una “idea militante” (34): una alianza, “contra los adultos de hoy” (34), a favor de la verdadera vida, una alianza propiamente filosófica, pues “la filosofía, su tema, es la verdadera vida” (14).

La crisis hoy no es la crisis del capitalismo financiero, sino la gran crisis simbólica, preparada desde el Renacimiento, que consuma la salida de la modernidad, y que se consuma en un principio general de equivalencia a cargo del dinero. Esta “crisis gigantesca de la organización simbólica de la humanidad” (43) no tiene precedente, aunque esté muy precisamente anunciada por Marx y Engels en su Manifiesto comunista.   Nuestro mundo es el mundo de las aguas heladas del cálculo egoísta, con respecto del cual hay tres reacciones: la “apología ilimitada del capitalismo” (45), “el deseo reactivo de un retorno a la simbolización tradicional, jerárquica” (46), o el deseo comunista, que postula la invención de una nueva “simbolización igualitaria” (47).   El conflicto real—por oposición a las falsas contradicciones, o contradicciones secundarias, entre partidarios del capitalismo o reaccionarios arcádicos, o entre opciones de gestión del capitalismo ilimitado dentro de una democracia liberal en sí desbordada por la muerte de la simbolización–es el conflicto entre el deseo comunista—la simbolización igualitaria—y “la visión a-simbólica del capitalismo occidental, que crea desigualdades monstruosas y errancias patógenas” (47). Para el viejo filósofo, ahí, en la invención de eso que se puede o podrá hacer, la construcción de una “nueva idea de la vida colectiva” (51), está “la verdadera vida, situada más allá de la neutralidad mercantil, y más allá de las viejas lunas jerárquicas” (52)—también más allá de la línea de encuentro entre los que no tienen nada que perder, pues han perdido ya su tiempo, y los que lo tienen todo que perder, puesto que tienen todavía tiempo. El comunismo, es decir, la simbolización igualitaria (el comunismo no tiene otra marca en este texto que la simbolización igualitaria de la humanidad entera), es la salida positiva del nihilismo planetario impuesto por el dinero como principio general de equivalencia y único referente universal: un desideratum.

Pero ¿cómo se trama o tramaría tal simbolización igualitaria? ¿Por dónde empezar a pensar una situación que, desde nuestro presente, no encuentra de sí más que la traza de una idea, ni siquiera un enunciado? No es cuestión de política, dice Badiou sin decirlo, en los dos ensayos que siguen al primero, sino que cabe antes concebir la verdadera vida, y eso no puede hacerse de cualquier manera, sino que se hace desde al menos dos posiciones, “según lo que sea una muchacha o un muchacho” (117).

El segundo ensayo se ocupa con cierta rudeza de los muchachos.   Los muchachos, destinados en la sociedad tradicional a ser hombres en el cumplimiento de ciertos rituales iniciáticos cuya función es la asunción del Nombre del Padre siguiendo la estructura dialéctica explicitada por Freud (en Totem y tabú y Moisés y el monoteísmo), tienen hoy mala estrella, como no podría ser menos desde la hipótesis de que la muerte de la simbolización tradicional, del orden de la Ley, impone “un pensamiento de la verdad desgajado de toda trascendencia. El Dios está realmente muerto. Y como el Dios está muerto, el Uno absoluto del cierre masculino no puede ya regir la organización total del pensamiento simbólico y filosófico” (114). Queda a lo sumo un “cristianismo sin Dios. Cristianismo porque es el hijo el que es promovido como nuevo héroe de la aventura que, en la modernidad mercantil, no es sino moda, consumo y representación, todos atributos nativos de la juventud. Pero sin Dios, lo que quiere decir sin orden simbólico verdadero, porque si los hijos reinan, es sólo sobre lo aparente” (64).   El mito freudiano se liquida en una escansión sin fundación, “abocada a la repetición, y así gobernada en definitiva por la pulsión de muerte” (66).   Ya no hay ascensión del hijo, hay sólo caída del padre.

La iniciación del muchacho es sólo una iniciación al mercado, “a la circulación de los objetos y a la vana comunicación de signos e imágenes” (68).   Es una iniciación sin iniciación, una iniciación vacía que no logra la entrada del muchacho en la hombría sino que lo reduce a la adolescencia perpetua. Para ella detecta Badiou tres posibilidades: el “cuerpo pervertido,” que es un cuerpo sin sujeto, un cuerpo sostenido en la repetición inerte, un cuerpo sin idea (69-70); el “cuerpo sacrificado,” que es el cuerpo que busca con desespero un retorno a la tradición, que busca librarse del cuerpo pervertido en el abrazo mortífero de la Ley y que encuentra su única subjetivación imposible en el martirio (70); y el “cuerpo merecedor,” el cuerpo medio del que tiene mérito o hace méritos, el cuerpo que abraza la equivalencia general como su única ley posible, vendiéndose en el mercado al precio adecuado (71). Estas tres figuras o tipos de cuerpos marcan lo que llama Badiou “el hijo desiniciado” (73).   El muchacho confrontado con su desiniciación terminal sólo podría acogerse a una nueva práctica de verdad, según las modalidades badiouanas: el cuerpo pervertido encontraría su rescate en el amor, como el cuerpo sacrificado podría optar por una política del no-poder, como el cuerpo merecedor podría salir de sí mismo en la invención intelectual, en la ciencia o en el arte.   Pero no sabemos cómo: sólo queremos creerlo, o le damos fe en la justa medida en que la filosofía no puede aspirar a otra función que la de ayudar a la verdadera vida, y eso implica postular que la filosofía puede “ayudar a que la cuestión del hijo, sustraída a la tipología de los tres cuerpos, sea restituida a las verdades” (80-81). No me parece un estado de cosas particularmente prometedor, a pesar de que la alternativa es la resignación a que los muchachos no puedan en el futuro hacer otra cosa que ocuparse del “servicio de los bienes,” en la expresión lacaniana, sin poder acceder por ello a subjetividad alguna.

Las muchachas son tratadas, interesantemente, con mayor simpatía a la larga. Pero no sin un nuevo ejercicio de destrucción previa: si para los muchachos el fin de la iniciación entrañaba la inmovilidad de la adolescencia infinita, para las muchachas “la ausencia de separación exterior [en el pasado función de la mediación masculina en el matrimonio] entre hija y mujer, entre hija joven y mujer madre, entraña la construcción inmanente de una feminidad que llamaremos prematura” (90). La muchacha es hoy siempre de antemano mujer, prematuramente.   Recordemos que el fin de la simbolización condena a la vida a ser vida sin idea (el imperativo del capitalismo contemporáneo es para Badiou: “!Vive sin idea!” [96]): los jóvenes machos están entregados a una vida estúpida, cifrable en la “adolescencia consumista y competitiva eterna” (94). A las mujeres la estupidez les adviene de otro modo: “por la imposibilidad de ser muchachas, de estar en la gloria de ser muchachas, y por un hacerse-mujer prematuro que orienta el cinismo del devenir social” (94-5). En estas circunstancias cabe exagerar un poco y presentar al mundo como “una tropa de adolescentes estúpidos dirigidos por mujeres carreristas y hábiles” (96).   Pero las cosas no terminan ahí en el análisis de Badiou.

Sobre la mujer se opera hoy una extraordinaria presión: “El capitalismo contemporáneo demanda, y terminará por exigir, que las mujeres tomen sobre sí la forma nueva del Uno que este capitalismo busca para sustituir al Uno del poder simbólico, para sustituir al poder legítimo y religioso del Nombre del Padre” (107).   Ese nuevo Uno es el Uno del capitalismo competitivo y consumista, para el que los muchachos-hombres, es decir, los hombres-muchachos, sólo pueden ofrecer un ansia precaria y lúdica. La demanda a las mujeres es que ofrezcan, que tomen sobre sí ofrecer, “una versión dura, madura, seria, legal y punitiva” de tal nuevo Uno: “Por eso existe todo un feminismo burgués y dominador,” dice Badiou, cuya reivindicación no es crear un mundo nuevo, “sino librar el mundo tal como es al poder de las mujeres” (107).   En frase provocativa dice Badiou que es en ese sentido que las mujeres constituyen hoy “el ejército de reserva del capitalismo triunfante” (108).

En esas circunstancias, con mujeres cuyo Uno es infinita y crecientemente más sólido que el de los hombres, ¿por qué no empezar a prever la desaparición del sexo masculino? ¿Para qué serviría concebiblemente este último—sólo función de zángano o de su equivalente hormiguero, en un mundo técnico que puede suplirla con creces?   Pero Badiou piensa que también en el caso de las mujeres es posible a la vez aceptar su destrucción como entidades tradicionales sin aceptar necesariamente su nueva función como ejército de reserva del capital (112). También aquí es posible imaginar una interrupción de la pulsión de muerte. Para ello hay que ligar también lo femenino, “por primera vez,” dice Badiou (113), a un “gesto filosófico,” en la medida en que no podría ser un mero gesto “ni biológico ni social ni jurídico” (113).   Badiou dice que él “les [da su] confianza, absolutamente” (115) para “devenir la nueva mujer” (115) que pueda entregarse, en su abrazo de las cuatro verdades (amorosa, política, científica, artística), a una nueva producción simbólica, a una “nueva simbolización universal” que tendría que ser comunista, pues aquí concluye el tercer ensayo, y con él el librito.

Y no nos deja mucho más sabios, a pesar del brillo indudable de sus especulaciones. En el primer ensayo, Badiou propone un compromiso militante a favor de la idea de una nueva simbolización igualitaria sin especificarla en modo alguno; en el segundo, una destrucción de la diferencia sexual tradicional, que continua en el tercero, y que se resuelve en una cuestión de fe optimista sobre la capacidad de todos los jóvenes, de uno u otro sexo, para abrazar una nueva dispensación de verdades.   Sólo podemos suponer que tal nueva dispensación, regulada por una perspectiva anti-tradicional, así antijerárquica, sólo puede ser igualitaria. Pero ni siquiera sabemos si la nueva simbolización universal sería todavía una inversión del principio general de equivalencia en cuanto dinero hacia un principio general de equivalencia en cuanto verdad.   El comunismo de Badiou, basado en la producción de una Idea, es todavía un comunismo de la equivalencia, y su simbolización igualitaria reduce la diferencia, empezando por la diferencia sexual, hacia su disolución en lo común.   Quizá la destrucción de Badiou no llega lo suficientemente lejos.  Quizá él también cae en la pulsión de muerte.

Para Badiou la filosofía es, o busca, la vida verdadera. Uno no puede dejar de pensar en la definición que el joven Heidegger propone de la filosofía en su ensayo sobre Aristóteles de 1922. Allí Heidegger dice que la filosofía es “fundamentalmente atea” (367) en la precisa medida en que se ocupa de la vida fáctica, y que trata de buscar su destrucción a favor de un concepto de existencia (367).[1]   La filosofía es “simplemente la interpretación explícita de la vida fáctica” (369), pero es una interpretación orientada: “La existencia se hace inteligible sólo en el hacerse cuestionable la facticidad, esto es, en la destrucción concreta de la facticidad con respecto a sus motivos para el movimiento, con respecto a sus direcciones, y con respecto a sus disponibilidades deliberadas” (366). También ahí busca Heidegger entender la filosofía como vida verdadera, como iniciación a la vida verdadera. La destrucción concreta de la facticidad desde el intento de analizar, en cada caso, las condiciones concretas del tiempo de cada uno, del tiempo histórico de cada uno, sólo puede hacerse a partir del existente singular, pues la vida fáctica es en cada caso la vida fáctica del individuo. La hermenéutica filosófica de Heidegger, como la de Badiou, se aparta de Dios y abandona el Nombre del Padre como ser arcóntico y garante del edificio simbólico.   Y también remite fundamentalmente a la historia y a la historia del presente sobre la base de abrir otra historia: “la idea misma de facticidad implica que sólo la facticidad eigentlich—entendida en el sentido literal de la palabra: la facticidad de cada uno–, esto es, la facticidad del tiempo de uno y de la generación de uno, es el objeto genuino de la indagación” (369). Pero, para Heidegger, “la hermenéutica sólo puede llevar a cabo su tarea en el sendero de la destrucción” (371). Quizás aquí está la diferencia fundamental entre los dos proyectos.  Quizá sólo parezca que la diferencia podría estar en la apelación universal de Badiou contra la apelación al existente singular en Heidegger.

La destrucción abre el camino hacia una metaforización alternativa, hacia una nueva simbolización del mundo, y radical y necesariamente igualitaria, en la medida en que toda existencia es siempre en cada caso la propia, y nadie tiene el derecho de intervenir en la de otro.   Se trata, sin embargo, de una igualdad no equivalencial a la que nadie podría darle de antemano el nombre de comunismo sin someter previamente el comunismo mismo a su destrucción necesaria. No puede haber vida verdadera sin destrucción infrapolítica, no puede haber destrucción infrapolítica desde la postulación ideática de un comunismo universal de la equivalencia.   Aunque, si el comunismo es sólo una nueva simbolización igualitaria, contra el agotamiento del mundo tradicional en la salida de la modernidad y el cierre técnico del mundo, entonces comunismo, infrapolítica, e incluso hermenéutica existencial coinciden. Habría que verlo, en el sendero de la necesaria destrucción de las palabras cargadas de historia, y tratando de evitar toda pulsión de muerte, o de mantenerla a distancia.

