Cercas, o el triunfo del kitsch. (Sebastiaan Faber)

Sebastiaan colocó su texto abajo como comentario a uno mío, pero creo que en realidad es el mío el que debe figurar como comentario al suyo.  Así que aquí está el texto de Sebastiaan otra vez, y luego seguimos con los comentarios.

Cercas o el triunfo del kitsch

Sebastiaan Faber (Oberlin College)

“Lo primero que hay que hacer al leer una novela

es desconfiar del narrador.”

—Javier Cercas, El impostor

La “novela sin ficción” cuyo patente español tiene pendiente Javier Cercas es como la cerveza sin alcohol: un producto algo aguado, cuyo empalago apenas sirve para esconder su naturaleza puritana. ¿Cómo se fabrica un brebaje así? En vista de los dos ejemplos del género producidos hasta la fecha, Anatomía de un instante (2009) —una reconstrucción del golpe militar fallido del 23-F— y El impostor (2014) —una reconstrucción de la vida de Enric Marco, que mintió durante varias décadas sobre su paso por un campo de concentración nazi hasta que fue desenmascarado en 2005— la receta de Cercas tiene unos cuatro ingredientes básicos.

En primer lugar, cuenta con un narrador plenamente identificado con el autor que emprende una investigación con el objetivo de descubrir una verdad histórica escondida. Aparte de su condición de novelista, el narrador no tiene preparación profesional particular para esa tarea; no es historiador ni periodista (aunque se comporta más como periodista que como historiador). Lo que le mueve es una fascinación personal con el episodio en cuestión y la intuición de que el descubrimiento de la verdad representa un interés más general (quizás nacional). Es tal el atractivo de la historia, tal su calidad dramática o literaria, y tal el interés de darla a conocer —se nos asegura— que el novelista, en un acto de autocontención, se resigna a prescindir de su derecho habitual de invención o embellecimiento y se limita a contar la verdad y nada más que la verdad.

El segundo ingrediente de la novela sin ficción de Cercas es su dimensión autorreferencial. El narrador-autor insiste en referirse sin cesar al texto que tenemos entre manos. A esta autoconciencia continua le acompaña un tercer ingrediente importante: una dosis generosa de autobiografía. Al mismo tiempo que nos reconstruye una verdad histórica, el narrador-autor reconstruye el propio proceso de esa reconstrucción, lo que significa que nos reconstruye un segmento de su propia vida. En términos afectivos, la dimensión autobiográfica funciona como contrapunto. Si el relato de la verdad descubierta rezuma dramatismo y cierta autoconfianza heroica de parte del narrador —no duda de que hay una verdad que descubrir, de su propia capacidad de descubrirla, ni de la importancia de su proyecto— los pasajes autobiográficos están escritos en clave anti-heroica y confesional, con momentos directamente bufos. El narrador-autor nos revela que detrás de la imagen pública del autor de éxito se esconde un pobre hombre, con sus dudas y debilidades (le gustan las películas de Bruce Willis), sus intentos y fracasos (proyectos malogrados, manuscritos desechados), y con un complejo de inseguridad que roza la inestabilidad mental. (Cuenta que en 2009, después de publicarse Anatomía, “combatía a duras penas la angustia y los ataques de pánico, me acostaba llorando, me despertaba llorando y me pasaba el día escondiéndome de la gente, para poder llorar”.)

El ingrediente básico final de la novela sin ficción a lo Cercas es un cuarto de kilo de ensayismo sentencioso y predicador con aderezo filosófico (denominación de origen: la página de opinión de El País). A medida que nos reconstruye la verdad histórica que va descubriendo, y el proceso de ese descubrimiento, el narrador-autor siente unas ganas irreprimibles de opinar y filosofar sobre el significado de esa verdad revelada y sobre los factores que puedan haber motivado los intentos por encubrirla —afán que le lleva a pronunciar diagnósticos y juicios morales de amplio alcance sobre España y los españoles durante y después de la dictadura franquista, además de pequeños bocados de sabiduría casera que, a modo de Leitmotive, flotan por el texto como albóndigas en una sopa: “La realidad mata, la ficción salva”; “el énfasis en la verdad delata al mentiroso”; “el pasado no pasa nunca, ni siquiera —lo dijo Faulkner— es pasado; el pasado es solo una dimensión del presente”; “el deber del arte (o del pensamiento) consiste en mostrarnos la complejidad de la existencia, a fin de volvernos más complejos, en analizar cómo funciona el mal, para poder evitarlo, e incluso el bien, quizá para poder aprenderlo”.

El novelista sin ficción es un traficante de verdades. Pero bien mirado son varios los tipos de verdad los que Cercas nos pretende vender. Cabe distinguir al menos tres, que corresponden más o menos a tres de los cuatro ingredientes que acabo de listar: una verdad autobiográfica, una verdad histórica y una verdad ensayística. Para cada tipo de verdad, el autor se arroga un tipo de autoridad diferente: digamos que en el contrato que establece Cercas con el lector, cada tipo de verdad tiene su propia cláusula. Así, la verdad autobiográfica se fundamenta sobre una autoridad moral: los lectores confiamos en que el narrador no nos mienta sobre lo que vive y siente. La verdad histórica se fundamenta sobre una autoridad epistemológica: confiamos en las destrezas, el rigor y la honestidad del narrador como investigador del pasado: que haya sabido localizar la documentación adecuada; que haya hecho las pesquisas pertinentes; que no haya falsificado o escondido pruebas, incluso si éstas contradicen sus propias hipótesis. La verdad ensayística, finalmente, se fundamenta sobre una autoridad filosófica y moral: el narrador nos pide que confiemos en su capacidad de pensar, de razonar e interpretar, y por tanto de juzgar.

