Sosiego siniestro VI

Hace años escribí unas notas que nunca publiqué, o las publiqué en otro blog en inglés, creo (es un error no anotar en el currículum las entradas de blog, luego no hay quien las encuentre).  Hoy extraigo algunas de ellas que me parecen pertinentes al momento, que es el del confinamiento en casa, ciertamente solo desde mi propia perspectiva—en fin, para mí, como el resto de escritos de esta serie, sirven para mantener una especie de diario íntimo de estos días. 

Heidegger habla en “Construir habitar pensar” de un “desasosiego acosado” como forma de vida cotidiana en el capitalismo tardío.  Me pregunto si lo opuesto a ello sería algo así como un sosiego o un descanso sin la tensión del acoso.  La tortuga descansa sin acoso cuando la carrera con la puñetera liebre llega a su fin.  Ese sosiego es una condición temporal, como la que podemos lograr cuando dormimos.  Pero el desasosiego acosado parece remitir a un trastorno espacial, una especie concreta de des-habitación, locación dislocada.  No se puede llegar a un habitar en dislocación. Privados de espacio, también privados de aire:  te ahogas, no respiras, vives sin respiración.  Dis-puesto en vida sin aire, tu desasosiego te llega no como lo opuesto al descanso sosegado, sino como una condición previa que ningún reposo subsanará.  Y quizá el descanso es hoy para nosotros solo el intento de hacer dormir el desasosiego acosado, una distracción necesaria, por eso también dis-locación, dis-posición.  Y así el desasosiego no es la condición negativa del descanso.  Al contrario, el desasosiego alcanza una positividad ominosa.  Es el descanso el que ya no puede ser experimentado sino como la negación del desasosiego, como mero apartamiento, como escape. 

Si el descanso es un punto temporal en nuestra negociación privada con el espacio ausente de nuestras vidas, la interrupción de un flujo espacial, la busca ansiosa del oxígeno de la noche, podría ser que el tiempo no sea ya sino la estásis del desasosiego.  En dis-locación, en dis-posición, nos prestamos temporalmente a evitar el desasosiego, y tal es la dis-posición última de nuestras vidas.  Somos todos, por así decirlo, tortugas soñando el final de la carrera con la liebre, deseando la noche, el torpor final.  Tácito decía que sus compatriotas en la Germania habían creado un desierto, y lo llamaban paz.  Podríamos decir de nosotros mismos que soñamos con descansar, y lo llamamos vivir.  Por ejemplo, cuando vamos a la playa en verano o vemos una serie de Hulu o nos mandan hacer ejercicio físico, con placer y no a disgusto, no menos de tres veces por semana durante sesenta minutos.  Interrumpimos el desasosiego acosado auto-dis-poniéndonos en una cajita comprada.  Estar en la cajita del entretenimiento marca nuestro tiempo privado, y todo lo demás es dis-locación.  Pero el tiempo privado también es el tiempo que falta, y así la consecuencia inevitable del desasosiego acosado como el trastorno espacial que define nuestras vidas.   

Heidegger trata de darle la vuelta a esa estructura diciendo que lo esencial del deshabitar es solo que el humano no piensa en su propio apuro, no entiende la deshabitación como deshabitación, sino que la tergiversa y marea proponiéndose entenderla como la casa misma.  Entender la deshabitación propiamente sería entonces ya pensar otro habitamiento.  El apuro radical no es el desasosiego acosado, sino malentenderlo, no entenderlo como tal.  Vivimos en la cajita y olvidamos cosas.  Pero pensar la cajita es ya prepararse para otro habitar, prepararse para abandonar el desasosiego acosado como el apuro descerebrado de nuestras vidas.  Entonces pensar no es sino recordar que habitar es la tarea humana.  Olvidamos, y olvidar es nuestro apuro, nuestra verdadera dis-posición, nuestra cierta dis-locación.  Pensar piensa ante todo el fin del desasosiego acosado.  Pero pensar el fin del desasosiego acosado supone una transformación esencial del ser humano. 

¿Basta eso?  Hay otro texto de Heidegger que parece proponer una mediación adicional.  En “La pregunta de la técnica” remite a un escuchar que el humano, entregado por el momento solo a la pregunta, que es la pregunta por la dominación, por cómo dominar, olvida.  En desasosiego acosado lo que acosa es el sujeto mismo del humano, que interroga y canibaliza al que no puede sino preguntarse a sí mismo por él mismo.  Pero existir es cabalmente pensar un afuera que está más allá de todo posible encuentro especular.   Y así, entre el desasosiego acosado y la transformación esencial del pensar el desasosiego acosado hay un punto de locación absoluta que es también el punto máximo de a-locación, cuando el humano, preguntándose por la dominación que es su propia dominación de la existencia, se encuentra a sí mismo y se dis-pone como objeto a ser dominado.  El desasosiego acosado encuentra en el espejo un principio de calculabilidad radical, de ordenabilidad, y podemos pensar en él como el momento de la vida biopolítica consumada, cuando la vida es solo el riesgo de la evitación del riesgo, cuando el principio de la pregunta por la dominación no llega solo a los objetos del mundo, sino al humano como objeto mismo, cuando el sujeto ha caído bajo la sombra del objeto y ya no es, incluso para sí mismo, sino objeto de cálculo: extraíble, ordenable, radicalmente disponible, como por ejemplo le gustaría a los decanos de nuestras instituciones que todos fuéramos.  Convertidos en piscinas de genes, en fuerza de trabajo, en recurso humano o potencia de consumo, en vida desnuda, o vestida solo para disfrazarse, ya habremos perdido para entonces la distancia mínima que nos permitiera entender nuestra deshabitación como apuro terminal.  Ya no hay afuera, solo un campo general de identidad, pero es una identidad que ha logrado sobrepasar la condición de desasosiego acosado hacia el descanso sin acoso de la fijeza biopolítica, de la infinidad biopolítica.  Lo que se pierde ahí es la capacidad misma de entender la pérdida.  Ya no hay apuro. 

Pero pensar el habitar, escuchar la demanda del afuera, lograr en ella una relación libre con el espacio, contra el rapto biopolítico, contra el espacio abstracto, ilimitado, de-situado e irrespirable de la biopolítica—no queda otra. 

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