PS: Se me dice que el texto de arriba no establece con claridad que el comunismo de Badiou haya de ser forzosamente un “comunismo equivalencial.” Es verdad, pero en ausencia de una especificación clara por parte de Badiou, no podemos sino dejarlo estar. Esa derivación no es arbitraria: es consecuencia necesaria de la ausencia de toda relación crítica (destructiva) explícita con la herencia comunista. Badiou, que en cierto sentido no para de hablar de comunismo, no se molesta en realidad en hablar de comunismo, lo da por supuesto, naturalizándolo como la cosa más obvia del mundo. Esa piedad no puede menos que vincular el comunismo de Badiou, y cualquier otro comunismo que no pase por la destrucción de la ontología heredada, al principio de equivalencia, en el que ser es producción, y la producción garantiza cambiabilidad y sustitutabilidad. Por eso digo que el problema de Badiou es que su destrucción–en este texto sintomatizada en el análisis de la diferencia sexual, pero también confiada a “creer” en la “fuerza natural” y el buen espíritu de los chicos y las chicas del futuro–está muy lejos de ir lo suficientemente lejos.

La ontología produccionista no caracteriza solamente a Badiou, en ausencia de su destrucción explícita, sino a toda la modernidad, incluyendo a Marx (basta ver la primera línea de los Grundrisse, si no todo lo demás.) Tantos años después, sin destrucción de la ontología cualquier apelación al comunismo como idea platónica permanece ciega y vacía—de nuevo, no es caprichosa esta afirmación, sólo consistente con la historia de la reflexión filosófica, y política, del siglo XX. De la misma forma no podríamos sin más tomarnos en serio una apelación a Dios sin comprometer en ella toda la historia del cristianismo. Los mantras no funcionan bien, aunque puedan tener una función propagandística, etc.

Si “comunismo,” en su acepción estrecha (esta sí, arbitraria o caprichosa o demasiado política), sólo remitiera a la simbolización igualitaria, podemos empezar a hablar. Pero para mí no está en absoluto claro que Badiou no sea un pensador del principio de equivalencia–no lo acuso de ello, digo que si no se aclara no podemos sino pensarlo. En el texto sobre Deleuze, Clamor, dice enfáticamente que su intento es continuar la ontología metafísica en su versión platónica, saltándose explícitamente la destrucción heideggeriana. Esas cosas tienen sus implicaciones.

La mathesis universalis es un momento central en la construcción del produccionismo metafísico, por ende en la equivalencia funcional de todos los objetos respecto del sujeto, y de todos los sujetos desde el acontecimiento arcóntico de verdad. Eso no se lo salta un mustang texano.

La verdad, como ha dicho Badiou cientos de veces, es producción de verdad. Y el sujeto es sometimiento al proceso productivo. De ahí, todos los sujetos son equivalentes, excepto los sujetos oscuros, mal subjetivados, que son el enemigo necesario.

No podemos cifrar la tarea del pensamiento en la ingeniería produccionista que afirma la necesidad de “construcción,” es decir, de producción, de un “sujeto,” es decir, de un individuo subjetivado en su verdad militante, “comunista,” es decir, igualitario en general, sin más precisiones. La discusión en todo caso empieza y no termina ahí.

(Para mí lo que está realmente en juego no es la idea del comunismo, tan largo me lo fiáis, sino la determinación de qué puede ser el pensamiento hoy: Badiou dice, “es la vida verdadera.” Sí, pero en qué términos? Coincide la vida verdadera con la producción de un nuevo sujeto afincado en la subjetivación comunista? Yo no lo puedo creer. Tampoco desecharlo del todo, porque a la infrapolítica sí que le interesa fundamentalmente la “simbolización igualitaria.” Pero hay mucho más en juego, que la palabra “comunismo” usada como martillo oculta y desfigura.)

 

[1] Martin Heidegger, “Phenomenological Interpretations with Respect to Aristotle: Indication of the Hermeneutical Situation.” Man and World 25 (1992): 355-93.

A conversation in Mexico. By Alberto Moreiras.

This week, in Mexico, a conversation on deconstruction and infrapolitics and the university took place that, I think, merits being noted and remembered. I do not want to embarrass anybody, so I will not attribute positions, but let me say I would be happy if Emmanuel Biset, Liza Mizrahi, or Laura Piñeirúa, José Luis Barrios or Angel Alvarez Solís wanted to add their thoughts to these comments of mine. Same for others, of course.  I only want to signal the conversation (with perhaps cryptic notes, which is all I can do for the time being), since the issues that came up seemed particularly pregnant to me—and let us see if the discussion takes them somewhere.

The issues circled around the following topics: whether infrapolitics can be thought of as an awakening in some sense; whether friendship may have something to do with the need to pass beyond the university; whether deconstruction was something other than just another theoretical paradigm in the liberal marketplace of ideas, another merchandise for easy consumption, or whether it can be construed in some sense as an alternative to neoliberalism, even to neoliberal capitalism; and whether the invocation of an existential turn or a thought rooted in the production of a style of life can be distinguished from modern individualism.

My immediate thoughts: yes, infrapolitics can only be thought of not only as an awakening, but as a traumatic awakening. Levinas talks directly about a traumatic awakening in a different context, but perhaps thinking as traumatic awakening can be traced back to Nietzsche in particular.   Thinking as traumatic awakening is post-Hegelian, necessarily so.

Friendship, if one can find it, is the necessary resource to attempt an exodus, not from the university as such, but rather from university discourse.   But it is a special kind of friendship—not political friendship, but some other kind . . .

Deconstruction, not necessarily as we have known it, but in terms of its potential, certainly out of Derrida’s work, is not “just another theoretical paradigm” whose import would therefore be best judged through its exchange value.   Much to the contrary, it is the very possibility—epochally–of bringing to an end thought as merchandise. Most certainly at the university, and in university discourse.

If deconstruction invokes democracy as something other than liberal democracy, it is because it thinks of pursuing non-domination outside the paradigm of the principle of general equivalence.   Not the Nietzschean Will to Power, rather the principle of general equivalence is the last doctrine of metaphysics.   Deconstruction has the potential for an antineoliberal, anticapitalist politics to the extent it takes exception to general equivalence as doctrine of being.

From the refusal of general equivalence comes the appeal to the singular existent. The singular existent cannot be confused with the modern individual—the rupture with general equivalence is also a rupture with any doctrine of the subject, from which “modern individualism” derives.

 

Nota sobre “Yo también sé quién escribió el Lazarillo,” de José Luis Villacañas. Por Alberto Moreiras.

El tiempo pasa muy deprisa, y parece mentira que el artículo de José Luis sobre el autor del Lazarillo sea de 2011. Es un artículo difícil, cuya glosa no puede agotarse en esta nota breve, dadas las complejidades de la alegoría que propone José Luis a través del Edgar Allan Poe de La carta robada y Los asesinatos de la Rue Morgue, y de los textos que escribieron sobre el primer cuento Lacan y Derrida. Me autoconfino aquí a lo que José Luis propone sobre la posible autoría de López de Villalobos, que en este artículo se ofrece como mera hipótesis, pero se trata de una hipótesis cargada: José Luis dice que en algún momento en el futuro se encargará de demostrar que es algo más que eso. Lo que está en juego, ni más ni menos, es la presentación del Lazarillo como una obra decisivamente marrana, a partir de la posición de José Luis, expuesta en otros lugares, de que no hubo humanismo en Castilla no cristiano-nuevo: todo humanismo en Castilla en los siglos XV y XVI es marranismo. Es una afirmación fuerte que no puede sino aterrar a los filólogos y a los neofilólogos por principio, puesto que para todos ellos el marranismo no puede nunca pasar de ser una “hipótesis ideológica,” esto es, una suplementación al texto, a todo texto. Ningún texto es para un filólogo un texto marrano a no ser que el texto se autoproponga como tal (y aun entonces empieza y no termina la discusión), lo cual es, por supuesto, para el marranismo, por definición imposible. Parte del problema crítico es ese—no hay texto marrano para los filólogos, y para los que no somos primariamente filólogos porque no queremos serlo el marranismo, entre otras cosas, no puede ser reducido a la condición de mero add-on ideológico. La alegoría sobre La carta robada tiene que ver con esto.

Está por encima, sobredeterminándolo todo, el anonimato o el apocrifismo de la lectura del Lazarillo. Hay dos posiciones: según una de ellas el apocrifismo de la escritura dicta el anonimato, y así la falta de autor reconocido es consustancial a la verdad del texto como texto “realista,” y que llega a su destino en cuanto tal; según la otra, la falta de autor reconocido ocasiona una deriva diseminante del texto y lo fuerza a no poder tomar nunca por supuesto llegar a su destino. La segunda, claro, es la posición marrana. Pero eso también dice: la posición marrana está cómoda con el secreto, y no quiere nombrarlo, no quiere identificar al autor que se esconde. De ahí quizá la extraña estrategia de diferimiento de José Luis, digo esto, pero no lo digo, lo diré algún día, quizás, o bien ‘yo no digo mi canción sino a quien conmigo va.’ “Sin autor, nada vendrá a perturbar nuestras idealizaciones, de la misma manera que nada nos exigirá salir del marco de La carta robada si el autor trascendental de la misma, el intelecto agente, es pura repetición. Con autor, el Lazarillo es la repetición del saber que sobre el autor tenemos. No hay salida al dilema” (Villacañas, “Yo también sé quién escribió el Lazarillo,” JLACS 11:3-4 (2011): 356).

El “alma doble, que quiere ver la luz y a la vez ocultarse, es el alma del marrano” (356). Alguien como Paco Rico, comparado al prefecto de policía en La carta robada, no tiene más opción que empeñarse “a fondo en cuanta materialidad superficial tiene a su mano.” Con él la inmensa mayoría de la crítica, y así la tradición hegemónica. Esas son las verdaderas “idealizaciones” e ideologizaciones no ya de un solo texto señero, también de una tradición entera, de un archivo total. La absoluta reducción de la teoría—el rechazo a la posibilidad misma de que Lazarillo pueda ser entendida como “ficción teórica”—implica su petrificación como acontecimiento de realidad (las notas siempre monumentalizantes en la edición crítica de Rico exceden con mucho las palabras del texto que anotan). La pregunta por el marranismo ni se plantea: “Voluntad de realismo, esencia de la cultura española. Decir lo que todo el mundo sabe” (357).

La conjetura: el autor tiene, al menos, dos almas y “se expresa en un lenguaje del cual sólo sabemos que no es el nuestro” (357). La conjetura: “Todos y cada uno de los hechos de Lazarillo quedan iluminados si los referimos a momentos imposibles de idealizar de esta alma doble o triple y de lo que ve dentro y fuera. Lo decisivo es que, tan pronto hacemos esto, el Lazarillo deja de ser idealizado como el destino de la literatura española y pasa a ser un texto accidental, atravesado por el miedo, la cólera, la rabia, el dolor, la envidia, la necesidad de venganza, la ironía, la burla, la voluntad de ocultamiento, la necesidad de autoafirmación y finalmente el olvido de todo ello” (359). “Para vengarse de su enemigo [el médico Narciso de Ponte, el hijo del molinero corrupto y borracho criado en el Tíber] se comenzó a escribir el Lazarillo . . . Pero es posible que al final Villalobos comprendiera que en esa triste vida del impostor médico imperial se estuviera describiendo también a sí mismo y a sus nobles amos” (360).

La conjetura: “una que se limita a llenar un vacío con otro vacío, pero que abre el marco idealizado de la obra hasta dejarla como una obra sin marco. Por ahora ahí me quedo” (360).

La propuesta: el Lazarillo es ficción teórica y autografía marrana, infrapolítica marrana.

Sobre Teología política imperial y comunidad de salvación cristiana, de José Luis Villacañas. Por Alberto Moreiras.

Alberto Moreiras

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Idolatría e infrapolítica. Comentario a Teología política imperial y comunidad de salvación cristiana. Una genealogía de la división de poderes (2016), de José Luis Villacañas Berlanga. (Borrador.)