Ahora bien, un problema fundamental de la novela sin ficción de Cercas es la falta de equilibrio entre estas tres autoridades. La autoridad más sólida en El impostor (como también en Anatomía) es sin duda la segunda, la epistemológica. La reconstrucción de la biografía de Marco está muy bien lograda; Cercas desentierra gran parte de una vida desconocida hasta la fecha y la cuenta con gracia, economía y empatía dignas de admiración. La autoridad autobiográfica resulta un poco más dudosa. La aparente honestidad del narrador —es decir, su falta de inhibición a la hora de revelarnos sus dudas más íntimas— parece forzada y coqueta, y el personaje que surge de sus confesiones tiene un no sé qué de caricatura. Hacia el final del libro, cuando Cercas abre el grifo confesional de lleno en un diálogo inventado con Marco, cuyo impulso auto-acusatorio recuerda “La Nochebuena” de Larra y Niebla de Unamuno, es difícil no sentir un punto de vergüenza ajena: “Le da pánico que descubran que es usted un mentiroso y un farsante” —afirma el marioneta Marco movido por el propio Cercas— “… y por eso se esfuerza de una manera sobrehumana para que todos crean que es usted lo que no es, o sea un buen escritor y un buen ciudadano y una persona decente y toda esa porquería tan prestigiosa …: cada mañana levantándose casi de madrugada y escribiendo durante todo el día para mantener la impostura, para que no le pillen…”

La autoridad más débil de las tres sin duda es la filosófica-moral. Haciendo caso omiso de las albóndigas de sabiduría casera ya mencionadas, las verdades ensayísticas con aspiración de trascendencia llegan a una media docena, entre interpretaciones del personaje de Marco e interpretaciones de la historia reciente española. Son casi todas debatibles.

Las verdades tocantes a Marco pueden resumirse en dos. La mejor forma de comprender a Enric Marco —afirma Cercas— es como un Alonso Quijano contemporáneo: “para entender a Marco hay que entender que, en cierto modo, no fingía que era un deportado; o que al menos no lo fingió a partir de determinado momento: a partir de determinado momento, Marco pasó a ser un deportado, igual que, a partir de determinado momento, Alonso Quijano pasó a ser don Quijote.” Ambos, afirma Cercas, “son dos grandes mentirosos” que “no se conformaron con la grisura de su vida real y se inventaron y vivieron una heroica vida ficticia”; “como Marco, don Quijote es un mediópata, un adicto a salir en la foto.” “Lo que define a don Quijote, igual que lo que define a Marco, no es que confunda la realidad con los sueños, la ficción con la realidad o la mentira con la verdad, sino que quiere hacer realidad sus sueños, convertir la mentira en verdad y en realidad la ficción.” En fin: “Don Quijote y Marco no son dos novelistas frustrados: son dos novelistas de sí mismos …”

La segunda verdad tocante a Enric Marco es que, a pesar de su autoimagen heroica, Marco no es un hombre extraordinario, en sentido negativo ni positivo. Es todo lo opuesto: un hombre que siempre ha estado con la mayoría de los españoles y cuya vida además representa las vidas de los españoles de su generación. Marco, al terminar la Guerra Civil, no participó en la resistencia antifranquista; simplemente intentó sobrevivir lo mejor que pudo. Pero eso es lo que precisamente le convierte en representante del país: “Marco es un símbolo de este momento de la historia de su país; pero no es verdad que sea un símbolo de la decencia y el honor excepcionales de la derrota, sino de su indecencia y su deshonor comunes.” De modo similar, si después de la muerte del dictador Marco mintió sobre su biografía, así lo hizo la mayoría de los españoles en los años de la Transición: “Marco se inventó un pasado (o lo adornó o lo maquilló) en un momento en que alrededor de él, en España, casi todo el mundo estaba adornando o maquillando su pasado, o inventándoselo; Marco reinventó su vida en un momento en que el país entero estaba reinventándose”; “al menos durante aquellos años, las mentiras de Marco sobre su pasado no fueron la excepción sino la norma …”. Y si nadie, hasta hace poco, se empeñó en someter la biografía heroica de Marco a escrutinio, fue porque “nadie estaba muy interesado en hacer averiguaciones sobre el pasado de nadie porque todo el mundo tenía cosas que ocultar…”: “En la historia de Enric todo el mundo queda como el culo, empezando por el propio Enric, siguiendo por los periodistas y los historiadores y acabando por los políticos; en fin: el país al completo.” Eso sí, bien mirado los españoles de la democracia no son mejores ni peores que la mayoría de los seres humanos. Al fin y al cabo, ¿quién en verdad se atreve a ser honesto sobre nada? En última instancia, afirma el narrador, “Marco es lo que todos los hombres somos, solo que de una forma exagerada, más grande, más intensa y más visible …”

Hasta aquí las dos verdades sobre la figura de Marco. Lo que más le interesa a Cercas como intelectual público, sin embargo, es lo que la historia de Marco revela sobre la historia de España. Aquí las verdades se entretejen para conformar una historia moral de tres décadas y media de democracia española.

En primer lugar, afirma Cercas que los embustes de Marco, y los complejos psicológicos que los motivaron, cabe verlos como emblemáticos de la Transición. “Ésa es la realidad” —sentencia—: “al menos durante los años del cambio de la dictadura a la democracia, España fue un país tan narcisista como Marco; también es cierto, por tanto, que la democracia se construyó en España sobre una mentira, sobre una gran mentira colectiva o sobre una larga serie de pequeñas mentiras individuales”.

En segundo lugar, mantiene que los que critican que la Transición estuviera basada en un “pacto del olvido” están equivocados. Aquí invoca el conocido argumento de Santos Juliá, que presenta el aluvión de textos sobre la República y la guerra de los años setenta y ochenta como prueba de que olvido o silencio como tales no hubo. Dice Cercas:

el gran mito del silencio de la Transición es solo eso: un mito; es decir: una mezcla de mentiras y verdades; es decir: una mentira. Si acaso, el silencio llegó más tarde, ya en los años ochenta, cuando a la derecha que procedía del franquismo y estaba en la oposición seguía sin interesarle hablar del pasado, porque solo tenía cosas que perder haciéndolo, y a la izquierda socialista que estaba en el poder dejó de interesarle hacerlo, porque haciéndolo no tenía nada que ganar.

Como bien sabe Cercas, el problema no era que no se hablara del pasado sino que la Transición institucionalizó la impunidad. Lo dice él mismo: “Además de ser un cliché, el pacto de olvido es otro eufemismo, una manera de nombrar sin nombrar una de las principales carencias de la Transición, y es el hecho de que no se investigara públicamente y a fondo el pasado cercano ni se persiguieran los crímenes de la dictadura ni se resarciera por completo a sus víctimas”. La continuación de esa impunidad después del triunfo electoral del PSOE en 1982 —lo que aquí presenta como una solución cómoda para las élites políticas de derecha e izquierda— tuvo para Cercas su correlato preciso en la población, cuyo sentir resume en una sola oración, echando mano de un generoso “nosotros” nacional-popular:

En cuanto a los demás, estábamos demasiado pendientes de disfrutar de nuestra limpia modernidad flamante de europeos ricos y civilizados como para ocuparnos de nuestra sucia historia inmediata de españoles harapientos y fratricidas. Ésa es la realidad: que nos habíamos saturado de pasado. Eso es lo que pasó: que la moda del pasado pasó.

