Sosiego siniestro VII

Uno de los problemas más acuciantes al nivel mundial, en esta segunda fase parcial de la pandemia, es el de la disputa entre lo que ha dado en llamarse biopolítica y lo que ha dado en llamarse economía.  Si la economía es aquello que proporciona recursos para la vida, la biopolítica remite a la administración de la vida por el estado, o en cualquier caso por instancias institucionales.  Hay grandes diferencias políticas, cada vez más manifiestas, entre los que prefieren mayor énfasis en el cuidado biopolítico y los que prefieren mayor énfasis en el cuidado económico.  Hay cierta derecha que reclama una libertad privada, un desconfinamiento voluntario, sin atender al hecho de que su libertad privada podría resultar en la condena de otros al contagio, y hay cierta izquierda que, quizá oportunistamente, se coloca a favor del confinamiento total sostenido atendiendo muy bien a posibles consecuencias catastróficas en la vida económica que sirvan sus designios, en este caso un tanto idiotas porque serán contraproducentes.  O quizá en el fondo nada de ello sea precisamente medible en el espectro político de derechas e izquierdas, sino que es otra cosa.  Reduzcamos esa “otra cosa” por un minuto a las opciones contra la biopolítica y por la economía o contra la economía y por la biopolítica. 

En cualquier caso son opciones referidas al sujeto.  Es el sujeto el que se coloca en el centro de esa disyuntiva, midiendo el mundo desde su preferencia personal, o a partir de ella desde lo que piensa que conviene preferentemente a su comunidad.  El sujeto, que mira la totalidad de los entes, quiere aspirar a controlar tal totalidad económica o biopolíticamente.  Sin atender al hecho de que esa totalidad no es controlable, de que elementos de esa totalidad—en este caso, el virus–la hacen salvaje, ineluctable, y resistente a toda captura.  Desde el punto de vista de ese sujeto que busca persistir, o que sus agentes y representantes políticos persistan por él, en el control de la totalidad de los entes, la pandemia no es más que un siniestro desistimiento. 

Hay algo que escapa y desiste en el corazón de ese sujeto que pensó que la regulación económica de su existencia está amenazada por su regulación biopolítica o que pensó, alternativa y complementariamente, que la regulación biopolítica de su existencia queda amenazada por la pretensión económica.  En nuestro mundo se supone que o la biopolítica es tendencialmente universal o lo es la economía, o ambas lo son, y coexisten en general sin mayor conflicto.  Las ciencias—médicas o económicas—se ocupan de la totalidad de la esfera del ente desde sus perspectivas, y piensan que fuera de ellas no hay nada.  Nada puede amenazar la pretensión de las ciencias a capturar la totalidad del ente.  Pero el virus es como un gusanito que roe tal pretensión, al menos hasta la invención de una vacuna que solo confirmará la corrección absoluta de la pretensión científica.  La paradoja es entonces que algo que pertenece a la totalidad del ente—el virus—desestabiliza la pretensión a la captura de la totalidad del ente.  La paradoja es ese desistimiento que remite a eso que escapa en la totalidad.  El viejo Heidegger llamaba a ese tipo de experiencias, en el que la nada o alguna particularidad representante de la nada hace perder la posición del humano ante la totalidad de los entes, “hace nadar,” como le gustaba decir a María Zambrano, “angustia.”  Claro, también decía que la experiencia de la angustia originaria es rara, poco frecuente.  Pero no dejaba de insistir en que también está, sin reconocimiento, por todas partes: “La esencia de la nada cuyo carácter originario es desistir reside en que ella es la que conduce por vez primera al ser-aquí ante lo ente como tal” (Martin Heidegger, ¿Qué es metafísica? 31, traducción de Helena Cortés y Arturo Leyte, de quien recibo la traducción de Nichtung como desestimiento), en un contexto en el que el ser-aquí no deja nunca, excepto en su muerte, de ser conducido ante lo ente como tal.   Así Heidegger da varios ejemplos que tienden a no tomarse en cuenta y que representan diversas formas del desistimiento:  los efectos que provocan en nosotros “la dureza de una actuación hostil y el rigor de un desprecio implacable,” “el dolor del fracaso y la inclemencia de la prohibición,” “la amargura de la privación y la renuncia” (35) son manifestaciones de un desistir que rondan la angustia adormecida, como también lo son, en su otra cara, “la alegría o . . . [el] agradable placer de un tranquilo ir viviendo” o “la serenidad y templanza del deseo creativo” (36). 

Si el humano, desde ese entendimiento, puede imaginarse como “lugarteniente de la nada” (37), el humano es también el que puede usar su relación con la nada—esa nada que desiste en el corazón del sujeto—para “librarse de los ídolos que todos tenemos y en los que solemos evadirnos” (43).  ¿No son las preferencias por el cuidado biopolítico o la libertad económica meros ídolos, desvelables en cuanto tales en la hora de la pandemia, cuya aporía destruye la pretensión a la totalidad de ambas instancias?   Heidegger habla de un “salto particular” (43) que consiste en el abandono a la nada que desiste y al desistir permite una crítica general de la existencia.   Pero ese abandono es también un abandono del sujeto.  También el sujeto escapa y desiste en el desistimiento.  También el sujeto es víctima del gusanito que corroe la pretensión de dominio de la totalidad de lo ente.  La angustia lo revela.

Por eso, me temo, las repetidas voces que piden, en la pandemia, una reforma del sujeto, una transformación del sujeto, una entrada en la interioridad del sujeto, un nuevo amor por el sujeto herido, son voces que quieren evadir el desistimiento, que no sería nada si no fuera también desistimiento del sujeto, tanto más profundo cuanto más originaria es la angustia.  Abandonar los ídolos también es abandonar el ídolo central y totalizador del sujeto, al que adjudicamos un protagonismo que, a todas luces, no tiene, y nunca tuvo.  El “salto particular” es un salto a un afuera más allá del sujeto—del que depende toda posibilidad de otra política, de imaginar otra política, más allá de la aporía cansina e improductiva mencionada al principio de esta nota. 

Para mí, no es la pandemia, que es solo un aviso y un síntoma, sino la otra instancia brutal de desistimiento colectivo en nuestro tiempo, el calentamiento global, la destrucción del planeta, de la que somos hoy a medias conscientes pero en la que llevamos empeñados varios siglos, la que tiene la fuerza suficiente como para llevarnos a formas de vida desvinculadas de la pretensión del sujeto a capturar la totalidad de los entes.  Incluso bajo esa forma caída que ha dado en llamarse “hegemonía.”  Pero a esa fuerza hay que escucharla, en cuanto recado de la nada que está más allá del sujeto y del mundo reducido a objeto, aunque los contenga.

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