El inmenso e importante libro de José Luis Villacañas, Teología política imperial, es un libro contra la filosofía de la historia escrito desde una perspectiva que podríamos llamar fenomenológica: su intento no es ni pronosticar un futuro ni dar recetas sobre la mejor forma de encararlo, y tampoco es ofrecer razones que permitan entender la historia como ha sido.   Busca más bien describir, en perspectiva genealógica, como afirma el subtítulo del libro, ciertas condiciones de constitución de la historia de Occidente cuya relevancia para el presente es de carácter crítico: el talante fundamentalmente postnietzscheano y postheideggeriano del libro, ciertamente postmarxista, weberiano, también freudiano, me atrevería a decir, constituye un aviso o postula una precaución sobre lo que no se puede decir, esto es, sobre lo que no tiene sentido decir desde el punto de vista de una genealogía conceptual y ateniéndose a ella. Uno puede por supuesto siempre decir cualquier cosa, pero no afirmar su consistencia histórica efectiva. Creo que esta es la posición esencial del libro. Su acercamiento—llamémosle “fenomenología débil”—a lo que retrospectivamente, desde el libro mismo, puede entenderse como el gran acontecimiento de la historia de Occidente, que es la concepción de un dios trinitario que, en cuanto trinitario, interviene en la historia humana y la convierte en historia de salvación, tiene múltiples implicaciones cuya especificación y desarrollo debería preocuparnos y sin duda va a preocuparnos durante algunos años.   Si la Trinidad supone la destrucción efectiva de cualquier teología política, que queda desmantelada en el triunfo contra el arrianismo; si la Trinidad impone efectivamente una división de poderes contra cualquier pacto de soberanía, entonces una genealogía trinitaria, repensada desde el desencantamiento del mundo, y desde el fin de la arquitectónica política de la modernidad, es decir, repensada desde el presente, entendiendo nuestra época historialmente como la época del terror (con respecto de la cual y del cual todo archivo necesita ser releído, incluyendo muy especialmente el archivo hispánico), establece límites críticos: digamos que, liquidada la teología política, liquidada la noción misma de secularización, que es consecuencia de la teología política, ya no es posible acogerse a una política comprendida como pacto de soberanía, ya no es posible acogerse a una política comprendida como contrato social, ya no es posible acogerse a una política providencial en ningún sentido. Lo que queda es una política republicana como resto profano, contra toda gloria y contra toda aclamación, contra toda tentación plebiscitaria o constituyente ((nota sobre “resto profano”)). Pero esto es republicanismo posthegemónico, fuera de toda tentación metafísica. Y conlleva una necesidad urgente de replantearse los fundamentos mismos de nuestra relación con la democracia, en la medida en que ya no es admisible una democracia basada en metapolítica teúrgica alguna ((nota sobre “metapolítica teúrgica.” Remitir a lo que dice Agamben sobre glorificación y teurgia y a la noción de metapolítica en los Cuadernos negros; quizá también en Ranciére y en Badiou)). No son sólo Erik Peterson, Ernst Kantorowicz o Carl Schmitt los que deben ser repensados, sino también, por ejemplo, Jean-Jacques Rousseau, y la larga tradición que le sigue, incluyendo por ejemplo a Claude Lefort y a Miguel Abensour, y también todo el planteamiento político marxista y postmarxista, de Rosa Luxemburgo a Antonio Gramsci y de Louis Althusser a Ernesto Laclau, para no mencionar a Alain Badiou o a Antonio Negri. Y por supuesto cualquier identitarismo mesiánico derivado de cualquier afirmación sustancialista de la noción de pueblo. Una de las implicaciones efectivas del libro de Villacañas es la liquidación en política de toda metapolítica teúrgica y de toda posibilidad de metapolítica teúrgica; incluyendo, señaladamente, toda metapolítica teúrgica del poder efectivo, de la gloria de las cosas como son, que es la metapolítica neoliberal que Giorgio Agamben identifica como la metapolítica de la opinión pública, que sostiene la libertad an-árquica del capital.   Desde el libro de Villacañas, y precisamente a favor de la teoría radical de la división de poderes, la teurgia sólo puede admitirse como infrapolítica, esto es, sólo puede admitirse como opción post-política de salvación subjetiva. Volveré brevemente sobre esto.

Me apresuro a decir que, en los siguientes minutos, no puedo ni quiero intentar dar cuenta de todas esas implicaciones, ni mucho menos. Prefiero atenerme sólo a alguna de ellas, para iniciar y no para concluir el proceso de diálogo y de reflexión que el libro exige. Ojalá todos nos hagamos gradualmente cargo de tal exigencia. El rango del libro y de la problemática que el libro aborda así lo impone. Pero vamos por partes. Me gustaría considerar algunas de las reflexiones introductorias que presenta Villacañas y tratar de referirme a la diferencia que Villacañas busca marcar con respecto del proyecto teórico de Giorgio Agamben tal como es expresado fundamentalmente en El reino y la gloria. Ello llevará necesariamente a ciertas consideraciones respecto de la obra heideggeriana.   Y ya no tendré tiempo para más—pero quiero repetir aquí, por lo tanto, que estas páginas son sólo un principio, quizás incluso arbitrario y ligado a mis propios intereses. Por eso me gustaría saber, aprovechando la presencia de José Luis en esta reunión, si estas reflexiones iniciales mías son efectivamente atinadas en el sentido de no traicionar la orientación misma de su libro, por más que, aquí o allá, mis conclusiones a partir de su trabajo puedan no coincidir del todo con las suyas. En cualquier caso esas conclusiones no refieren a lo dicho en el libro, sino a lo que se puede deducir desde él. El tono del libro no es en realidad teórico, sino historiográfico, y las reflexiones teóricas quedan casi en su totalidad, fuera de breves consideraciones finales sobre Peterson, Karl Löwith y Eric Voegelin en las que no tendré tiempo de entretenerme, confinadas al capítulo introductorio. En ese mismo capítulo Villacañas se encarga de aclarar que no es para su libro establecer conclusiones deductivas. Nos dice: “no puedo abordar en este libro” “el sentido de sucesos singulares del pasado y su relevancia para el presente” (12). Así que o bien eso queda para algún libro futuro o bien se convierte ipso facto en nuestra tarea como lectores. Y en eso estamos.

El prólogo da quizá suficientes elementos para entender que la totalidad de los presupuestos llamados “metodológicos” (no “teóricos”) (cf. 9) del libro de Villacañas se orientan contra la obra de Giorgio Agamben y, por detrás de ella, contra la obra de los dos gigantes del pensamiento del siglo XX, Carl Schmitt y Martin Heidegger, de quienes se dice que traicionan, en su voluntad mítica o teúrgica, la verdad histórica (“la filosofía se ha alejado de todo compromiso con una posible verdad histórica,” 10).   Lo hacen a través de un compromiso con la obra de Max Weber, pero de una forma que ya encierra en sí la enorme dificultad del proyecto general.   Si Schmitt y Heidegger y Agamben son acusados de proponer metapolíticas teúrgicas (la frase es mía, no de Villacañas), la contrapropuesta de Villacañas coloca esta cita de Weber en lugar prominente: “Así como toda acción individual tiene su dios especial, así también toda acción comunitaria, que por otra parte lo necesita si el proceso de socialización quiere ser garantizado de modo duradero. Siempre que una agrupación no aparezca como cuestión del poder de un solo dominador, sino como una verdadera unión, tiene necesidad de un dios particular” (Weber citado por Villacañas, 13).   Pero esto significa, a claras luces, que la necesidad teúrgica es irreducible, y que lo es también o particularmente en cuestiones políticas. La política es teúrgica y busca o precisa en cada caso de un “dios particular.” Lo que parece estar en juego, entonces, es la propuesta de teurgias políticas que no alcancen rango metapolítico. Y quizás esta contribución mía deba reducirse a pensar inicialmente este problema, relacionable con una noción de “mínima teología” que, dice Villacañas, “es necesaria a la religión de salvación” (11), y quizás, a fortiori, también a la política misma.

Villacañas afirma querer confirmar la noción, contra Schmitt, de que no hay teología política católica. No hay teología política católica sino división de poderes. Desde esa tesis básica Villacañas se apresta en el Prólogo asimismo a “ofrecer una alternativa a la interpretación dominante de Heidegger sobre la razón imperial romana, que sería el paralelo histórico-político de la traducción de las categorías de la metafísica griega al latín, con su inexorable resultado en la voluntad de poder nietzscheana” (12). Villacañas se está refiriendo al seminario de 1942-43 sobre Parménides en el que Heidegger afirma que “pensamos la política como romanos, esto es, imperialmente” ((buscar cita)). Entonces, dice Villacañas, “razón imperial e historia de la metafísica culminada en Nietzsche serían . . . , según Heidegger, los dos márgenes que trazan el sendero de Occidente hacia ninguna parte” (12).   Esa propuesta de Heidegger, dejando aparte las últimas tres palabras, sin duda central a su pensamiento al menos puntualmente, esto es, al menos durante el período histórico de la preguerra y la guerra, sería para Villacañas la “inversión de la teología política de Schmitt” (12): “Para Schmitt, el modelo romano de una teología política imperial era el único imitable por parte de la Modernidad, mientras que para Heidegger era el más detestable” (12).   El problema de Agamben sería “instalarse cómodamente” en premisas heideggeriano-schmittianas “para así producir impugnaciones tanto más fáciles” (10).

Tanto Schmitt como Heidegger como Agamben fallarían, según Villacañas, porque “no vinculan bien la filosofía con la dimensión histórica de lo real. Muestran una comprensión del destino histórico al margen de toda intervención de lo humano” (12), lo que los lleva necesariamente a la metapolítica (si habéis estado esperando una definición de “metapolítica,” quizá esta sirva para andar por casa: la metapolítica es la reducción de la política a un destino histórico que llega al margen de lo humano). Contra toda metapolítica Villacañas afirma la noción weberiana de “religión de salvación,” a la que considera “una de las formas más poderosas que tienen los seres humanos para luchar contra el dolor de forma conjunta. . . . Weber siempre pensó que allí donde los seres humanos dieran a su dolor una dimensión común, surgirían nuevas formas de religión de salvación, de sentimiento comunitario, de ecos de la vieja deificatio, y de renovación de las estructuras psíquicas capaces de evadir el oscuro destino de especialistas sin espíritu y estetas sin corazón” (13).

La propuesta propositiva del libro de Villacañas es la de trazar un “singular histórico” (11) que permita la conciliación de práctica teórica y conocimiento de lo real.   El libro inicia un largo recorrido desde la religión política romana y sus prácticas de deificatio imperial que atraviesa muchas de las corrientes fundamentales del pensamiento cristiano de los primeros siglos hasta culminar en el análisis de la obra de Agustín de Hipona, y especialmente de Confesiones y La ciudad de Dios. En esta última se daría o habría dado una doctrina estable de la división de poderes que, según Villacañas, es necesario hoy entender con toda precisión precisamente para evitar el malentendido metapolítico.   El libro de Villacañas concluye con las siguientes frases: “el problema de la temporalización de las expectativas escatológicas, el mantenimiento del triple tiempo del dualismo agustiniano (un tiempo de la res publica, un tiempo de la iglesia visible y un tiempo de la iglesia mística invisible), unidos por una continuidad de virtud y de ordo, pero separados por su rango institucional completamente diferenciado, el problema verdadero que había planteado La ciudad de Dios, el de la división de poderes en un mismo espíritu de normas caracterizado por la contingencia de su convergencia, se olvidó. Pero, en esa relación de contingencia, la historia mostraba su verdadero rostro, ajeno a la vez a la teología política y a la teología de la historia” (605).

El olvido de la solución agustiniana—fundamentalmente una solución orientada a facilitar la convivencia de comunidades de salvación en relación política siempre contingente, salvaguardando la dimensión teúrgica de toda empresa humana de felicidad y también el derecho del César a imponer el principio de realidad que le compete—se presentaría así como la desviación traumática fundamental del destino de Occidente.   Por lo tanto reducir ese olvido, olvidar ese olvido, recuperar la memoria contra toda la tradición de pensamiento que separa la hazaña historial de Agustín y nuestra época es lo que el libro propone. Me parece que esta es la tesis de fondo del libro de Villacañas, que puede parecer sorprendente. Si no me equivoco en esto (y si me equivoco aquí está José Luis para corregirme), me gustaría dedicar el muy escaso tiempo que me queda a marcar brevemente desde ella la diferencia de Villacañas con el proyecto de Agamben e indirectamente con el heideggeriano, y hacer alguna consideración adicional sobre el problema que se abre ante nosotros, y que yo no puedo menos de ver como un problema de carácter infrapolítico—o más bien un problema que la infrapolítica resuelve.