Ahora bien, dado que “el pasado no pasa nunca, no puede pasar porque ni siquiera —lo dijo Faulkner— es pasado”, era inevitable que el interés por la Guerra Civil y la dictadura acabara por renacer. Relata Cercas:

En la segunda mitad de los años noventa, mientras en Europa germinaba la obsesión o el culto de la memoria, en España la derecha ganó las elecciones y la izquierda descubrió que podía usar contra ella el pasado de la guerra y el franquismo, del que la derecha continuaba siendo heredera y con el que nunca había roto del todo. Otro hecho ocurría, además, por la misma época. El hecho es que estaba madurando una nueva generación de españoles que, tal vez porque hasta entonces apenas había tenido un pasado personal o apenas había sido consciente de él, nunca se había interesado por el pasado colectivo, o no en exceso, y que en aquel momento empezó a hacerlo. Era la generación de los nietos de la guerra: la de quienes no teníamos experiencia personal de la guerra y apenas del franquismo pero de golpe descubrimos que el pasado es el presente o una dimensión del presente. La confluencia de ambos factores alteró por completo las cosas.

Aquí el nosotros que invoca Cercas es más específico, ya que incluye solo a su propia generación. Por otra parte vale la pena subrayar los factores que, según Cercas, motivaron el renovado interés en el pasado violento español: el contexto europeo (“en Europa germinaba la obsesión o el culto de la memoria”), el oportunismo de parte de la clase política española (la izquierda “descubrió que podía usar” el pasado contra la derecha), y varios factores demográficos y psicológicos entre el resto de la población.

Pues bien, para Cercas el movimiento por la recuperación de la memoria histórica que nació alrededor del año 2000 —y cuyas demandas le parecen, en principio, justas— generó cuatro problemas fundamentales: un problema conceptual, un problema ético, un problema político y un problema estético. Primero, afirma, el concepto de la memoria histórica es un oxímoron absurdo: “La memoria y la historia son, en principio, opuestas: la memoria es individual, parcial y subjetiva; en cambio, la historia es colectiva y aspira a ser total y objetiva”. Segundo, el movimiento de la memoria acabó por generar dos fenómenos lamentables desde un punto de vista ético: una “industria” motivada por la codicia (de dinero, de atención) y una marginalización de la “historia” —los relatos del pasado sancionados por profesionales universitarios— por un movimiento de “memoria”. Éste, además, se sabía en posesión de un arma secreta: “el chantaje del testigo”. El problema político que generó el movimiento, dice Cercas, es que presionó al Estado a intervenir donde no debe. A propósito de la Ley de Memoria Histórica de 2007 escribe, citando un artículo suyo de El País: “a mí no me hace ninguna gracia que el Estado se ponga a legislar sobre la historia, no digamos sobre la memoria —como no me haría ninguna gracia que se pusiera a legislar sobre la literatura—, porque la historia deben hacerla los historiadores, no los políticos, y la memoria la hace cada uno, y porque una ley de este tipo recuerda embarazosamente los métodos de los estados totalitarios, …”.

Pero el problema tal vez mayor para Cercas —literato al fin y al cabo— es de carácter estético. La industria de la memoria, afirma, produjo un relato falsificado del pasado, un relato inauténtico, que para Cercas no tiene mejor descriptor que el término alemán kitsch:

¿Qué es el kitsch? De entrada, una idea del arte que supone una falsificación del arte auténtico, o como mínimo su devaluación efectista; pero también es la negación de todo aquello que en la existencia humana resulta inaceptable, oculto detrás de una fachada de sentimentalismo, belleza fraudulenta y virtud postiza.

Según Cercas, el movimiento de la memoria, alentada por la industria mediática, produjo una forma de “kitsch histórico”, “una historia que en realidad es una falsa historia”, del que Enric Marco sería un ejemplo puro. ¿Cuál es el problema fundamental del kitsch? Aquí invoca Cercas un argumento puritano que nos devuelve hacia el terreno de la ética. El problema del kitsch es que fomenta la pereza: “regala a quien lo consume la ilusión de estar gozando del arte auténtico sin pedirle a cambio ninguno de los esfuerzos que ese goce exige ni obligarle a que se exponga a ninguna de las aventuras intelectuales y los riesgos morales que entraña”. Del mismo modo, el kitsch histórico “regala a quien lo consume la ilusión de conocer la historia real ahorrándole esfuerzos, pero sobre todo ahorrándole las ironías y contradicciones y desasosiegos y vergüenzas y espantos y náuseas y vértigos y decepciones que ese conocimiento depara”. Lo que le condena a Marco, en otras palabras, no son sus mentiras sino la mala calidad literaria de sus mentiras: “A diferencia de los grandes novelistas, que a cambio de una mentira factual entregan una profunda y perturbadora y elusiva e insustituible verdad moral y universal, Marco entrega apenas un relato edulcorado, falaz y desbordante de sentimentalismo …”

Hasta aquí los elementos principales de la historia moral de más de tres décadas de democracia española según Cercas. Como historia moral es debatible y tendenciosa. Pero es ante todo perezosa. Si su reconstrucción de la biografía de Marco —la verdad histórica— cabe considerarse lograda, es porque es fruto de un esfuerzo considerable de investigación, reflexión y comprensión. Son tres elementos que brillan por su ausencia en lo que respecta a sus interpretaciones de la historia político-social española desde 1978.

