Sosiego siniestro IV

Ojalá nadie se de por aludido negativamente, porque la crítica es lo que menos me interesa en esto, pero la configuración de estilos que el confinamiento genera en redes sociales confirma una división especial y que a mí me parece en el fondo decisiva.  Tratamos a veces de establecer tipologías del intelectual en relación con diversos problemas o temáticas.  Siempre resultan tipologías sucias, con múltiples zonas grises y áreas de encabalgamiento poco nítidas.  Quizás esta que voy a arriesgar sea otra de ellas, y no más que eso.  Pero me parece que hoy quizás sea posible, y necesario, dividir el campo de los escribientes entre el tipo del predicador y el tipo del marrano.  Hace unos años Erin Graff Zivin escribió un poderoso artículo, “Towards an Anarchaeological Latinamericanism,” que ha sido recientemente republicado, con revisiones por supuesto, en su libro Anarchaeologies (Fordham UP, 2020), donde ella establecía una tipología de escritura desde las nociones de registro inquisicional o identitario y registro marrano.  El primero tenía que ver con la extracción de alguna verdad oculta, mientras que el segundo problematizaba su relación ético-política desde por una parte el secreto y por otra la entrada en la dimensión de lo incalculable, es decir, de lo que rehuía todo cálculo.  Hay mucho más en el ensayo de Erin, pero a mí me interesa ahora solo volver a esa división desde, por ejemplo, el Soren Kierkegaard de Temor y temblor, y vincular los dos registros, el inquisicional o inquisitorial y el marrano, a los dos caballeros kierkegaardianos, que el pensador danés define como el caballero de la resignación infinita y el caballero de la fe.  Es quizá paradójico que el intelectual de la resignación infinita pueda ser calificado como escribiente del registro inquisitorial mientras que el caballero de la fe tenga comparación con el registro marrano.  Parecería más bien lo opuesto: que la resignación infinita correspondiera al marrano y la fe al inquisidor.  Pero no, y eso es lo interesante.  Para mí la resignación infinita lleva a la prédica, mientras que la fe kierkegaardiana, y en esto no difiero de Kierkegaard, lleva a una asunción de singularidad extrema a la que Kierkegaard llama “relación absoluta con lo absoluto.”

Hay mucha predicación por ahí, lo cual no puede sino remitirnos a las críticas de Nietzsche al pensamiento sacerdotal.  Huelga decir que el registro marrano de pensamiento abomina de lo sacerdotal.  Su función es ser testigo, no enseñante, no predicante.  Renuncia a toda función de héroe, incluso en la versión absolutamente generosa que Kierkegaard presenta de su caballero de la resignación infinita, que es el héroe trágico.  Para Kierkegaard, con perdón por la retraducción, este último “drena en resignación infinita el pesar profundo de la existencia, conoce la felicidad del infinito, ha sentido el dolor de renunciar a todo, a lo más precioso del mundo, y sin embargo para él la finitud sabe tan bien como le sabe al que no ha conocido nunca nada más alto, pues su permanecer en lo finito no porta traza alguna de un aprendizaje ansioso y coartado, y todavía hay en él un sentido de estar seguro de su placer, como si fuera la cosa más cierta de todas.  Y sin embargo, sin embargo, la totalidad de la forma terrestre que presenta es una nueva creación desde la fuerza de lo absurdo.  Renunció a todo infinitamente, y luego volvió a hacerse cargo de todo desde la fuerza de lo absurdo.”  ¿No es este el sacerdote en su mejor configuración tipológica?  El sacerdote o el héroe trágico, reconciliado con la existencia a través de su placentera predicación, que lo vincula a lo universal. Predica para todos, habla para todos.  Como Sócrates. 

No es que el marrano reivindique ninguna excepcionalidad, aunque no hable para nadie.  Es verdad, dice Kierkegaard, que al predicador, en su duro camino sobre la tierra, todos le pueden potencialmente dar consejo, y así está permanentemente en contacto con todo el mundo.  Al marrano, en cambio, nadie le da consejo, y nadie le entiende.   Esta es una posición radicalmente singular, y sin embargo, dice Kierkegaard, “no hay ser humano que esté excluido de ella.” 

Lo decisivo es quizá que el héroe trágico de la predicación verborreica incondicionada considera que lo universal es más alto que lo particular, que lo universal es superior a lo particular.  Pero el marrano, largo tiempo, desde siempre, subordinado a lo universal, lo quiera o no, pues tal es su destino, rompe con lo universal en su rebeldía y, haciéndolo, se coloca “en relación absoluta con lo absoluto.”    Pero ¿qué significa tan extraña e intempestiva frase, para la que hoy, sin duda, no queda ya oído ilustrado alguno? 

Pero el marrano no es cabalmente ningún ilustrado, no primariamente.  Esos son los predicadores.  El marrano anda por caminos donde no hay viajeros, solo sombras de algún extraño. 

La relación absoluta con lo absoluto es la señal abrahámica, y lo que dice, quizá pese a Erin, quizá no, es que la ética no es lo más alto.  Ni héroes trágicos, predicadores, ni héroes estéticos, héroes del estilo.  El marrano no puede ofrecer nada.  Solo ser testigo y asumir la responsabilidad de su soledad, que todos comparten. 

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