En ciertas páginas brillantes de El reino y la gloria Agamben, que acaba de definir el himno como “la canción en honor de los dioses” (235) y la elegía como la canción que saluda una despedida, dice que “los himnos tardíos de Hölderlin son el envés simétrico de las elegías de Rilke: mientras que estos últimos son himnos disfrazados de elegías, Hölderlin escribe elegías en forma de himnos” (237). En cualquier caso ambas formas de la palabra poética tienen una intención aclamatoria y doxológica (del sentido griego de doxa como “gloria”) que refiere en última instancia a la noción de “inoperatividad” sobre la que Agamben construye toda su posición: la inoperatividad, el descanso sabático, se vincula en Agamben a la beatitud que espera al pueblo de Dios, y así es la meta o el contenido mismo de la salvación para cualquier empresa bien teológica bien política de salvación.   Pero el poema, la palabra poética, como toda instancia aclamatoria y glorificante, es en sí teúrgica—hace nacer al dios que celebra, incluso bajo el modo de despido. Y es en este problema del sabatismo en el que para Agamben culmina La ciudad de Dios de Agustín—una culminación en la que Agamben detecta cierto indecidible entre la teología y la política. Dice Agamben: “Eso significa que al centro del aparato de gobierno, el vestíbulo en el que Reino y Gobierno se comunican sin cesar y sin cesar se distinguen mutuamente está, en realidad, vacío; es sólo el Sabbath y la katapausis [inoperatividad, en la traducción de Agamben]” (243). Villacañas no se refiere a esto, prefiriendo sin duda atenerse a su propia noción de salvación. Pero es legítima la pregunta de en qué se diferencia la salvación a la que remite Villacañas y la noción agambeniana de inoperatividad sabática, o inoperatividad de los bienaventurados.

El “umbral de indiferencia entre la política y la teología” que Agamben diagnostica le lleva en última instancia a concluir su libro diciendo que “la Modernidad, al remover a Dios del mundo, no ha sólo fracasado en la empresa de dejar atrás la teología, sino que en varias maneras no ha hecho sino llevar el proyecto de la oikonomia providencial a su consumación” (287).   Como sabemos, la propuesta de Agamben termina en cierta voluntad mesiánica de reocupación del trono vacío de la gloria, lo cual constituye su metapolítica o más bien su apuesta metapolítica. Agamben establece aquí su diferencia con respecto de Heidegger, cuya propia voluntad teúrgica, según Agamben, no habría conseguido trascender el horizonte de indiferenciación entre teología y política.   No tengo tiempo de rastrear las cuatro referencias ((pero hacerlo en nota o hacerlo en reescritura)) a la obra heideggeriana que Agamben da en El reino y la gloria, la primera de ellas a través de un comentario a Reiner Schürmann, aunque todas van en la misma dirección. Se trataría de afirmar que Heidegger abole la escatología cristiana sólo para permitir su retorno infinito bajo la figura de la historia del ser (163).   La referencia más importante es la final, en la que sin duda de forma deslumbrante Agamben hace coincidir la temática heideggeriana de la Ge-stell técnica con el aparato económico del misterio trinitario. “El término Ge-stell corresponde perfectamente (no sólo en su forma: el alemán stellen es equivalente a ponere) al término latino dispositio, que traduce el griego oikonomia. La Ge-stell es el aparato de gobierno íntegro y absoluto del mundo” (253).   La diferencia ontológica heideggeriana correspondería así a la diferencia entre ser y praxis que funda la teología paulina y que encuentra su más perfecto desarrollo en la doctrina trinitaria.   Dejando al margen que Heidegger probablemente rechazaría tal identificación entre diferencia ontológica y teología trinitaria, para Agamben Heidegger no puede resolver su propia posición, dice, precisamente en la medida en que la mantiene como metapolítica y no consigue llevarla a la política. Lo curioso es aquí que Agamben le achaca a Heidegger el mismo defecto que puede achacársele al mismo Agamben, el que sin duda Villacañas le achaca al mismo Agamben, a pesar de las pretensiones resolutorias de este último. En la siguiente cita, que Agamben por supuesto presenta como su propia inversión productiva y directamente política de la posición heideggeriana, diríamos que encuentra su centro la dificultad misma del proyecto agambeniano, su condición aporética:

Heidegger no puede resolver el problema de la tecnología porque fue incapaz de restituirlo a su locus político. La economía del ser, su desvelarse epocal en un [nuevo] velamiento es, como la teología económica, un misterio político que corresponde a la entrada del poder en la figura del Gobierno. Y la operación que resuelve este misterio, que deactiva y da como inoperante el aparato tecno-lógico-ontológico, es política. No es un guardar del ser y de lo divino sino una operación que, dentro del ser y de lo divino, deactiva su economía y la consuma. (253)

Ahora bien, ¿es realmente capaz Agamben de restaurar a la política su concepto de inoperatividad destituyente y gloriosa? No tengo más tiempo ya, y tendré que terminar sin revelar mi secreto, o dándolo sólo en clave para los electos. Este es el juego: la condena de Villacañas de toda metapolítica teúrgica a partir de la posición agustiniana, que en cuanto consciente y afirmadora de la división de poderes no mistifica sino que deslinda y clarifica, es extendible a Schmitt, a cierto Heidegger, a Agamben. Desde Agamben, sin embargo, podemos ver que la condena a la metapolítica es en él también efectiva, a partir de una reivindicación de politicidad que él se adjudica a sí mismo como consecuencia de su intento de inversión práctica de la posición heideggeriana. Sólo en la medida en que la glorificación teúrgica es politizada, dice Agamben, hay política real y vencimiento del impasse teológico-político propio de la modernidad. Y ¿no es esto lo que también dice Villacañas, a partir de su invocación al “dios particular” siempre necesario para la temporalización de toda empresa comunitaria, esto es, política?

Es concebible que toda invocación teúrgica en la política sea ya de antemano metapolítica.   Es concebible que también la política teúrgica de salvación a la que Villacañas apela a través de Weber sea necesariamente siempre metapolítica. La solución es decir que la teurgia es sólo infrapolítica, que la idolatría no es política ni tiene lugar en una política del desencanto, y dejarle entonces al César lo que es sólo del César—o quitárselo, que viene a ser lo mismo.

Alberto Moreiras

Texas A&M University

 

Obras citadas

Agamben, Giorgio. The Kingdom and the Glory. For a Theological Genealogy of Economy and Government. Lorenzo Chiesa with Matteo Mandarini transl. Stanford: Stanford UP, 2011.

Heidegger, Martin. Parmenides. XXX.

—. Ponderings II-VI. Black Notebooks 1931-1938. Richard Rojcewicz transl. Bloomington: Indiana UP, 2016.

Villacañas Berlanga, José Luis. Teología política imperial y comunidad de salvación cristiana. Una genealogía de la división de poderes. Madrid: Trotta, 2016.

 

De El fragmento repetido, de Willy Thayer (Santiago: Metales pesados, 2006). Por Alberto Moreiras.

El último párrafo de El fragmento repetido, ostensiblemente sobre el nihilismo neoliberal o el neoliberalismo nihílico como época que termina las épocas, con su invocación de la imagen dialéctica como recurso de destrucción o destrucción recursiva, puede servir para referir a la relación entre infrapolítica y política: “Tal vez cuando indicamos que nada respira, en esa indicación algo respira. Como si el pensamiento contemporáneo–en cada caso–tuviera su chance de oxígeno en esa indicación; como si pensara sólo cuando pensara en su imposibilidad; tal como el arte sólo tiene lugar ‘subrayando en cada caso su propia muerte'” (340).

 

A Negation of the Anarchy Principle. By Alberto Moreiras.

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I go out far away from my home, as a hostage, without ever taking up habitation with you, nor ever being your guest, since you have no residence, but I also thereby fulfill my calling, which is to be at home no longer. (Lyotard, The Differend 115)

A Negation of the Anarchy Principle

(Draft Paper for the Southwest Seminar on Continental Philosophy, College Station, May 2016)

This particular slot at the conference, in our first idea, was to be devoted to a roundtable discussion of Jean-François Lyotard’s posthumous book Logique de Levinas, recently published in France (2015), which brings together some texts on Emmanuel Levinas or around Levinasian themes that complement the section of Lyotard’s Le différend (1983) devoted to the French-Lithuanian thinker.   As you might remember if you have read The Differend, there is a chapter entitled “Obligation,” where Lyotard engages with Levinas and Kant in the fragmented, quasi-aphoristic style that is the mark of that book. In that chapter Lyotard makes some observations that have a bearing on what can conceivably be understood as the ontological difference with a Levinasian twist. Everything has to do with the difference between prescription and description, or with the difference between what Lyotard calls the “ethical phrase (infinity)” and the “speculative phrase (totality)” (Differend 115). Lyotard adds:

When the universe in which you are the addressee entails an addressor instance that is left empty, and is perhaps “absolutely“ not marked, not even by a silence, that is the ethical situation, or the disposition of the universe presented by a phrase of obligation. But that cannot be inscribed into your own experience. For, in this universe, you are presented on the you instance, you are called, but experience and cognition take place in the first person, or at least as a self. What you judge to be the Lord’s call is the situation of you when I is deprived of experience, “estranged,” “alienated,” “disauthorized.” You do not therefore have the experience of the Lord, nor even of alienness. If you were to have that experience, it would not be the Lord, and it would not be ethics. You cannot therefore testify that whatever it is that calls upon you is somebody. And that is precisely the ethical universe. (115-16)

We can suspend for a moment whatever it is that the notion of “ethics” prompts in you. Make no presumptions: Lyotard is pretty fierce in this respect, stating as he does that the “addressor instance is left empty.”   There is no “somebody” on the other side. We have no idea. All we know is that there is a form of discourse, prescriptive, a form of discourse that Reiner Schürmann would have called “imperative” against any notion of merely “indicative” discourse, a form of discourse linked to a “peregrinal ontology.”   We had been thinking about all of this, and we had been linking it to something we started to call the infrapolitische durchbruch, the infrapolitical breakthrough, in connection with Reiner Schürmann’s work on Meister Eckhart (Cf. in particular Wandering 29, 69-73, 87). If “toute pensée n’est pas savoir” (Lyotard, Logique 89), then there was a form of thought whose momentum would be something other than knowledge, non-denotative thought, responsive thought, indeed imperative thought.   The reflection was pretty simple: prescription obligates not by referring to truth or falsity. It obligates in terms of what is just. But prescription is not politics, even if politics, in its democratic instantiation, which is the only possible one since non-democratic politics is merely a game of interests, business not politics, is also about the just. Where is the difference? Democratic politics must universalize its procedures, must turn all decisions into a norm valid for all. Infrapolitics does not universalize, does not normativize. It provides no knowledge.   Is it therefore an “ethical praxis” in the Lyotardian sense?

When we thought of organizing a conversation on Lyotard’s Logique de Levinas we were just coming out of a workshop we organized here in College Station (in January of this year) on the work of Reiner Schürmann where some of those problems were discussed, and we figured there would be something in the new Lyotard book we needed to pursue (none of us had read the book at the time, so this was only a guess, more or less informed.) To sum it up briefly, we anticipated Lyotard’s comments on Levinas might have something to tell us of importance for our ongoing project on marrano infrapolitics, on posthegemonic infrapolitics, and we thought they might even correct or help correct some particularly significant issues in Schürmann’s work that we imagined needed correction. That was the initial hypothesis, on the basis of which we made our proposal. Unfortunately the idea of the roundtable had to be dismantled: two of our copanelists announced they would be unable to make it to this conference, and Dan Conway suggested it would be better, then, if Marco Dorfsman and I simply read more normal papers in two different time slots.

Of course, for better or for worse from your point of view, this gave both Marco and me more time. I have decided to use my time, now 45 minutes as opposed to 10 or so, to be as clear as possible about some of the questions that were on my mind at the time of the initial plan.   Let me, then, before getting into what I think might be the heart of Lyotard’s posthumous book (and you must remember this could be a heartless book, an unfinished book, nothing more than the dream of an editor, since Lyotard himself had no idea such a book would be published under his name—but I like unfinished work, or rather: I suspect all finished work), let me point out some of the considerable problems Reiner Schürmann’s work brings to the project of infrapolitics. I will do this, and then I will try to offer some ideas from Lyotard’s book that I think might help us. The obvious caveat is: Lyotard’s book will get little time in my explanation, I will only be able to indicate some themes for further scrutiny and reflection on the basis of the first part of Logique de Levinas, that is, the essay titled “Logique de Levinas” (19-74). There would be more to say, but that should be enough in terms of the discussion, which is what I want (I do realize most of you have not even heard of infrapolitics, might not know what they could be about, and of course there is no proper time to clarify it. But perhaps, just perhaps, you might get a glimpse of it by following the set of problems that we are trying to grapple with, or better put: that I am trying to grapple with in solidarity with a collective thinking endeavor.)

 

II.

At the end of Heidegger on Being and Acting: From Principles to Anarchy (286-89), Reiner Schürmann explicates four “Consequences for the Direction of Life.”   I will address all four of them, all four of those consequences, looking not for exhaustivity in terms of Schürmann’s own considerations, rather in terms of their problematic relevance for infrapolitics. Schürmann suggests, of course, that his Heidegger interpretation imposes some obligations on the thinker.   I will attempt to describe infrapolitical obligations in disagreement with the alleged “consequences” Schürmann posits regarding Heideggerian thought. One could say that we are simply disputing the Heideggerian legacy, and I do not wish to contest that. Perhaps that is indeed all we are doing.