Toda la reflexión sobre la distinción entre memoria e historia, por ejemplo, se fundamenta en un artículo de opinión del propio Cercas (publicado en El País), inspirado a su vez en un ensayo que entonces acababa de publicar Santos Juliá en Claves de razón práctica. El problema no es tanto que Cercas haga un generoso corte y pega de su propio artículo, o que éste se inspire en Juliá, cuyas ideas sobre estos asuntos se caracterizan por su especial inmovilidad. El problema es que Cercas se limite a ello, haciendo caso omiso de los muchos y enconados debates entre historiadores, sociólogos y politólogos españoles y extranjeros sobre el tema, debates que han generado docenas de reflexiones no solo más sugerentes sino bastante más matizadas y rigurosas que las de Juliá. Desde luego no se trata de exigirle al novelista que se convierta en erudito universitario, sino solo que, puestos a opinar, adopte un mínimo de responsabilidad intelectual. A Cercas le habría bastado incluir la perspectiva de su compatriota Ricard Vinyes, que, en su libro Estado y memoria, aborda la famosa cuestión terminológica de este modo:

El silencio no era olvido. Era más bien un imperativo de privacidad inducida. … ¿Alguien prohibió algo? ¿Alguien prohibió hablar, contar o reprochar cualquier cosa del pasado reciente de dictadura, guerra y República? ¡Claro que no! Simplemente se estableció un sentido común público que situaba en la marginalidad y la inconveniencia los relatos de las memorias quitándoles cualquier valor o encerrándolas en círculos de nostalgia. Al mismo tiempo, toda competencia para hablar de los conflictos pasados era remitida a la autoridad de la historia profesional que, a lo largo de los años ochenta y noventa, fue haciendo bien su trabajo. Pero la historia erudita no sirve para crear memoria social; ésa es una premisa de Halbwachs de la que prescinden no pocos profesionales, y tal vez por ello la historiografía española sigue ensimismada en llenar páginas para explicar que historia y memoria no es lo mismo, y alertar, con ademanes serios y rostros graves, del inmenso peligro entraña la confusión. Además de estéril, eso es simplemente muy aburrido porque es una obviedad que ni siquiera permite debates sensatos, solo retóricas circulares. Pero ha sido la consecuencia práctica de un actuar y decir de los poderes públicos y sus alrededores: «Memoria no, historia sí». Algo parecido a una renovada consigna ilustrada: «Superstición no, verdad sí»,Pero considerar que la historia es una construcción universal de verdad verificada es tan ingenuo y bárbaro como cualquier otra superstición, puesto que la construcción de la verdad Histórica no solo es una verdad verificada, sino también verificable; ése es el detalle, el límite y la garantía de su verdad y grandeza que no es bueno menoscabar. (p. 17)

La dinámica de la Transición, arguye Vinyes, hizo que se privatizara la memoria, cuando en realidad el Estado debería haberse ocupado de crear las condiciones para que la memoria de la represión franquista y su lucha contra ella fuera pública. (Por cierto, esta tendencia privatizadora la refuerza Cercas en su crítica a la Ley de 2007: “la historia deben hacerla los historiadores, no los políticos, y la memoria la hace cada uno”.)

Una pereza intelectual parecida envicia su reflexión sobre “la industria de la memoria” y “el chantaje del testigo”. Aquí de nuevo Cercas se limita a cortar y pegar un artículo de opinión suyo, no para señalar cómo la redacción de El impostor le ha permitido matizar las intuiciones formuladas en un texto de ocasión escrito hace varios años, sino más bien para confirmarlas tal cual. De ahí que su reflexión sobre el papel de los medios de comunicación y su tratamiento de la figura del testigo resulte más bien superficial. El “chantaje del testigo”, para Cercas, se produce cuando se da más peso al testimonio personal que al juicio de un historiador. (“[C]ada vez que, en una discusión sobre historia reciente, se produce una discrepancia entre la versión del historiador y la versión del testigo”, se autocita de El País; “algún testigo esgrime el argumento imbatible: «¿ Y usted qué sabe de aquello, si no estaba allí?».”) Para Cercas, se produjo una simbiosis nefasta entre este chantaje y la sed de lucro de los medios: “cuando, más que la memoria, triunfaba en España la industria de la memoria, la gente estaba deseando escuchar las mentiras que el campeón de la memoria tenía que contar”.

No es falso lo que afirma Cercas. Lo que sorprende es su indignación. Qué duda cabe que el interés por el pasado, y la fascinación con la figura de la víctima, han acabado por prestarle un estatus público nuevo al testimonio del sufrimiento. (Pero seamos realistas: por más prestigio que cobrara el testigo, no se acercaba de lejos al poder institucional de los historiadores profesionales.) También es lógico que la movilización social y cívica en torno a las fosas, los campos de concentración y la represión franquista tuviera un reflejo en la cobertura mediática de esos temas, y que, por tanto, los agentes y productores culturales (periodistas, cineastas, novelistas) se sintieran atraídos por ellos. Lo sorprendente habría sido lo opuesto. Sobre todo si se toma en cuenta que, en España, se trataba de testimonios callados durante décadas —y testimonios que, en efecto, disputaban el monopolio sobre el relato del pasado de los historiadores académicos—.

Aquí, de nuevo, a Cercas le podrían haber resultado iluminadoras las reflexiones que ofrece Vinyes sobre el tema de la víctima y del testigo o, atravesando el Atlántico, lo que escribe la escritora argentina Beatriz Sarlo al respecto en su libro Tiempo pasado. Según Vinyes, el problema de la víctima como objeto sacralizado de la compasión, un “sufriente sin causa”, es que impide una relación propiamente histórica o política con el pasado porque el sufrimiento acaba por suplantar el contexto histórico: “Más que una persona (una biografía, una historia), el sujeto víctima se convierte en un ente, una institución universal que genera un espacio de consenso [basado] en la piedad por el dolor sufrido” y “no en la causalidad histórica”, “evitando o apaciguando así los conflictos en los juegos de hegemonías políticas” (pp. 42-43). Sarlo, por su parte, explica que el respeto que merece el testimonio de la víctima-testigo en un contexto ético o judicial no tiene por qué impedir que, en un contexto de investigación histórica, ese testimonio se someta a una lectura crítica o contrastiva.

