Apuntes desde una discusión sobre Pensiero istituente de Roberto Esposito.

La conversación de hoy en 17 Instituto de Estudios Críticos, en el marco del Foro Euroamericano de Pensamiento Contemporáneo (disponible en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=mjHSh2RMwyQ), fue para mí particularmente importante, por el ritmo de la conversación misma, porque fueron hilvanándose hilos relevantes, uno detrás de otro, y se tocaron de forma nueva, al menos en mi conciencia, temas que han dado lugar a controversia.  Se trataba de una conversación sobre un libro reciente de Roberto Esposito, Pensiero istituente, y los conversantes fueron Sergio Villalobos y Gerardo Muñoz, con la presencia esencial de Benjamín Mayer como presentador.  Yo no tenía que estar allí–había preferido sumarme como audiencia por YouTube, pero algo falló con mi conexión a YouTube y Benjamín y Gerardo me mandaron el enlace directo a Zoom.  Así que estuve, y me alegro mucho de eso.  Nada puede reemplazar la escucha.  Pero, pidiéndole a Sergio y a Gerardo que suban sus textos si los tienen disponibles para este blog, porque no quiero pisarles el terreno, voy a tratar de anotar lo que en la conversación misma, es decir, después de sus precisas y penetrantes presentaciones pero en su estela, fue surgiendo; y voy a concentrarme en cuatro apuntes.   Para mí esta es solo una forma de dejar constancia de lo que ocurrió–de algo que ocurrió, que hay que escuchar en la conversación.

            Ya Sergio había hecho alusiones concretas pero fue la referencia de Gerardo a una “cuarta vía,” es decir, a una vía que no cabría encajonar ni como destituyente, ni como constituyente, ni como instituyente según las categorías de Esposito, la que motivó que la discusión se centrara pronto en la infrapolítica.  En una conversación reciente con Esposito, Esposito me descolocó diciéndome que la infrapolítica podía asociarse a lo decolonial.  Eso fue raro, pero pienso que fue quizá productivo en formas que habrá que pensar y matizar.  Y me descolocó todavía más al decirme que en su opinión la infrapolítica estaba entregada a la pulsión de muerte.  No lo esperaba de él, aunque es un tipo de crítica (¿crítica o ataque?) a la que hemos venido habituándonos.  Recientemente, como se registra en varias entradas más abajo en este blog, John Beverley vino a decir lo mismo: la infrapolítica es pulsión de muerte y camino de la muerte.  Hablamos de eso. Benjamín observó que la única pulsión es la pulsión de muerte, dentro de la cual el Eros solo es un bucle.  Si la infrapolítica piensa el fondo oscuro, por supuesto que la infrapolítica es y debe ser pensamiento de la pulsión de muerte, y esa es su distinción, en la medida en que toca lo ineludible y no lo evita. 

            Pero es obvio que eso no es lo ya entendido por Esposito o Beverley–lo dicen como reproche.  ¿No será una crítica sintomática, que revela sobre todo que la pulsión de muerte es precisamente lo que tanto Esposito como Beverley tratan de evitar denodadamente?  La infrapolítica busca una politicidad otra mientras que ellos–pero paso a referirme solo a Esposito, puesto que era una discusión de su libro–están todavía prendidos de la escisión reforma-revolución, sin querer autodenominarse reformistas pero sin atreverse del todo a plantear una posición revolucionaria, en la medida en que pesa malamente la historia de las revoluciones en el siglo XX.  De ahí el énfasis de Esposito en lo instituyente pensado como aquello que elude el reformismo sin plantearse como un vuelco social total. La infrapolítica no tiene ese problema y puede afirmar ser revolucionaria, es decir, aspirar a una posición revolucionaria vinculada a esa politicidad otra precisamente porque es otra y no la misma.  No se trata de ultraizquierdismo, como es habitual para muchos suponer, sino de algo diferente–que en líneas generales, y para empezar, puede vincularse, como señaló Sergio, a la crítica destructiva de la noción de praxis en el marxismo desarrollada, por ejemplo, por Reiner Schürmann en su texto recientemente publicado sobre Marx.  La infrapolítica no es reformista, aunque no tenga ningún problema con reformas necesarias y útiles, tampoco es revolucionaria en el viejo sentido–de Lenin a Daniel Ortega, digamos.  Pero a lo que podría ser instituyente en ella deben sumarse formas destituyentes y formas constituyentes que, juntas, forman esa “cuarta vía” de la que hablaba Gerardo. Que esto no pueda entenderse, y que deba asociarse a falta de mejor idea a la pulsión de muerte freudiano-lacaniana, es ni más ni menos que un fallo catastrófico de imaginación compartido por una buena parte de la izquierda contemporánea. 

            Se preguntó desde la audiencia si la infrapolítica podía sentirse cómoda en un escenario de pauperización creciente–otra forma de hacer el mismo ataque vinculado a cierto entendimiento de la pulsión de muerte: incapacidad de negociar la economía, etc.  Como si el desarrollismo capitalista o el socialismo de estado hubieran sido grandes éxitos en ese terreno. Pero no: la infrapolítica busca simplicidad, no pauperización, busca mantenerse al margen del produccionismo consumista, o del consumismo produccionista, y puede así aspirar, como dijo Benjamín, a una riqueza otra, la riqueza de lo incalculable contra el cálculo sistémico del que la izquierda nunca ha logrado librarse.  De alguna manera esto quedó vinculado a la teoría de la hegemonía gramsciano-laclauiana, entendiendo que es bien distinta en cada pensador.  En la versión gramsciana la hegemonía se ofrece como un cálculo social total y en la laclauiana el cálculo está mediado por la suma de enlaces en la cadena de equivalencias.  Pero, precisamente, es la infrapolítica y no la hegemonía la que puede hacerse cargo de demandas existenciales radicales, fuera de todo cálculo: demandas feministas o queer, raciales, incluso decoloniales, o de otras clases.  La hegemonía, al usarlas en cadena de equivalencias, las instrumentaliza al servicio de un proyecto siempre otro que viene al cabo a ser más de lo mismo en el terreno del cálculo sistémico y de la subordinación de la existencia al mando y al poder político.  Y este es un fallo teórico que, por ejemplo, vino a ser responsable de la incapacidad de Podemos para mantener la ilusión de cambio político en España. 

            El tercer apunte tiene que ver con la noción de improvisación que planteó Benjamín–la improvisación es siempre existencial y es siempre una liberación de deseo (por eso no pauperiza sino que enriquece).  Es errática por definición, es decir, es libre y no sigue programa.  Por eso es necesario vincularla, desde el punto de vista político, a una organización que, para cumplir las condiciones a ella asignadas, tiene que ser organización posthegemónica.  Alain Badiou dice en algún lugar que la organización es siempre lo más difícil, porque está más allá del acontecimiento y más allá de la movilización y es más bien su memoria e implementación: al ser lo más difícil, es también el lugar donde están todos los peligros.   Pero pensar la organización como el problema político decisivo es ya una posición post-populista–entendiendo el momento populista como el momento movilizador. 

            Son temas que deben discutirse y desarrollarse.   Pensar una organización posthegemónica de lo social es directamente hacerse cargo de la politicidad otra que la infrapolítica, en una de sus caras, propone.  La otra cara es la del fondo oscuro existencial, siempre de antemano singular, que queda fuera de la política, que sub-cede a la política y no es sometible a ella.  Y que, yo diría, si busca una relación a la pulsión de muerte, está lejos de consumirse en ella.

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