First disagreement (I am sorry about the long quotation): Schürmann mentions a “heuristic” function in Being and Time’s concentration on “everyday activities” in view of the need to establish a “fundamental ontology.” But, beyond the establishment of a fundamental ontology, he says,

there is another priority of praxis in Heidegger, which appears as early as in Being and Time and which remains operative throughout all of his work: to retrieve the being question from the point of view of time, a certain way of life is required. To understand authentic temporality, it is necessary to ‘exist authentically;’ to think being as letting phenomena be, one must oneself ‘let all things be;’ to follow the play without why of presencing, it is necessary ‘to live without why.’ Here the priority of praxis is no longer heuristic . . . According to the mainstream of the metaphysical tradition, acting follows being; for Heidegger, on the other hand, a particular kind of acting appears as the condition for understanding being as time. Here praxis determines thinking. In writings subsequent to Being and Time, it is suggested that this praxis is necessarily of a political nature. (287)

There is, then, the call for a certain way of life according to which acting is a precondition of understanding, and praxis determines thinking. This second (non-heuristic, non-cognitive) priority of praxis is fundamental to the infrapolitical constellation, which emphasizes it and names it “existential.”  A praxis of existence—not a politics, not an ethics, certainly not a disciplinarization or institutionalization of existence, which is the reason why infrapolitics breaks and must break with university discourse—opens the way to infrapolitical reflection to the very same extent infrapolitical thought cannot be premised on anything but a specific relation to existence.

But Schürmann all too quickly says: “this praxis is necessarily of a political nature.” Why is that? Whether Heidegger himself indicated the possible political relevance of this existential understanding of praxis is probably irrelevant for infrapolitics, but it may not be irrelevant regarding the fundamental thrust of Schürmann’s interpretation.   There is, in or behind the attribution to the late Heidegger of a (reluctantly) “anarchic” political drift, an assumption perhaps essential to the work of Schürmann that I would not share: that changes in thinking, in order to be relevant, are necessarily epochal, that is, historical or historial (even if, at a certain point, under the hypothesis of the closure of metaphysics, their epochal or historial stance would mark, according to Schürmann, the end of epochality, the end of epochal history), and, as epochal, they reach and affect and shape and force the compliance of the totality of the political collectivity as such.   In other words, the supposition is that the discovery of a non-heuristic, non-cognitive praxis of existence must become “political” in order to be hearable or in order to reach the dignity of historial presence—that, indeed, there is no historial presence without political relevance, and viceversa.

Schürmann names his own political practice “anarchy.” For Schürmann “anarchy,” on his terms, is not the singular choice of a thinker but rather the offspring of the contemporary economy of presencing with which the (contemporary) thinker should comply.   Anarchy would be a paradoxical nomos at the end of principial (metaphysical) epochs, at the end of the time of metaphysical epochs. “The nomos or injunction always and everywhere determines the oikos, the abode of man” (235). But I would like to argue that there is a certain ultimate incoherence in claiming both that thinking presupposes a particular exercitium that belongs to the thinker’s singular existence (a change in the direction of life, the obligation of a non-heuristic, non-cognitive praxis before understanding, an existential immersion in existence), and that thinking only lives through attunement to a nomic or temporal presencing that affects everyone. This is the first of the problems I wanted to point out regarding infrapolitics.   Infrapolitics affirms that changes in the direction of life do not have to become historial or epochal, do not have to become “political,” in order to appear as obligations, hence already dramatically relevant for the endeavor of thought.

The second problem follows from the first. Schürmann says: “Being can be understood as time only through its difference from history. The investigation into the concrete epochs and their regulation is what binds the later Heidegger’s phenomenology to experience. Since this is, however, not an individual’s experience, the issue of phenomenology proves to be political in a broad sense. An economy of presence is the way in which, for a given age, the totality of what becomes phenomenal arranges itself in mutual relations. Any economy is therefore necessarily public” (287). The politicality of epochs has to do with the fact that epochs force an order of the visible (things, words, actions) into an order of domination. Principial epochs guarantee the domination of the principle as hegemonic domination (at the time of modernity, for instance, subjectivism dominates hegemonically, and it dominates all orders of existence: politically as well as philosophically or artistically, and in any other register of cognition).   But Schürmann’s distinction between history and time prepares his affirmation of an end of epochal history that opens the visibility of presencing as non-domination.

At the end of the cycle of principial epochality, where we hypothetically are (this is “the closure of metaphysics”), the thinker can move or prepare the way for anarchy as non-domination. But the politicality of the thinker is then either prophetic or it has the character of a historical vanguard.   In both cases it appears as messianic, as it incorporates and enables a promise (the “early” correspondence of the thinker, as response to an incipient unconcealing presencing, is a commitment to and an announcement of a general dispensation to come, a dispensation that, on becoming general, becomes political as well).   The thinker appears in this account as the vanguard of history, as a preparer, as a harbinger. The thinker is still, in this account, a world-historical figure, a hero in a sense that becomes hardly distinguishable from the Hegelian determination of the hero. Infrapolitics must take exception. Infrapolitics prefers to consider its own time, which is the time of posthegemony, as the deconstruction of all political legitimation, including the preparatory, anticipatory, or transitional legitimation of a purported, posthistorical economy of presencing of universal reach. Infrapolitics gives up on preparatory thinking (it is, in that sense, a non-messianic thinking of the now-time) as it refuses the distinction between history and time.

The exposition of the third problem requires another fairly long quotation:

The hypothesis of closure results from the reduplication ‘will to will’ substituting itself for the difference ‘being and entities.’ Enframing, then, is not like any other principle. It is transcendence abolished. Total mechanization and administration are only the most striking features of this abolition and reduplication, of this loss of every epochal principle; a loss that, as Heidegger suggests, is happening before our eyes. (288)

For Schürmann technology would be “the age without a beyond” (285) that terminates the epochal cycle, the history of being.   He claims that, at the end of the epochs, “originary time” resurfaces into a presencing no longer to be understood as the constant presence of the metaphysical dispensation.   Responding to originary time—the worlding of the world, the thinging of the thing—is what the thinker today prepares: “to think is to follow the event of presencing, without recourse to principial representations” (286). But the withering away of epochs needs not be thought of as the welcoming of an unepochal dispensation, about which we know nothing and we experience nothing others may not have also known and experienced in any of the previous transitional times. Infrapolitics makes no claim that its claim is a claim about the end of history as such, the end of epochality, it makes no claim about the singular experience of time it enables, it makes no claim that others, our ancestors, in their epochal perplexity and delusion, were stuck in a deadend the will to will has now cleared by opening up, through its very intensification, an inaugural glimpse into an entirely other time, the time of non-epochal or non-historial history. Infrapolitics remains content with its affirmation of a “simple dwelling” in the here and now, instead of thinking of itself as the promoter of a “step into the blue” (284) at the abyssal end of the history of being. Another way of putting this, maybe, would be to say that the time of infrapolitics is always the time of what Schürmann refers to as “the legislative-transgressive fracture” or double bind (Broken 25), a posthegemonic time that refuses legislation without transgressing it into an alternative one.

And, as to the fourth problem, Schürmann says: “Poein kata phusin . . . Thinking is essentially compliant with the flux of coming-to-presence, with constellations that form and undo themselves. To think is to follow the event of appropriation, to follow phuein” (289). Schürmann proposes two master terms for such compliance: non-attachment and releasement, both taken from Heidegger in specific reference to Meister Eckhart. There is certainly a difference between submitting to ordering principles and “acting according to presencing,” in compliance with the worlding of the world and the thinging of the thing.   But who guarantees the public, collective, universal compliance with the second under the guise of the (transitional) principle that there are no principles?   A second-order hegemony, in this case presumably guaranteed by the thinkers and the poets to come, is no better than the pedestrian economy of the principle.   Infrapolitics prefers the suspension of compliance, not out of any fundamental suspicion towards the mysterious dispensations of the fourfold, rather out of a fundamental suspicion of its interpreters.   Letting-be is infrapolitically to be thought of as, indeed, existential releasement for the sake of a radical attachment to the free singularity of existence, which is therefore also an un-attachment to everything else. Letting-be is not to be thought of, infrapolitically, as the secret hegemony of the thinkers and the poets to come.

Let me sum up the four disagreements, which are disagreements regarding Schürmann’s drawing of consequences after his otherwise admirable interpretation of Heideggerian thought.   They all amount not to a rupture with Schürmann’s thought, rather to its infrapoliticization. Schürmann’s Heidegger interpretation remains all too political—that is in a sense both its strength and its weakness. They have to do with the structure of obligation.   Against Schürmann, first disagreement, the obligation of thought, as regards infrapolitics, is not an obligation of a historico-political nature; the obligation of infrapolitical thought, second disagreement, is not of the order of the heroic, and it cannot be, as it does not found itself on a difference between time and history that necessarily turns history into a site of cognitive dispensation as opposed to the mere existentiality of the time of life; infrapolitical obligation, third disagreement, does not depend upon the final catastrophe of the principle that kills all principles, technology or the will-to-will as the unintentional provider of originary time, and infrapolitical obligation does not respond to the event of postechnological presencing, it is fond of no steps into the blue, and it does not like to fall into any unthinkable abyss of the “not-beyond;” finally, infrapolitical obligation, fourth disagreement, does not claim to breach the path for universal compliance with the presencing of the fourfold, the worlding of the world, or the thinging of the thing.   Infrapolitical obligation, through those disagreements which are perhaps better to be understood as a negation of the premise, appears as a much more modest endeavor. We could sum them all up into the negation of the principle of anarchy as exposed by Schürmann, to which I now turn.

 

III.

The complicated conjunction between “principle” and “anarchy” is motivated, for Schürmann, on the alleged or suspected fact that the so-called “hypothesis of metaphysical closure,” and the consequent loss of any recourse to principles or principial thought, do not immediately condemn us to an a-principial world, since, on the “transitional” line, at the line but not beyond the line, we can only think, our language can only offer us to think, the lack of a recourse to principles through the painful enunciation of the principle of anarchy, the principle of non-principles. The principle of anarchy would necessarily be a precarious phrase—no principle if anarchy, no anarchy if principles; and yet, there is a principle of anarchy as a placeholder for an unthinkable time to come where anarchy would dissolve the principiality of any principle, including itself as principle. This is not a trivial affair. If, as Schürmann establishes at the end of Broken Hegemonies, a hybristic insistence on the maintenance of principles as constant presence equals something like (non-ethical, non-moral, but nevertheless overwhelming) evil, the principle of anarchy might also be considered historial evil—is it not after all a reluctant recourse to principles in the last instance, in the very face of the absence of principles? Is it not a desperate clinging to the principle—an irremediable and yet radically bogus extension of its presence—under the ruse of anarchy?   How are we to negotiate the ultimate catastrophe assailing the hypothesis of closure? Would the principle of anarchy be a bite into evil, apotropaic or not, but in any case fundamentally the largest kind of bite, to the extent that it knows itself as evil?

I do not mean to answer that question (or perhaps I will answer it without meaning to). Let me only point out a curious circumstance. Emmanuel Levinas, whose work could be considered committed to the awakening of goodness in his sense, published Otherwise than Being in 1974. His Chapter 4 opens with a section on “Principle and Anarchy” (Otherwise Than Being, 99-102). It could be expected that any posterior attempt at dealing with the “and” in Levinas´ phrase would refer back to that work and those pages—and to the rest of the Levinasian chapter those pages initiate. And yet Schürmann’s Heidegger on Being and Acting, whose original French title was and is Le principe de l’anarchie (1982), devotes only one footnote to Levinas (in the English translation, page 346, on the difference between originary and original Parmenidism, which will not concern ua), and, let us say, half of another one, whose main thrust is intended as a sharp critique of Jacques Derrida. Let me quote that section of the second footnote: “Among the company of writers, notably in France, who today herald the Nietzschean discovery that the origin as one was a fiction, there are those who espouse the multiple origin with jubilation, and this is apparently the case with Deleuze. There are others who barely conceal their regret over the loss of the One, and this may indeed be the case with Derrida. It suffices to listen to him express his debt to Lévinas: ‘I relate this concept of trace to what is at the center of the latest work of Emmanuel Lévinas,’ Jacques Derrida, Of Grammatology, p. 70. The article by Emmanuel Lévinas to which he refers announces in its very title—‘La trace de l’autre,’ the Other’s trace—how far Derrida has traveled from his mentor. For Derrida, the discovery that the ‘trace’ does not refer back to an Other whose trace it would be is like a bad awakening: ‘arch-violence, loss of the proper, of absolute proximity, of self-presence, in truth the loss of what has never taken place, of a self-presence which has never been given but only dreamed of,’ ibid., p. 112” (Schürmann, Heidegger on Being and Acting, n. 44, 321-22).