Cercas, sin embargo, prefiere ver las cosas de forma más sencilla y fatalista. Para él, la excesiva mediatización de los temas planteados por el movimiento cívico en torno a las fosas y la represión ha bastado, primero, para deslegitimar sus reclamaciones (de justicia, de reparación) y, segundo, para que éstas vayan a tardar muchísimo más en satisfacerse, si es que algún día se pueden satisfacer. La industria de la memoria y los que se dejaron usar por ella simplemente lo estropearon todo. Cito con alguna extensión a Cercas:

Escribo a mediados de 2014, cuando en España ya pocos se acuerdan de la llamada memoria histórica y cuando ésta, o lo que queda de ésta, solo muy de vez en cuando aparece en los periódicos, la radio y la televisión. La moda del pasado pasó otra vez y, sobre todo a partir de la llegada de la crisis económica en 2009, el país dejó de ocuparse del pasado para ocuparse en exclusiva del presente, como si el pasado fuese un lujo que no se podía permitir. La llamada Ley de la Memoria Histórica se reveló muy pronto como lo que era: una ley insuficiente y fría con las víctimas, que parece menos concebida por la izquierda para solucionar el problema del pasado que para mantenerlo vivo durante mucho tiempo y, mientras tanto, poder usarlo contra la derecha. De todas maneras, en el fondo da un poco lo mismo, porque esa ley hace tiempo que no se aplica, según el actual gobierno de derecha porque no hay dinero para aplicarla, y muchas de las asociaciones que florecieron en la década anterior, enzarzadas por lo demás y desde muy pronto en discusiones bizantinas e incomprensibles peleas internas, han desaparecido o manotean en dique seco, sin fondos y quizá sin futuro, como le ocurre a la propia Amical [de Mauthausen, que presidió Marco]. El juez Garzón, por su parte, creyó que era posible hacer lo que se proponía hacer, pero se equivocaba: en febrero de 2012 fue condenado a once años de inhabilitación y expulsado de la judicatura, en teoría por su modo de rastrear una organización que financiaba de forma ilegal al partido en el gobierno y en la práctica por eso mismo, pero sobre todo por pretender investigar los crímenes del franquismo, por haberse ganado demasiados enemigos y demasiado poderosos y en definitiva por meter las narices donde no le llamaban. Mientras tanto, los cadáveres de los asesinados siguen en las fosas comunes y en las cunetas —la llamada Ley de la Memoria Histórica no asumía las exhumaciones sino que las subvencionaba, y las subvenciones se han acabado—, las víctimas no obtendrán una reparación total y este país nunca romperá del todo con su pasado ni lo asumirá del todo ni eliminará del todo la mentira que está en el origen o en el fundamento de todo, nunca se reconocerá o se conocerá a sí mismo como lo que fue, es decir como lo que es, los españoles no tendremos nuestra Vergangenheitsbewältigung. No, como mínimo, hasta que el pasado vuelva otra vez. Solo que cuando vuelva ya será demasiado tarde, al menos para las víctimas.

Esto es lo que hay. La industria de la memoria resultó letal para la memoria, o para eso que llamábamos memoria y que era apenas un cobarde eufemismo. Fue tal vez la última oportunidad, y la perdimos.

“Esto es lo que hay”, sentencia Cercas. Lo más llamativo en este largo pasaje no es tanto la lógica narrativa que impone, sino el tono neutral, entre desinteresado y resignado, que emplea el autor. De repente le asalta cierta timidez a la hora de opinar. ¿Qué piensa? Dado que le parecieron justas las reclamaciones de los parientes de las víctimas, ¿le parece bien o mal que el gobierno actual no financie la exhumación de las muchas fosas comunes que quedan? ¿Le parece cierto que el juez Garzón se metió donde no debía? El interés por la justicia y el pasado, ¿de verdad es producto de un fenómeno histórico incontrolable? Y si es así, es algo que se produce con una periodicidad implacable, como las estaciones o mareas, o más bien de forma impredecible, como los terremotos?

Yo me atrevería a discrepar con Cercas en casi todo lo fundamental. A mí me parece que los grandes cambios que describe —el surgimiento de las demandas de justicia en torno a las fosas, las respuestas ante la crisis económica de 2009, así como la posibilidad de que en futuro próximo se exhuman las fosas o se repare a las víctimas— no obedecen a ningún fenómeno natural, coyuntural o demográfico. Dependen más bien de personas reales que cobren conciencia y se organicen. Es decir: dependen de la movilización de la sociedad civil. Es decir: de la democracia. Al atribuir el nacimiento del movimiento de la memoria a un fenómeno coyuntural y, en cambio, atribuir su hundimiento a los “abusos” de la “industria”, Cercas no solo exime de responsabilidad al Estado y a la clase política, sino que le quita agencia a los ciudadanos de a pie que se asociaron a partir de 2000 para lograr un cambio político que les hiciera justicia. Y, lo que es más grave, pierde de vista lo que esos actos de asociación tuvieron de regeneración democrática.

***

Cercas no es ingenuo; sabe que su historia moral de la España democrática va a sentar mal en muchas partes. De hecho, en sus momentos confesionales la propia novela anticipa duras críticas. Es tanto más llamativo que sus aliados ya hayan salido en su defensa. En un divertido comentario en El País, su amigo Jordi Gracia despliega una operación de socorro anticipatoria. Aunque Cercas inventa géneros nuevos —afirma—, las intenciones de El impostor, como las de sus libros anteriores, van a quedar perfectamente claras para el lector común. El problema son los lectores expertos (esos intelectuales siempre tan pesados), que van a insistir en malinterpretarlo. (Dice Gracia, populista: “[L]a inmensa mayor parte de lectores normales no tiene ningún problema para entender las novelas anormales de Cercas mientras que demasiados lectores profesionales, o expertos, o hispanistas e investigadores, tienen serias dificultades y hasta agudas contrariedades para entender lo que la mayoría de lectores españoles y europeos entiende sin dificultad”.) ¿Y qué es lo que entenderá el gran público? Por fortuna, Gracia nos lo anticipa: comprenderá que El impostor “no es tanto el desenmascaramiento de un embustero superdotado como la radiografía de una propensión humana que en España vivió un momento dorado sobre todo en la transición”.

No creo que hagan falta estas defensas anticipadas ante posibles ataques de hispanistas duros de entendimiento. Aunque Cercas confiesa —coquetamente— tener miedo a las críticas y los críticos (“Siente pánico”, le dice Marco en el diálogo inventado, “le tiemblan las piernas ante la mera posibilidad de que digan: Ahí está otra vez Cercas; miren sus libros: primero defendió a un fascista; luego defendió a un asesino; luego defendió a otro fascista; luego defendió a un psicópata; y ahora defiende a un mentiroso, a un tipo que se burla de millones de muertos”), quiero pensar que le encantaría que El impostor suscitara discrepancias y sirviera, precisamente, para reavivar el debate sobre la justicia en relación al pasado dictatorial español —y así desmentir sus propias predicciones pesimistas—.

Eso sí, Jordi Gracia tiene razón cuando afirma que la novela sin ficción de Cercas nos plantea un problema a los críticos profesionales. ¿Cómo la juzgamos? ¿En base a la verdad que pretende proferir o en base a sus cualidades artísticas? De las verdades de este libro ya se ha dicho bastante; la cuestión estética nos lleva de regreso a la noción del kitsch.

