Apocalipsis marrano: Una fantasía académico-política.

            Yo creo que, desde la perspectiva del administrador universitario medio, lo único importante que ocurre o puede ocurrir en departamentos de español es la enseñanza de la lengua, en la medida restringida en la que ello pueda parecerles importante.  Las pruebas están por doquier, pero muchas de ellas son intangibles porque tienen que ver con formas de respeto en las que una cortesía residual básica impide en general el paso al insulto directo–a los administradores, también por regla general, no les interesan las contribuciones al saber de los estudios literarios o culturales o mucho menos los teóricos, y desde luego no les interesan en absoluto cuando salen de nuestros departamentos.  Y el hecho de que cada vez más el aprendizaje de una segunda lengua esté siendo eliminado de requisitos curriculares implica que incluso el español en cuanto tal no tiene rango académico real, y la mayoría de los administradores preferirían que su enseñanza pasara a escuelas privadas o a clubs de aficionados al margen de sus instituciones.  Los hay que consideran el español contraproducente, como he podido oír en alguna ocasión (“mejor sería que todos los hispanos en Estados Unidos entendieran que solo el inglés les va a dar entrada real en el mundo”).   Es inútil lamentar la arrogancia que está por debajo de todo ello, sobre todo porque se trata de una arrogancia creciente y además compartida desde las humanidades mismas–en departamentos, por ejemplo, de historia o de antropología o de filosofía.  Sería mejor pensar alguna otra estrategia (otra que el lamento), cuyo fin en última instancia sería solo la resistencia o la sobrevivencia.  Creo que nada más es posible hoy.  Pero eso que es solo posible es también esencial, y desde luego nuestra responsabilidad. 

            El viejo ensayo de Mario Tronti, “La estrategia del rechazo” (entendemos que “rechazo” significa aquí rehusar más que rechazar, pero no hay sustantivo en castellano para marcar esa diferencia), puede usarse quizá sobre todo como metáfora–el ensayo está sin duda anticuado y responde a condiciones socio-económicas que hoy ya no se dan, por lo tanto incluso políticamente ese ensayo tiene solo un uso metafórico–para considerar qué es posible hacer para un grupo de trabajadores académicos confrontado con un entramado social dominado por un capital directamente contrario a sus intereses.[1]  Y la respuesta sería que muy poco, solo lo mínimo, pero ese mínimo consistiría en adoptar lo que Jacques Rancière designa como “la parte de la no-parte.”  Los académicos vinculados a estudios hispánicos no pueden presumir de ocupar, en palabras de Karl Marx citadas por Tronti, “los gigantescos zapatos infantiles del proletariado” contra “los zapatos políticos enanos y gastados de la burguesía alemana” (Tronti 245).  Solo pueden presentarse como el inicio de una cadena metonímica si es que es o fuera verdad lo que Tronti da por supuesto: “Que no hay vida activa en el capital sin la actividad viviente del poder del trabajo; que el capital ya es, en su nacimiento, la consecuencia del trabajo productivo; y que no hay sociedad capitalista sin la articulación del capital de la clase trabajadora–en otras palabras, no hay relación social sin relación de clase y no hay relación de clase sin la clase trabajadora” (245-46).  Sustituyamos “capital” por “universidad” y “clase trabajadora” por “la clase de los trabajadores académicos subalternizados por el discurso universitario en su función de discurso del amo.” 

            En mi opinión, y sé que esto me va a traer problemas, se ha hecho nuevamente necesario reintroducir la noción de lucha de clases en la vida política contemporánea, después de décadas de ninguneamiento, y por qué no empezar por re-naturalizar la lucha de clases en nuestro propio entorno de trabajo.  Lo útil del ensayo de Tronti es haber apuntado que en el contexto contemporáneo el concepto de explotación no puede ser entendido como el mero deseo del empresario individual para enriquecerse extrayendo el máximo posible de plusvalía de los cuerpos de sus trabajadores, sino que es el capital mismo el que experimenta la necesidad de escapar a su subordinación por los trabajadores.  En ese sentido “la organización creciente de la explotación, su reorganización continua a los niveles más altos de la industria y la sociedad son . . . respuestas capitalistas al rechazo de los trabajadores a someterse a ese proceso” (246).  En otras palabras, la explotación debe entenderse, según Tronti, como la historia de los intentos sucesivos por parte del capital para emanciparse de la clase trabajadora (246).  Y esta es una definición particularmente precisa de lo que estamos viendo hoy en la universidad, donde la clase administrativa busca sobre todo su emancipación respecto de la clase enseñante.  Esa emancipación implica sobre todo dominación política, que tendemos o hemos tendido a aceptar en silencio perplejo. 

            Para Tronti la consecuencia es la dictadura: una dictadura orgánica “dentro de la democracia como la forma política moderna de la dictadura de clase” (247).  La cuestión política principal es entonces, desde el punto de vista de la clase enseñante, cómo proceder a una forma de organización que pueda presentar antagonismo respecto de la dictadura orgánica de la administración.  Dada la prohibición activa de la sindicalización en la mayor parte de las instituciones, tanto públicas como privadas, y dada la ausencia señalada de un partido político, intra- o extrauniversitario, capaz de hacerse cargo de las demandas antagonistas a la dictadura de clase ejercida por la administración (sin duda en comisión de algún oscuro mandato emanada del cuerpo social más amplio–dictadura comisarial, diría Carl Schmitt), estamos muy lejos de poder empezar a encontrar respuesta a tal pregunta.  Solo podemos vivir por el momento en la estela de su imposibilidad. 