As you have just seen, there is no mention of Levinas’s take on “principle” and “anarchy,” on on “principle and anarchy,” unless we extend the intended critique of Derrida into an indirect critique of Levinas’ notion of the trace, as referring to an Other understood as neighbor, as always already nostalgic of the pure presence of the One. If so, there would be a terminal disagreement at the level of conceptualization.   But the footnote does not really warrant it. In fact, the footnote might on equal or even hermeneutically superior grounds be taken to be an endorsement of the Levinasian position against the Derridean “bad awakening.”   In that case Schürmann would be approving, or not disapproving, of the Levinasian notion of the trace as strictly the trace of the Other.   But what about Schürmann’s relation with “principle and anarchy” as Levinas discusses it?

For Levinas, and please forgive me if I do nothing but cover some basic ground here, “consciousness” does not exhaust the horizon of Being and should not be, against modernity, considered the Being of beings. Or perhaps it can, but then the positing of a non- or me-ontological region (from the Greek “me,” meaning “non”), beyond Being, certainly beyond consciousness, becomes obligatory.   Within that structure, “principle” is very much on the side of consciousness: in fact, subjectivity is the principle invoked in the phrase “principle and anarchy, as the following quote attests:

Being a theme, being intelligible or open, possessing oneself, losing itself and finding itself out of an ideal principle, an arché, in its thematic exposition, being thus carries on its affair of being. The detour of ideality [Levinas has just said that ‘even an empirical, individual being is broached across the ideality of logos,’ 99] leads to coinciding with oneself, that is, to certainty, which remains the guide and guarantee of the whole spiritual adventure of being. But this is why this adventure is no adventure. It is never dangerous: it is self-possession, sovereignty, arché. (99

If there were to be an “spirituality” beyond “the philosophical tradition of the West,” it would have to be found beyond consciousness, that is, beyond always already archic being.   It would be the place of “anarchy.” Of a dangerous and adventurous anarchy.

Anarchy is presented by Levinas as a persecution and an obsession. “The subject is affected without the source of the affection becoming a theme of representation” (101); “Anarchy is persecution. Obsession is a persecution where the persecution does not make up the content of a consciousness gone mad; it designates the form in which the ego is affected, a form which is a defecting from consciousness. This inversion of consciousness is no doubt a passivity—but it is a passivity beneath all passivity” (101).   Far from being a hypertrophy of consciousness, it hits us as irremediable and always unwelcome trouble. It comes from outside. It is not domesticable, tamable, it admits of no reduction to arché. It is an absolute passion: “This passion is absolute in that it takes hold without any a priori” (102). Do we want it? But that question is only a question posited to consciousness, to the archic.  Beyond consciousness we cannot resist it, and that is all there is to it.

Anarchy is the unconditional call that befalls us from the Other, or the other, whatever that may be, the dismantling of any archic certainty, the dismantling of the principle of consciousness or consciousness as principle. What is it, specifically? Levinas calls it “a relationship with a singularity” (100).   It therefore irrupts from a “proximity” we cannot organize or measure, and it is a proximity beneath all distances (“it cannot be reduced to any modality of distance or geometrical contiguity,” 100-01). It is the “trace:” “This way of passing, disturbing the present without allowing itself to be invested by the arché of consciousness, striating with its furrows the clarity of the ostensible, is what we have called a trace” (100).

Is this in any way commensurate to Schürmann’s thought of the principle of anarchy?   Does it come under the possible indirect critique in his footnote? Yes, without a doubt, the Levinasian anarchy is “arch-violence, loss of the proper, of absolute proximity, of self-presence, in truth the loss of what has never taken place, of a self-presence which has never been given but only dreamed of.” Schürmann’s critique may hint at the notion that any surprise in this regard, such as the Derridean one, would be always naïve or feigned. It is true that Levinas makes it dependent on the encounter with the other as neighbor (“What concretely corresponds to this description is my relationship with my neighbor,” 100).   This is what Derrida is said to depart from, and what Schürmann seems perhaps, in our second reading, to take for granted as correct. But it is difficult to judge here whether Schürmann’s acceptance of the notion of the trace as necessarily the trace of the face of the other in me, as face, that is, as human referent, is exclusive, in the sense that it would preempt an expansion of the trace referent. In fact, it does not seem it could be so. The irruption of anarchy would not for Schürmann, any more than for Derrida, be reducible to an encounter with human otherness, even if the encounter with human otherness could trigger it every time, or some times, also as a persecution and also as an obsession. In Levinas the persecutory obsession of relational anarchy does not seem to be triggered by unspecified being, by being in general, or by Being as difference, it would not seem to be triggered by, for instance, the “legislative-transgressive predicament” of a transitional time—it is always, it seems, a relationship with a singularity that does it, with an entity—the widow, the orphan, the neighbor—that poses a demand and imposes an obligation. We have already seen Lyotard’s intended correction to the restrictive interpretation of ethical otherness in The Differend (see above)—for Lyotard the addressor may not be “somebody,” may be absolutely unmarked.

But, leaving Levinas’ ultimate position aside, there is something else in Schürmann’s gesture of (non)citation that should be questioned.

Schürmann, by invoking the principle of anarchy as the political response in transitional times to the absence of metaphysical principles in metaphysical closure, seems to naturalize, hence disavow, the persecutory aspect of me-ontological anarchy by positing (displeased) surprise at Derrida’s feigned surprise and celebrating Deleuze’s jubilation in the face of it.   As if there were nothing particularly painful in being thrown over to an anarchic relation as radical obligation.  As if, therefore, the resources of subjectivity—the subjectivity of the thinker—were or could be enough to keep the dangerous adventure of anarchy at bay, under control. The Schürmannian principle of anarchy could then be thought to be still the subjective reaction to the epochal dismantling of ontology (as metaphysics). But, if so, the principle of anarchy emerges, plainly, as principle, and principle of consciousness.   Anarchy runs the risk of becoming yet another form of mastery, or rather: anarchy, as principle, is the last form of mastery.  At the transitional time, posited as such by the hypothesis of metaphysical closure, metaphysics still runs the show as consolation and consolidation.   But this may not be good enough.   It is not exposure but counterexposure. It is reaction, taming, and re-enclosure. Let us now see if Lyotard’s unfinished work on Levinas can help us with it.

 

Against the so-called “Hegelian persecution” (Logique 19), Lyotard finds in Levinas the claim “the self does not proceed from the other; the other befalls the self” (24).   The ethical phrase depends on the radical exteriority that Hegel’s phenomenology must dismiss: “the demand of the exteriority of the exterior-interior relation is no less required for ethical discourse than the demand of the interiority of the same relation is required for phenomenological deployment” (27). In Hegelian terms, the speculative approach would concern the true and the false, whereas the non-speculative engagement—discourses on justice, on aesthetics—would be relegated to “discursive arts” such as morals or politics, literature or rhetoric.   But Levinas inverts the terms and wants to claim that philosophy, as first philosophy, “does not consist in describing the rules that determine the truth or falsity of statements, but rather those that determine their justice or injustice” (29).   The game is served. It has to do with establishing a philosophical procedure on prescriptions not descriptions. And it is prescriptions that introduce the anarchy that, without them, would be merely whimsical.

Lyotard says:

An expression like “Welcome the stranger!” . . . must be valid not because it can be inferred from previously accepted statements, or because it would conform to more archaic propositions, rather from the only fact that it is an order that has its authority in itself. It is therefore in some way a command of command. In particular the considerable importance Levinas attaches to the idea of anarchy resides in the refusal to infer normative statements. And it is also there where his attacks on ontology, not just Heideggerian but also for instance Spinozist, find their strength: ontology would only be another word for a metalanguage of descriptive statements. (37-38)

Of course the thinker that did the most of the attempt to deal with prescriptions rather than descriptions in the philosophical tradition was Kant, whose notion of the categorical imperative in the second Critique is ostensibly conceived of as an imperative.   But Lyotard shows how the Kantian second Critique unguts the anarchy of the Kantian imperative by referring it on the one hand to a causality (freedom) and on the other hand by referring it to the need for universal consensus, for normativization (40-60).   Levinas, against all of that, would have attempted to pursue the thought of an obligation never convertible into a norm.

Norms pass through their understanding before they can force action, whereas obligations prompt action before understanding.   In the latter case, obligations follow the Schürmannian specification of the non-heuristic, non-cognitive praxis, and bring the issue into the region of existential infrapolitics.   Infrapolitics must reject what Lyotard terms, following Levinas, “the infatuation of the Self in knowledge” (65). The interruption of the domination of knowledge, that is, of the infatuation of the descriptive statement, is a precondition for infrapolitical exercise. Does it turn infrapolitics into an “ethical phrase”?   “Do not let ‘you’ ever become ‘I’” (73) is the prescription that Lyotard pragmatically extracts from his analysis: a prescription cannot be tamed into description. For Lyotard, the incommensurability between obligation and enunciation is also the incommensurability between the freedom of the sovereign subject and becoming-a-hostage to the addressor. And Lyotard says: “but the ethical and political question does not begin with the question of liberty where the I plays, it begins with the obligation that seizes the you. Not with the power to announce . . . , but with the other power, which is in the West an impotence, which is to-be-required-for . . .” (73).

Is infrapolitics a praxis outside the universe of knowledge? Is this characterization, seized by the power of unconditional obligation to no known addressor, consistent with our four disagreements with Schürmann’s Heidegger interpretation?   And what of the anarchy principle?   But there is no anarchy principle that does not turn anarchic persecution into a norm, that does not turn anarchic obsession into a universalizable duty.   It is indeed possible that the universe of politics and ethics, that the universe of ethics and politics, begin in the obligation imposed by an unknown exteriority on the you.   But it is also possible, if not necessary, that, before ethics and politics, another discursive instance is interposed—that which refers to the infrapolitical acknowledgement of an addressor without referent that turns every possible solipsism and every possible infatuation into a practice of existence.

Alberto Moreiras

Texas A&M University

 

 

Works Cited

Levinas, Emmanuel. Otherwise than Being, or Beyond Essence. Alphonso Lingis

trans. Boston: Kluwer Academic Publishers, 1991.

Lyotard, Jean-François. The Differend. Phrases in Dispute. Georges Van den

Abbeele trans. Manchester: Manchester UP, 1988.

—. Logique de Levinas. Paul Audi ed. Paris: Verdier, 2015.

Schürmann, Reiner. Broken Hegemonies. Reginald Lilly trans. Bloomington:

Indiana UP, 2003.

—. Heidegger on Being and Acting: From Principles to Anarchy. Christine Marie-

Gros and Reiner Schürmann transl. Bloomington: Indiana UP, 1990.

—.   Wandering Joy. Meister Eckhart’s Mystical Philosophy.   Grand Barrington MA:

Lindisfarne Books, 2001.

 

 

 

 

Comentario a “Una patada al tablero,” de David Soto Carrasco. Por Alberto Moreiras.

http://www.eldiario.es/murcia/murcia_y_aparte/patada-tablero_6_516958335.html

David, muy interesante. Para mí el hecho de que, como tú dices, “la izquierda” ya no sea en la situación presente un referente determinante, y que la transversalidad es lo único que asegura capacidad de invención, es incompatible con la referencia exclusiva o dominante a Gramsci y a la teoría de la hegemonía. Lo que está en juego en el país es la invención de una alternativa posthegemónica, pero nadie parece querer darle ese nombre: y eso es una limitación de la invención. Y el problema: mientras la justificación ideológica de lo que está pasando se acoja todavía al término gramsciano, e incluso se radicalice en la invocación a lo plebeyo, lo subalterno, o “los de abajo,” como tú dices en tu artículo, la indecisión seguirá, y serán posibles movimientos reactivos.

La alternativa a la noción gramsciana de bloques históricos es la noción de fuerzas populares. Es lógico que esta última sea la invocación necesaria, puesto que lo popular se enfrenta a la casta, a los expropriadores, etc. Y de ahí a la noción de populismo como frente común hay sólo un pequeño paso. Por eso es necesario aceptar la construcción populista como elemento movilizador. Lo fundamental–esto está claro en el libro de José Luis Villacañas (que está comentado más abajo en este blog), y nosotros llevamos tiempo discutiéndolo–es lo que pasa después del “asalto a los cielos.” ¿Cómo se instala uno en el cielo? Posthegemónicamente, o el cielo se nos va al infierno.  Ha pasado ya.  Mira Venezuela. No es un capricho terminológico: la teoría hegemónica puede cambiar todo sin cambiar realmente nada, simplemente invirtiendo el signo del poder. Por ejemplo, los mecanismos de expropiación y dominación biopolítica podrían seguir perfectamente en su sitio, con modificaciones sólo de agentes y pacientes, bajo un gobierno Podemos-IU sólo o mayormente ocupado en la consolidación hegemónica.