Se ve que a Cercas le gusta lo auténtico: los testigos auténticos, la historia auténtica, el arte auténtico: el que exige trabajo, conlleva riesgos y proporciona complejidad. En cambio, aborrece lo falso y artificial por seguro, fácil y perezoso. Hay un paralelo llamativo entre los dos binarismos centrales del edificio conceptual de Cercas: historia (verdadera) y memoria mediatizada (falsa), por un lado, y arte (verdadero) y kitsch (falso), por otro. (El propio autor lo propone como una analogía formal: “la industria de la memoria es a la historia auténtica lo que la industria del entretenimiento al auténtico arte”.) En los dos casos, la pregunta que Cercas no se plantea directamente, pero que se le presenta al lector, es la siguiente: el propio texto de Cercas, ¿es historia o memoria? ¿Es arte o es kitsch?

Dicen que el alcohol, tomado en moderación, es sano porque entrena al hígado a procesar cierto tipo de tóxicos. De modo similar, para los novelistas la ficción —que desdobla las voces y enajena al autor de sí mismo— funciona como un farmakon, un veneno que cura. La ficción es un mecanismo que les permite escaparse de sí mismos: sirve de antídoto contra sus peores tendencias ideológicas o estilísticas. No es casual que Mario Vargas Llosa, novelista brillante, sea insufrible como ensayista. Pues bien, si la “novela sin ficción” de Cercas tiene una tara constitutiva es esta: contiene demasiado Cercas. Al eliminar la ficción de la novela —al reducirse la distancia entre autor y narrador a cero— lo que podría ser dramático se hace melodramático; lo que podría ser emoción se hace patetismo; lo que podría ser ingenio se hace trampa; lo que podría ser opinión se hace prédica; y lo que podría ser literatura se hace kitsch

Sobre El impostor, de Javier Cercas. (Alberto Moreiras)

El impostor es un texto importante, a mi modo de ver, porque se ocupa, toma a su cargo, dos cosas muy poco habituales: la presentación de lo que podemos llamar una narrativa desnarrativizante, y una voluntad de deconstrucción testimonial que es la otra cara, y así indistinguible, de una testimonización deconstruida.

A mí me interesan ambas cosas—narrativa desnarrativizante, por oposición a la narrativa mitográfica o mitómana, y testimonio en deconstrucción, por oposición a la pretensión de verdad identitaria que ha plagado el discurso político, no sólo en España, durante los últimos treinta años.

Cierto que ambos procedimientos, en los que Cercas basa en realidad su pretensión o proyecto, o pretensión de proyecto, son necesariamente escandalosos y duros, y exponen al autor a todo tipo de recriminaciones. ¿Cómo pretender una narrativa desnarrativizante? ¿No es eso contradictio in terminis, empresa imposible? Y ¿cómo pretender deconstrucción del testimonio sin dejarnos a todos en la más puñetera intemperie, en la medida en que se nos niega el último refugio, que es el de pedir que otros confíen en nuestra verdad personal, enunciada siempre como petición de respeto y amor? Si les quitas a los humanos la doble posibilidad del mito y del testimonio—ambos, mito y testimonio, pueden encuadrarse negativamente bajo la palabra terrible: “mitomanía”—entonces no queda nada, no sabemos ya a qué podríamos atenernos, dónde agarrarnos. Se acaba, de alguna manera, mucho más que la política, en la necesaria asunción de un nihilismo sin horizonte.

Pero, ¿es realmente así? En última instancia el intertexto fundamental de El impostor es Don Quijote. Y Don Quijote ya es ambas cosas: narrativa desnarrativizante y testimonio en deconstrucción.

No puedo dejar de señalar que la voluntad radical de deconstrucción de toda mitomanía es condición de reflexión infrapolítica y también incidentalmente condición de democracia posthegemónica (en la precisa medida en que no hay otra democracia posible que la democracia posthegemónica: la posthegemonía es condición hiperbólica de la democracia).

Infrapolitical Anxiety. (Alberto Moreiras)

Sometimes it is possible to grasp absolutely basic intuitions that unleash a way of thinking, a life of thought. I do believe that we only have one idea in us (because when we relate to one thing we relate to all things), and that some of us choose to make it our business to play with it (it is a bitter play, some times) through the end of our life. Except that, for the most part, we don’t know what the idea is, and we die before we find out. That is just the way it is, it may be rather pathetic, but the important thing, after all, is the fierce fight, the seeking. Sometimes, perhaps by chance, or dubious luck, the idea is expressed–recognizing it as such is another matter. I think what follows is Heidegger’s fundamental experience. I wonder whether we, today, can even understand it: “In the clear night of the nothing of anxiety the original openness of beings as such arises: that they are beings–and not nothing. . . . The essence of the originally nihilating nothing lies in this, that it brings Da-sein for the first time before [the being of] beings as such” (“What is Metaphysics?,” in Pathmarks, 90.) I think this quote accounts for all of Heidegger’s thought, including all the stupidities in it. My question here is whether a similar experience can account for infrapolitics—whether infrapolitics is also contained in an experience of anxiety, political anxiety in this case, that produces a withdrawal of, and from, politics (the Heideggerian “wholly repelling gesture,” 90), and interrogates its other side, its nihilating side.   And wants to explicitate what it might be.   And dwell on it. Because it must. No other choice.

Note on Heidegger’s “On the Essence of Truth” (1930). (Alberto Moreiras)

The final “Note” that is added to the 1967 edition of the essay in Pathmarks (Wegmarken) (Cambridge UP, 1998; translated by John Sallis) says that in the phrase “the truth of essence” (from which the essence of truth would arise), “remaining still within metaphysical presentation, Beying is thought as the difference that holds sway between Being and beings” (153).   But truth, as fundamental trait of Being, is lichtendes Bergen, or a sheltering that clears.   Heidegger then says that this is the first “saying of a turning” (Sage einer Kehre) within the history of Beying. Beying is concealing withdrawal, or aletheia (154).