            Tronti dice “el concepto de revolución y la realidad de la clase trabajadora . . . se hacen la misma cosa.  De la misma forma en la que no hay clases antes de que los trabajadores empiecen a existir como clase, tampoco puede haber revolución antes de la encarnación de esa voluntad destructiva que la clase trabajadora lleva en su existencia misma” (249).  Pero esto significa, en la lógica trontiana, que la realidad de la clase trabajadora puede expresarse, no mediante demandas “sindicales” que puedan resultar en concesiones más o menos generosas, sino pura y simplemente mediante una estrategia de rechazo político total, que en sí construye no solo conciencia de clase sino la existencia misma de la clase como clase revolucionaria.  Se trata de la construcción de una antidictadura orgánica de clase cuyo nombre propio sería la dictadura del proletariado académico, entendida como la dictadura de la clase enseñante.  Pero esto impone un precio dramático, y quizás ese sea el precio que solo el subproletariado hispanista puede empezar a pagar–para ellos, es decir, para nosotros, es más fácil.  Y aún así supone un gran trago.  Tronti lo enuncia de forma radical y radicalmente antigramsciana: “El concepto de cultura de la clase trabajadora como cultura revolucionaria es tan contradictorio como el concepto de revolución burguesa.  Y esta idea contiene también la abyecta tesis contrarrevolucionaria según la cual la clase trabajadora deba supuestamente revivir toda la historia de la burguesía.  El mito de que la burguesía tuviera una cultura ‘progresista’, que el movimiento de la clase trabajadora deba ahora supuestamente recoger del polvo al que la arrojó el capital . . . , ha llevado a la investigación teórica marxista al reino de la fantasía.  Pero también ha impuesto como práctica ‘realista’ cotidiana la preservación de una tradición que debe ser aceptada y salvaguardada como la herencia de la totalidad de la humanidad que avanza en su camino” (254).  Tronti propone un “golpe destructivo” que empezaría en la “crítica de la cultura” (254).  “El Hombre, la Razón, la Historia . . . estas divinidades monstruosas deben combatirse y destruirse igual que el propio poder del jefe.  No es verdad que el capital haya abandonado estos antiguos dioses.  Solo los ha convertido en la religión del movimiento oficial de los trabajadores: así es como continuan activamente gobernando el mundo” (254).  La solución:  “No hay cultura, no hay intelectuales, fuera de los que sirven al capital.  Esta es la contrapartida de nuestra solución al otro problema: no puede haber un replanteamiento de la revolución burguesa por la clase trabajadora.  Pues no hay revolución, nunca, fuera de la clase trabajadora, fuera de lo que es la clase, y así fuera de lo que la clase se ve forzada a hacer.  Una crítica de la cultura significa el rechazo a hacerse intelectuales” (255).  Ese es el trago: si la administración nos ha reducido siempre de antemano a funcionarios de la lengua, si nuestra misma condición como intelectuales es impugnada por la acción administrativa, el paso, aunque doloroso, se hace más fácil:  dejemos absolutamente de ser intelectuales y entreguémonos totalmente al “momento de la práctica subversiva” (255).  Esa es nuestra posibilidad metonímica: quizá convenzamos a alguien de que se nos una.  Se trataría de encontrar una forma de antagonismo hasta hoy desconocida en la universidad: “La forma de esta lucha es el rechazo, la organización del ‘no’ de la clase trabajadora: el rechazo a colaborar activamente en el desarrollo capitalista, el rechazo a avanzar un programa positivo de demandas” (255). 

            “El capital no puede destruir a la clase trabajadora, pero la clase trabajadora puede destruir al capital” (257).  Se trata de poner en práctica una estrategia, que es la estrategia de la práctica subversiva más allá de la cultura, más allá de la tradición, más allá de la hegemonía, más allá de todas las trampas del capital, que son trampas para asegurar el autoesclavizamiento del intelecto general, empezando, desde luego, por el autoesclavizamiento universitario, su disciplinamiento y especialización. 

            Se dice–lo dicen los administradores, pero lo dicen también nuestros propios colegas, entregándose con ello a prácticas reaccionarias e inquisitoriales–que estamos muertos, y se presenta la propuesta de vida como la elaboración necesaria de una cultura capaz de hacer razonables demandas autorizadas, demandas en todo caso débiles y huecas: lo que se llama producción cultural en los departamentos de estudios hispánicos, que suele ser más bien comentario a producción cultural sin autonomía alguna, es parte de esa fantasía que denuncia Tronti y que tiene que ver con la presunción intelectual de mediar entre capital y clase trabajadora.  Pero Tronti muestra la trampa: “la cultura ‘oposicional’ [léase ‘contrahegemónica’]” “se convierte en una mediación de la relación social del capitalismo, una función de su conservación continuada” (254).  “Meramente presenta el cuerpo de las ideologías del movimiento de los trabajadores en la vestimenta común de la cultura burguesa.  Pero aquí no estamos interesados en si la figura histórica del intelectual-del-lado-de-la-clase-trabajadora pudo haber existido en algún momento.  Porque lo que es decididamente imposible es que tal figura política exista hoy” (254). 

            Así que mejor sería otra cosa: el apocalipsis en libertad.  Cada quien puede llenar las casillas que esta nota deja en blanco. 


[1] Ver Mario Tronti, “The Strategy of Refusal.”  En Workers and Capital.  David Broder trad.  Londres: Verso, 2019.  241-62.

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