La posthegemonía trae consigo implicaciones cuya discusión es necesaria y crucial para cualquier posible invención democrática real en nuestra época. La idea propuesta es que la hegemonía funciona como lógica formal de la política en el sentido de que permite o garantiza el acceso al poder, pero que la hegemonía no puede ser el contenido mismo de la política. Esta es la crítica que yo le hacía al libro Fuerzas de flaqueza de Germán Cano (también hallable más abajo en el blog), pero a través de él a toda la ideología hegemonista, esto es, gramsciana, de Podemos. Pensada así, la construcción de hegemonía es movilizadora, permite el “asalto a los cielos,” pero impone la consideración fundamental de qué pasa una vez ese asalto se ha consumado. El libro de José Luis dice con toda contundencia que el populismo no sólo no está preparado sino que su mismo ser consiste en la despreparación activa, la denegación misma de ese problema, y por eso el populismo es “política para idiotas.” La posthegemonía propone pensar ese “día después” desde posiciones, efectivamente, republicanas, “multitudinarias” en cierto sentido (pero no en el sentido de Negri-Hardt, a mi juicio), demóticas, antiverticalistas, antiidentitarias (por eso a mí lo de “plebeyización,” que es una construcción de identidad, no me gusta), en última instancia democráticas.

Mi diferencia con José Luis sería entonces que no es una cuestión Weber vs. Gramsci, aunque ambos importen decisivamente en cuanto los dos proponen teorías de legitimación política que pueden verse como suplementarias mutuamente. Lo que está en juego es más bien la liberación infrapolítica respecto de lo político como el sustento mismo de la aspiración democrática en la época de la subsunción real de la sociedad al trabajo. Y esto requiere invención más que atención a lo antiguo, me parece.

 

 

¿Deconstrucción menor? Alberto Moreiras.

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Este es un documento de discusión interna al grupo. Hacerlo público es respuesta a algunas demandas de clarificación sobre qué es lo que está en juego en el proyecto. Espero que ayude—no se trata de ser críptico o de rehusar clarificaciones, sino más bien de no hacer clarificaciones apresuradas que comprometan el proceso de reflexión colectiva. Este documento también es respuesta a la reflexión de Jaime Rodríguez Matos que es comentario a su entrada O Friends, que puede encontrarse más abajo.

Creo que es claro que no puede ni podría nunca haber un “Masonic we of infrapolitics.” Imagino que la sospecha no va tan lejos: la sospecha–y hay que recordar que esa sospecha está muy limitada a cierta gente, no es una sospecha general, es la sospecha de la gente que cree y quiere poder competir con nosotros en algún campo simbólico de batalla–es meramente pensar que hay un “Masonic we” en el grupo que intenta empujar la infrapolítica. Eso, en nuestras condiciones objetivas, es absurdo–nuestras actividades en cuanto grupo, fuera de la discusión interna, se limitan a organizar algunos paneles y algunas reuniones, algunas publicaciones. No hemos hecho más ni tenemos condiciones objetivas de poder académico que nos permitan hacer más, incluso si quisiéramos. Como siempre en estos casos, la sospecha de “Masonic we” es un falso pretexto que permite a los que la usan tenernos a distancia–eso es todo. Y siempre es así. No cabe olvidar lo absolutamente trivial de todo este asunto. En realidad lo que hemos oído y estamos oyendo de algunas personas es simplemente: “no se sabe lo que dicen, nadie entiende nada o se entiende muy poco, por lo tanto lo que dicen no tiene importancia alguna, no para nosotros, no por el momento, no hay que ocuparse de ellos excepto en el sentido de mantenerlos a distancia, porque ya se sabe que son o pueden ser peligrosos.” Esto ha pasado siempre que se plantea algo de carácter teórico en el mundo académico, donde no hay tolerancia excepto para lo siempre ya establecido. Por lo tanto, la única forma efectiva de responder a esto es la que siempre hemos identificado como tal: escribir y publicar, y por supuesto tratar siempre de hacerlo de la mejor forma posible.

Pero tu comentario, Jaime, suscita el otro asunto que es a mi juicio mucho más interesante. Tengo el libro nuevo de Geoffrey Bennington pero no he comenzado a leerlo, y posiblemente no pueda llegar a ello hasta septiembre u octubre, cosa que lamento. Pero por lo que cuentas tú: creo que es cierto absolutamente y siempre lo ha sido que no hay ni puede haber una “politics of deconstruction.” En realidad este pensamiento es fundacional para nosotros, y está inscrito en el nombre mismo del grupo. La deconstrucción permite, sin embargo, el acceso a la infrapolítica, esa es por una parte su radicalidad, y también por otra parte la razón de que el proyecto de infrapolítica emerja desde el primer momento como una consecuencia necesaria de la deconstrucción. En algún momento se habló de si tendría sentido hablar de la infrapolítica como metadeconstructiva, y ayer planteaba yo a propósito de “Philopolemologie” si la infrapolítica busca moverse a un “tercer espacio” que ya no es el de la destrucción heideggeriano-derrideana de la metafísica (no porque sean la misma, sino porque son dos líneas que tienen un punto de partida común en Ser y tiempo y en el acontecimiento Ser y tiempo, aunque diverjan hasta el punto de “ruptura” recíproca). (No hay ruptura sin más, no podría haberla sin cambiar de lengua o abandonar la lengua, pero tampoco se trata de invocar una continuidad infinita de amanuense y copista que sólo pasa a limpio la Palabra.  Pienso en el Nietzsche que decía que no podemos librarnos de Dios si antes no nos libramos de la gramática [y en el libro de Klossowski, Nietzsche y el círculo vicioso, que es en su totalidad una glosa de esa frase, pero que termina en el delirio psicótico.] Por eso no puede haber ruptura. Pero puede haber “ruptura” en el sentido de desplazamiento–como la que Heidegger opera en el texto hegeliano, etc. O como la que Deleuze y Guattari operan, siguiendo a Blanchot y otros, en el texto literario al proponer la idea de literatura menor. Quizás la infrapolítica podría plantearse como deconstrucción menor+.)

La especificidad del proyecto, entonces, hay que pensarla en esa zona gris que atiende a las presuposiciones de la deconstrucción. Igual, me parece, que hay gente que resiste el proyecto (en el sentido específico demaniano de “resistencia a la teoría”) porque el proyecto aniquila sus presuposiciones en el terreno literario o estético, o en el terreno más pedestre de metodologías críticas y así de avance profesional convencional, también puede haber gente que no quiera considerar la posibilidad misma de un entendimiento de la deconstrucción emprendido con el fin de dar un paso atrás, o de pensar lo impensado de la deconstrucción. Por supuesto que esto último es muy difícil, pero conviene también dar por supuesto que esa es la labor propiamente filosófica, que no puede darse nunca en el nivel de la glosa infinita. La pregunta que yo llamaba decisiva ayer es entonces si se hace posible para nosotros pensar lo impensado de la deconstrucción en el sentido de la infrapolítica. Por supuesto para mí no es cuestión de dar una respuesta ahora. Esa es la tarea de los famosos diez años. Si no perdemos tiempo o el norte por el camino, claro.

Una primera presuposición a la que podríamos llamar metodológica es la siguiente–la propongo para discusión. Igual que el texto hegeliano le permite a Heidegger un movimiento de desplazamiento, el texto heideggeriano le permite a Derrida leerlo hacia la deconstrucción, invocando con frecuencia insistente a Heidegger como el polo del desplazamiento mismo. Si esto es así, conviene pensar, incluso axiomáticamente, que hay trazas en el texto de Derrida que nos permitirán a nosotros hacer lo mismo–lo “mismo,” es decir, pensar lo impensado en la deconstrucción. Esa sería la “ruptura” infrapolítica, que es también su “transfiguración.”

No sé si es poco obvio para otros–para mí, es obvio–que todos los gestos relevantes de nuestra reflexión en los últimos dos años se han movido en esa dirección.

 

Texto completo entrevista El desconcierto. Por Alberto Moreiras.

http://www.eldesconcierto.cl/cultura-y-calle/2016/05/04/alberto-moreiras-ensayista-y-academico-la-universidad-hoy-es-solo-intemperie/

Aprovecho el blog para poner en él el texto completo de la entrevista de Iván Pinto y Andrés Pereira para El desconcierto, cuyo vínculo está arriba.  (La entrevista publicada fue resumida por los editores por razones de espacio.)

Iván Pinto: Alberto, vienes de un recorrido muy específico, con una serie de libros muy relevantes: Tercer espacio: Duelo y literatura en América Latina (1999), marcado por un momento respecto a los estudios culturales y la post-dictadura. Luego, me parece podríamos detectar un segundo momento con The Exhaustion of Difference (2001) y Línea de sombra. El no sujeto de lo político (2006), ambos libros sin duda están marcando un momento de agotamiento respecto a los estudios de área. Me interesa preguntarte en términos de una evaluación retrospectiva, sobre todo vinculada a la academia.

Alberto Moreiras: Desde mi experiencia personal, es verdad que ha habido un largo proceso que me llevó a mí, y puedo imaginar que también al campo, que yo soy solamente síntoma de un proceso que me trasciende, a una sensación de agotamiento y de fin de espacio discursivo que yo vinculo efectivamente a toda la escena de estudios de área, a toda la escena de latinoamericanismo, a toda la escena del campo profesional, que sigue teniendo una inercia poderosa porque es campo institucional, pero que ha ido perdiendo contenido, ha ido perdiendo urgencia, ha ido perdiendo importancia de forma casi palpable desde fines de los ochenta hasta ahora, que es el tiempo que coincide con mi presencia activa en el campo profesional. Pero esa pérdida se produce de forma mucho más acentuada desde 2001, y podríamos hablar largamente sobre las razones profundas de que esto haya sido así. Mi primer libro, mi tesis doctoral, Interpretación y diferencia (1991), había sido un ensayo deconstructivo o un ensayo sobre la deconstrucción, y supongo que lo que estaba en juego para mí allí era sólo suministrarme una forma de lectura, una posibilidad hermenéutica.

Entonces, mi interés inicial por el estudio de la literatura latinoamericana, en un contexto epocal, se da en el final de la forma de estado nacional popular, antes del alza del neoliberalismo como forma de estado, o coincidiendo con ella, y es lo que lleva a la propuesta de Tercer espacio, que entiende la relación con esa literatura como una relación de duelo, y que intenta entonces pensar la literatura misma como literatura de duelo—lo que interesaba en ella era su propio duelo por la literatura en su forma histórica específica. Algo se estaba perdiendo en los ochenta y eso fue lo que yo traté de capturar, mientras me estaba abriendo también a pensar la postdictadura, cosa que en aquel momento era de enorme importancia, ya desde perspectivas no sujetas a la crítica literaria. Ese libro para mí, que fue sobre todo un intento de apertura al paradigma postdictatorial en general como campo de pensamiento, fue también una expansión, una apertura de horizontes, un abandono del campo de estudios literarios, de estudios del archivo literario. Traté de pensar eso a partir de un trabajo institucional, práctico, donde yo estaba muy metido, de un trabajo universitario propiamente dicho, porque había mucho que hacer para sacar al campo de estudios latinoamericanista de su ghetto y de su inercia y, francamente, de su gran mediocridad institucional, con todas las excepciones particulares que quieras. Le sacrifiqué a ese trabajo tres o cuatro libros por lo menos, mi vida profesional se orientó sobre todo a la organización de conferencias, a la convocatoria de reuniones, a la formación de grupos de trabajo, de colectivos, al trabajo de estudios y de conversación con mis estudiantes y con colegas afines, y no sólo en el campo latinoamericanista o hispanista. Todo eso fue llevándonos, y esto es también epocal, es decir, tiene que ver con las condiciones generales de ese momento histórico, hacia los estudios culturales, hacia las propuestas de estudios culturales, y luego a su radicalización relativa hacia los estudios subalternos latinoamericanos. De ahí sale The Exhaustion of Difference, que es un texto que todavía no está traducido al español. En realidad es un libro también de época, es un libro que, en su mismo título, afirma también cómo habíamos quemado ya la etapa de apertura que ofrecía la noción institucional de campo de estudios culturales y había que pasar a otra cosa: una nueva forma de duelo, quizá, pero ya más bien, más justamente interpretado quizá, el reconocimiento de que estudios culturales no habían conseguido estar a la altura de la tarea del pensamiento en los años noventa.   Eso coincide con el subalternismo como posibilidad perdida—pues el subalternismo latinoamericanista acabó siendo secuestrado por formas caídas del identitarismo y de la politicidad convencional. Esa otra cosa que empezaba a aparecer a finales de los noventa y principios de la década del dos mil era el pensamiento directamente político. Viene con la hegemonía en el campo intelectual de pensadores como Alan Badiou, y Jacques Rancière, con cierta politización en el texto del Derrida tardío, con Agamben, que empieza a ser famoso por entonces, y con Esposito, que está publicando sus primeros libros. También con una más resuelta politicidad directa en gente como Judith Butler y Wendy Brown, y para mí con el encuentro con María Zambrano y Simone Weil y en menor medida Hannah Arendt. Y esa apertura al pensamiento político, en tensión con el pensamiento sobre la cultura y en tensión con el latinoamericanismo, que son mi tradición, mi propia tradición, es lo que lleva a la escritura de Línea de sombra. El no sujeto de lo político, en donde ya se empiezan a iniciar estas preocupaciones de las que hemos hablado hoy de posthegemonía e infrapolítica, que están tematizadas quizás por primera vez desde mi propia obra de forma central ahí. Posthegemonía ya aparecía en Exhaustion pero no infrapolítica, que aparece sin embargo en Línea. En ese momento tengo yo un conflicto institucional fuerte en la universidad que va a causar efectos necesariamente en mi forma de trabajar y en la continuidad de mi trabajo.