The claim Heidegger introduces is that the presentation of Beying as withdrawing concealment, which also means, as errancy, “accomplishes a change in the questioning that belongs to the overcoming of metaphysics” (154).   This means that “every kind of anthropology and all subjectivity of the human being as subject” is left behind and that “the truth of Being” is “sought as the ground of a transformed historical position” (154).   It is a large claim. It is also the claim that the ontico-ontological difference, that is, Seyn, must give way to errancy.   And that errancy is already postmetaphysical thought.  No matter what one thinks of the Heideggerian jargon as such, it is perhaps clear that Heidegger assigns a great deal of importance to this particular manifestation of it.   It needs to be thought out.

So this note is an attempt to grasp the notion of errancy in the essay. Preliminary and inexpert, as it were. And for discussion.  I should say that I intend this as a contribution to a dialogue with Arturo Leyte, with whom I started discussing “On the Essence of Truth” ten days ago, in Gondomar. If, as we in this group have discussed in the past, the destruction of Hegelianism is the destruction of any historical myth, and of mythical history, or history as myth, the infrapolitical insistence on un-mythic politics that we call posthegemony appeals to an errant democracy, that is, to a political space liberated from metaphor.   Errancy might just be the early Heideggerian attempt (only three years after Being and Time) to move tenuously away from a politics of Being, from the overwhelming metaphorization of Being as oblivion—all the more remarkable to the extent that, only a few years later, Heidegger would enter quintaessentially mythical antisemitic and Nazi paths.  It is arguable that Heidegger came to think of a truer than true national-socialism as the only legitimate politics of Being commensurate with the sway of technological calculation in modern times.   Such a move would not be authorized, would rather be preempted by the position taken in this 1930 essay.

There is an openness of comportment, a freedom proper to Dasein that first grants the possibility of truth as letting beings be. This happens in an active sense (that is, not as letting be in the sense of leaving alone). Letting beings be means engaging with beings by and in letting them be, in the form of a withdrawing engagement.   Comportment is therefore a relation with the open region where things, beings, may be let be. The ancient name of that open region is, Heidegger says, ta alethea, the unconcealed.

Dasein’s withdrawing engagement is ek-sistent, it exposes.   Once articulated in language, as the explicit question of philosophy, the question about Being as the unconcealment of beings as such as a whole means the birth of Western history, the beginning of historical time. It is not, however, that Dasein possesses freedom, or history; it is rather that freedom, as ek-sistence, possesses the human being, and holds history.   But this also means that historical human beings can choose, “in letting beings be, also not letting beings be” (146). This untruth is no more a property of the human subject than truth is. Untruth also derives from freedom, from unconcealment, that is, from truth as such.   And it is so “because letting-be always lets beings be in a particular comportment that relates to them and thus discloses them” (148).   The attunement, the specific mood of every comportment towards beings, “conceals beings as a whole” (148). “Letting-be is intrinsically at the same time a concealing. In the ek-sistent freedom of Da-sein a concealing of beings as a whole comes to pass” (148).

Concealment is untruth. To the extent that every disclosedness happens, it happens from out of concealment. Untruth is “older than letting be itself” (148).   Heidegger calls this “the mystery” (148).   This mystery is the fact that concealment is what is first concealed, hence that truth happens first of all as untruth.   This untruth, as “the originary non-essence of truth,” points to “the still unexperienced domain of the truth of Being” (149).

Forgetting sets in, as a factical determination of Dasein.   Through forgetting of the untruth of concealment “the mystery leaves historical human beings in the sphere of what is readily available to them, leaves them to their own resources” (149). “The inordinate forgetfulness of humanity persists in securing itself by means of what is readily available and always accessible. This persistence has its unwitting support in that bearing by which Dasein not only ek-sists, but also in-sists, that is, holds fast to what is offered by beings, as if they were open of and in themselves” (150). “Insistent existence” is the name of a life in which the forgotten essence of truth-untruth holds sway.

Erring is the characterization of the life of insistence existence—the German irren refers of course both to errancy and error.   But it doesn’t just happen, it is not optional or accidental.  It belongs in the “inner constitution of the Da-sein” (150).   “The concealing of concealed beings as a whole holds sway in that disclosure of specific beings, which, as forgottenness of concealment, becomes errancy” (150).

There is only one thing to be done, which is key to any possible political projection, and for me a crucial thought for the very possibility of both infrapolitical reflection and posthegemonic democracy, which means, of democratic invention today: “By leading them astray, errancy dominates human beings through and through. But, as leading astray, errancy at the same time contributes to a possibility that humans are capable of drawing up from their ek-sistence—the possibility that, by experiencing errancy itself and by not mistaking the mystery of Da-sein, they not let themselves be led astray” (151).   “Experiencing errancy itself,” that is, as errancy, against every mythical projection, in the nakedness of traumatic awakening—this is the passage to the act in posthegemonic democracy and infrapolitical awareness: the political act that alone decides on the difference. Heidegger—this Heidegger of the 1930 essay—will call it “freedom” (151).

An experience of errancy is infrapolitical—it happens below the threshold. But, as experience, it is sustained into political life, as withdrawing engagement, as letting beings be.  Awakening from errancy must be sustained, as errancy: as the demotic errancy of the one whose only qualification is to know no one qualifies as a subject of/to truth.

Notes on Weil (From a 2009 Lecture). (Alberto Moreiras)

(Notes for lecture at University of Saint Andrews, Scotland, November 6, 2009)

[From Life’s Vertigo:]

  1. Against Subjectivation.  The thinker Esposito invokes as the first radical proponent of a philosophy of the impersonal is of course Simone Weil, whose work in the 1930’s already rose against the personalist ideology that many segments of the European liberal (and Catholic) intelligentsia were proposing as an alternative to fascism. For Weil the person depends on the collective and right depends on might. From this perspective, for Weil both the category of the person and the notion of rights are complementary factors in what Esposito calls an “immunitary drift” whose end is the protection of privilege against the excluded. Weil looks at the notion of person from the perspective of what it excludes, even as she also looks at rights from the perspective of what they steal. In other words, right is designed to protect the person against the non-person, which is always the non-person that has been defined as such from the very perspective of the right: this is the immunitarian drift.   There can be no “universal right” of the person, since right is the mark of a communitarian privilege which is always had against the community’s outside. The category of the person is for Weil, accordingly, a category of subordination and separation that must be fought through a radical appeal to the impersonal. “What is sacred, far from being the person, is that which, in a human being, is impersonal. All that is impersonal in the human is sacred, and only that” (Weil quoted by Esposito, Terza 124).