Me cambio de país y paso unos años de experimentación con otras formas de pensamiento y con otras lecturas, intento un tanto ingenuo, supongo, de reinventarme a mí mismo, de sacudirme el polvo de los pies después de lo que yo empiezo a entender como una enorme decepción personal tras mi inversión profesional concreta. Pero esa aventura fracasa, y en el 2010 se da la oportunidad de mi regreso a Estados Unidos. En fin, pasan muchas cosas, hay un reencuentro, y hay sobre todo la aparición de nuevas formas de trabajo en red que permiten que el trabajo fundamental que uno hace no dependa ya de la institución en la que uno está. Hay conversaciones intensas y algún proyecto que acaba en callejones sin salida, pero la resaca de todo ello es el nuevo proyecto de infrapolítica y de democracia posthegemónica, que es lo que estamos tratando de llevar a cabo como colectivo. La diferencia fundamental es que este colectivo ya no es un colectivo universitario. Tiene un carácter de colectivo postuniversitario, aunque todos los que estemos en él seamos universitarios, pero paradójicamente ya no hay una vinculación institucional clara, ya no dependemos de institución alguna para llevar adelante el proyecto. Esto ocurre en redes sociales, ocurre en encuentros durante viajes autofinanciados, y tiene claro por lo tanto un carácter de insurgencia con respecto al campo institucional académico, con el que nos manifestamos en ruptura, o en abierto éxodo. En ciertos aspectos que importan, claro, no totalmente, en la medida en que seguimos empleados por instituciones donde tratamos de hacer un buen trabajo y de cumplir con nuestras obligaciones. Pero el proyecto infrapolítico tiene un cierto carácter de insurgencia innegable con respecto del discurso universitario, y yo me atrevería decir que esa es su novedad y su promesa. Y su futuro. Para mí es el proyecto más importante con una genealogía latinoamericanista o hispanista de los últimos treinta o cuarenta años, por dar un número. También es un proyecto que no debe demasiado a otras tradiciones, no es un proyecto que readapta una lengua a otra lengua, sino que piensa por sí mismo desde el principio, y eso es nuevo, me parece—otra cosa es que nos las arreglemos para destruir también su posibilidad, como ha pasado otras veces, como puede haberle pasado a otros.

Para ser más preciso: no se puede evitar cierta reintegración universitaria por el hecho de que la universidad al fin y al cabo es la que nos da tiempo y estudiantes, pero sí que ha habido un paso, desde un compromiso institucional en el que la universidad era el lugar de intervención fundamental en los años ochenta y noventa, a la constatación presente, quizás un poco melancólica, de que hoy la verdadera discusión intelectual, la discusión intelectual libre se produce en espacios que ya la institución no puede ofrecer. Pensar eso es también pensar la historia y nuestro presente.   Pero es mucho más importante darle vía en la infrapolítica a lo que no es meramente negativo (aquello que la infrapolítica no es) sino darle vía a su positividad de pensamiento y de ejercicio, pues eso es lo que puede cambiar nuestra lengua.

Iván Pinto: Muy a propósito de esto y de tu venida al Coloquio la Universidad Posible, planteaste al respecto la idea de una “Universidad imposible”, imposible más bien en el sentido que la universidad “ya no va más”. ¿Cuál es esa universidad que ya no va más para tí?

La universidad que ya no va o da más es la universidad que hay que cerrar como proyecto. Es absurdo tropezarnos, darnos trompadas contra un muro que no se va a romper. Yo hablo de universidades imposibles no como idea utópica, no como paradoja romántica a la que habría que acceder o con la que conviene soñar, sino al revés, como aquello que hay que abandonar, y aquello que si no abandonamos nos hará perder el tiempo sin más. No estoy diciendo que haya que abandonar prácticas de enseñanza. No estoy diciendo que haya que abandonar espacios departamentales o institucionales, y tampoco que haya que simplemente hacerse ausente de cualquier política efectiva que pueda aparecer como posible en algún momento dado, concreto, en la institución en donde estás y donde vives. Lo que estoy diciendo es que nuestra lógica de pensamiento en libertad ya no pasa en términos generales por la institución, pues es la institución misma la que ni la busca ni la quiere. La institución se ha comercializado, se ha corporativizado, y esto no es algo que le haya pasado por casualidad, sino que responde a una formación histórica específica. Esto es un proceso global, no estoy hablando por supuesto de mi propia institución, estoy hablando de la universidad global en general, por supuesto tendencialmente, pues siempre se podrá citar alguna excepción u otra. Entonces para mí la universidad imposible es simplemente la constatación de que en la universidad ya no hay casa. La universidad hoy es sólo intemperie. Y creo que es necesario desplazarse a otro lugar, un lugar en el que tengamos que crear nuestra propia aura. Organizar una arquitectura del desierto, y ponme si puedes arqui- bajo tacha, eso es lo que está en juego ahora en el pensamiento que antes era sin más pensamiento universitario.

Iván Pinto: También viniste a Chile a dar un seminario con Gareth Williams, Sergio Villalobos-Ruminott y Gerardo Muñoz sobre Infrapolítica, y se suma a esto el hecho que la revista “Papel máquina” ha dedicado su última edición a la cuestión. ¿Qué define para ti la intervención “infrapolítica? ¿Cuál es su especificidad como estrategia y/o grupo?

No me gustaría sonar arrogante al decir que yo creo que el proyecto de infrapolítica es una novedad. Pero creo que es una novedad de carácter radical. Incide en los momentos más relevantes del pensamiento contemporáneo. Es decir, precisamente por eso ya no es un trabajo de campo, ya no es un trabajo disciplinario. Tiene relevancia para el trabajo de pensar los problemas más acuciantes de la temporalidad filosófica al menos. Y también de la temporalidad política, diría yo. En ese sentido es una tarea que nos excede, me excede a mí, excede a todo el colectivo. Pero eso le da a nuestro trabajo un carácter de riesgo, de exposición. Cómo pensar sin fetichizar la noción de novedad en el pensamiento, pero cómo pensar a partir de lo que hay, entendiéndolo, y cómo pensar sin reproducir lo que hay. El proyecto de infrapolítica es una forma específica de atender a esas preocupaciones, que yo insisto que tienen relevancia fuertísima para los temas centrales del pensamiento contemporáneo, aunque infrapolítica no se propone como pensamiento central de la contemporaneidad, sino que trata de llegar a la contemporaneidad ya desde una perspectiva marrana, excéntrica, posthegemónica, sin buscar de ninguna forma naturalizar una nueva tendencia, una nueva corriente, una nueva moda. La infrapolítica es un gesto o un estilo, y en cuanto tal no puede copiarse. No nos interesa, por eso tampoco nos interesa, el gesto fácil de definir la infrapolítica, captar adeptos en busca de entusiasmos. No se trata de eso. Nuestra labor es más bien una labor callada, tranquila, sosegada, por más que sea intensa, pero que toma el riesgo fundamental de buscar una palabra nueva, es decir, una nueva posición en el pensamiento. Pero no para llegar a lo nuevo, sino porque lo viejo nos agobia y se nos ha hecho invivible.

Iván Pinto: Una pregunta que estuvo presente en el seminario es el de la política de la infrapolítica. Quisiera preguntarte por ello y por su relación con el contexto latinoamericano actual y lo que podríamos llamar el fin del ciclo “marea rosada”, desde una posición que han ido asumiento como grupo.

Claro, la preocupación por la política de la infrapolítica, que efectivamente ha salido de varias formas en los últimos cuatro días, yo tiendo a asumirla inmediatamente como un intento de entender qué es la infrapolítica. Es un intento de relacionarse con la infrapolítica como algo potencialmente emancipatorio, o si quieres, simplemente útil. Entonces la gente pregunta ‘bueno, ¿pero qué política hay detrás de esa palabra rara que os habéis inventado, qué política hay ahí?’. Y nuestra respuesta sólo puede ser: la infrapolítica no es una política, es precisamente lo que no es política, y busca tematizar lo que no es política en relación con la existencia de todos y cada uno, la existencia común y corriente que es en cada caso la propia. Eso no significa que sea antipolítica y desde luego no significa que no tenga, busque, y quiera una relación con la política. Pero esa relación con la política nosotros la entendemos como suplementaria a la infrapolítica misma. Y ese suplemento, y utilizo la palabra suplemento en el sentido derrideano fuerte (no es una palabra que yo use con ligereza), a ese suplemento nosotros le llamamos “republicanismo demótico”, “democracia posthegemónica”, “populismo marrano”, en fin le hemos dado varios nombres. Ese populismo marrano, que para nosotros es posthegemónico, tiene que ver con el rechazo de la noción teórica de hegemonía como horizonte de la política, pero no como lógica formal de la política. La hegemonía puede entenderse como lógica formal del movimiento político, pero no conviene convertirla en su horizonte.

Para nosotros el pensamiento de Ernesto Laclau, que ha inspirado a tantos políticos importantes y movimientos importantes en la Latinoamérica reciente, sigue siendo relevante, pero como descriptor de la forma de la política, como descripción fáctica de lo que es la articulación política. No pensamos que la articulación hegemónica sea el horizonte de la política, porque la articulación hegemónica es necesariamente una forma de dominación. Y nosotros queremos pensar la política de la libertad, no de la dominación. Le llamamos posthegemonía simplemente a eso: a sustraernos al principio de dominación hegemónica. Y en ese sentido estamos no en desacuerdo sino en desplazamiento con respecto de la mayor parte de las formulaciones teóricas que vinculan los diversos gobiernos de la marea rosada. Incluso pensamos que si los diversos gobiernos de la marea rosada hubieran querido escucharnos, cosa imposible, claro, no habrían caído tan precipitadamente. Puesto que en el fondo lo que está en juego en la posthegemonía es lograr un republicanismo sólido, un republicanismo democrático, duradero y permanente, no fiado a cuestiones de economía desarrollista extractivista, o no fiado a vaivenes en el mercado financiero internacional o a la capacidad de producción de materias primas que tienen un mercado atractivo en un momento dado. Entonces, de nuevo, hay mucho por pensar. Nuestra propuesta no es una propuesta socio-científica, en el sentido de que no estamos ofreciendo programas de gobierno ni plataformas electorales. Estamos simplemente tratando de incidir teóricamente en lo que podría organizar una nueva etapa de la democracia mundial. Ese es el horizonte del intento de pensar la democracia posthegemónica o el populismo marrano.

Andrés Pereira: Al respecto de ello has comentado que se trataría de pensar una suerte de “aprincipialidad” ¿Cómo podríamos entender esto?

En cuanto propuesta política efectiva, es decir, en cuanto suplemento a la noción ateleológica y anormativa de la infrapolítica, pero como propuesta política efectiva, la noción de democracia posthegemónica puede llevar a un programa, porque es una militancia, una forma de militancia, es decir, una forma de asumir el estar políticamente. En cuanto programa y militancia tiene un fin o una meta, pero no en el sentido de que busque la consumación de un principio. Tiene un fin solo en el sentido de que busca o promueve un estado de cosas, busca una relación con la política, y trabaja para ello. ¿Qué significa eso? Significa entre otras cosas y por lo pronto que no queremos que el espacio político se cierre en identitarismos, no queremos que el espacio político se cierre en exclusiones, no queremos que el espacio político se cierre en verticalismos, autoritarismos, en principios de mando, en voluntades de sumisión, en explotación, vengan de donde vengan. Eso es simplemente consistencia con una práctica democrática efectiva, pero no tiene rango de principio, diría yo. Es consistente con la aprincipialidad ateleológica de la infrapolítica en el sentido de que no propone más que un programa para ver si funciona. Y si no funciona, habría que arreglarlo. Y el programa es en ese sentido infinito, o potencialmente infinito. No puede haber una ética de la infrapolítica. La infrapolítica es una forma de moralismo salvaje, digamos. Pero dentro del suplemento democrático posthegemónico sí hay una ética. Es una ética en el sentido de que define modalidades de la práctica, por ejemplo, no se puede ser demócrata y tramar una política sobre el mando, la explotación o la dominación. Tratamos de mantener consistencia en el pensamiento sin imponer normatividades, porque no podríamos, no sabríamos cómo hacerlo, o no nos interesaría aprenderlo.