The passage to the impersonal: this is Weil’s political demand. It is a passage beyond the I and the we, and therefore a passage into the third person, into the nameless or anonymous. The radically republican question is indeed of a pronominal nature. Is political justice, and also political freedom, to be accomplished through the constitution of a we, or through the passage to the impersonal they? If my freedom is the freedom of all, is all to be encompassed by a first person plural or by a third person plural? Is political freedom a question of community or is political freedom a question of the multitude?  Or neither?

Right around the time that Weil was dealing with these ideas she spent a few months in civil-war Aragon, close to the front. Had she been able to look beyond the trenches, into the other or anti-Republican side, she might have seen a few women with Y’s patched onto their blue shirts. They would have been members of the Sección femenina, the Spanish Falangist organization for women, created and developed by Pilar Primo de Rivera. In Paul Preston’s words:

The symbol of the Sección Femenina was the letter Y, and its principal decoration was a medal forged in the form of a Y, in gold, silver, or red enamel according to the degree of heroism or sacrifice being rewarded. The Y was the first letter of the name of Isabel of Castille, as written in the fifteenth century, and also the first letter of the word yugo (yoke) which was part of the Falangist emblem of the yoke and arrows. With specific connotations of a glorious imperial past and more generalized ones of servitude, as well as of unity, it was a significant choice of symbol. (Preston 129)

So you are a woman, but have subjectivized yourself as a person in an affirmation of love to the Falange. Your choice for the Falange is your personal freedom, but that freedom is, first of all, imperial freedom, as it commits you to a path of domination of others, the non-Falangists; secondarily, it is also imperial freedom to the extent that you sign up for your own domination, for your own servitude.   You choose a collectivity that will not take its eyes away from you. As a member of the Sección Femenina, it was your duty to serve the man, the men of the Fatherland, those fascists that you loved. Is Pilar Primo de Rivera and, with her, all the colleagues who thought up the Y symbol to sum up the free presence of Spanish women in the National Movement giving us the conditions of possibility of all political subjectivation? How does one become a person, politically speaking?

The community of the we is always the Y on your shoulder. The passage to the impersonal is the refusal of the Y. The uncanny choice for the freedom of all, for the freedom of the third person plural, is a choice to be made outside and even against political subjectivation. It is adrift, as it refuses every orientation beyond itself, beyond its own gesture. It embodies no calculation, no teleology, no program. It is rare—rarer than the emergence of the subject itself, which happens every time there is a free choice for community. It stands outside every moralism (as it never seeks personal advantage). It is time to retun the impersonal to the heart of the political. Everywhere we hear definitions of politics that presuppose political subjectivation as the goal. There is no doubt that political subjectivation is ongoing in every political process. But political subjectivation is in every case a function of the history of domination. The passage to the impersonal is the attempt to produce politics as the countercommunitarian history of the neuter.

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[Comment on following quotations from On Human Personality—select.]

So far from its being his person, what is sacred in a human being is the impersonal in him. Everything which is impersonal in man is sacred, and nothing else. 54

the impersonal and the anonymous 55

Two errors: the idolatry of collectivity, and the deceit of personality. Germany and France. 56

the human being can only escape from the collective by raising himself above the personal and entering into the impersonal. The moment he does this, there is something in him, a small portion of his soul, upon which nothing of the collective can get a hold. 57

Every man who has once touched the level of the impersonal is charged with a responsibility towards all human beings; to safeguard, not their persons, but whatever frail potentialities are hidden within them for passing over to the impersonal. 57-58

Forceful critique of rights in 60-61.

Writing in the middle of the Second World War, and writing against Personalism, understood as the most that liberal democracy can provide (against nazism and sovietism, against americanism, etc.)

Against, therefore, the notion of Human Rights, or of the Rights of the Person, staples of liberal democracy.

There is something sacred in every man, but it is not the person. 50

Every time that there arises from the depths of a human heart the childish cry which Christ himself could not restrain, Why am I being hurt?, then there is certainly injustice. 52.

The cry is for the most part silent, inarticulate. Being able to hear it and act on it is the task of democracy. Nothing else. Usually what goes under the task of democracy is directly contrary to it. A politics of privilege, based upon the person, upon the subject, etc.

Affliction is by its nature inarticulate. 65

At the bottom of the heart of every human being, from earliest infancy until the tomb, there is something that goes on indomitably expecting, in the teeth of all experience of crimes committed, suffered, and witnessed, that good and not evil will be done to him. It is this above all that is sacred in every human being. 51

If politics were taken seriously, finding a remedy for this would be one of its more urgent problems. 64

[This is, simply, I think, an absolutely important, novel understanding of the function of democracy, against the liberal paradigm.]

Thought revolts from contemplating affliction. 65

[This is the problem. So a politics to remedy affliction is always already a politics of the impossible. Problem of political theology. Problem of the supernatural.]

There is no fear of its being impossible. 66

In all the crucial problems of human existence the only choice is between supernatural good on the one hand and evil on the other. 66

Subaltern politics. 67

Genius against talent. Two screens: the screen of talent, and the screen of the collective. 68

Neither a personality nor a party is ever responsive either to truth or to affliction. 68

References to Plato’s cave and also to Descartes’s capacity for the infinite, and Levinas. 69.

The only way into truth is through one’s own annhilation; through dwelling a long time in a state of extreme and total humiliation. 70

Only then does one understand affliction. By letting oneself be shattered by it. Affliction as a way to freedom. 70

To be aware of this [the possibility of total loss] in the depth of one’s sould is to experience non-being. It is the state of extreme and total humiliation which is also the condition for passing over into truth. It is a death of the soul. 70-71.

Difficulties of listening to affliction, 71.

Need for grace, 71

Spirit of justice and spirit of truth are one. 72

Connection with beauty 72

Dangerous words, out of a providential arrangement. 76-77

there is no guarantee for democracy, or for the protection of the person against the collectivity, without a disposition of public life relating it to the higher good which is impersonal and unrelated to any political form. 77

Justice, truth and beauty are the image in our world of this impersonal and divine order of the universe. 78

[And then perhaps end with more from “Life’s Vertigo”–select, summarize]

Countercommunity

The significance of Benveniste´s essay on the third person is crucial, to the extent that Benveniste, in Esposito’s interpretation, has given us the grammatical conditions of possibility for the development of a sustained thought of the non-subject as the (logically) only possible thought of alterity: “Notwithstanding all the rhetoric about the other’s excess, in the confrontation between two terms, [alterity] can be conceivable only and always in relationship to the I—its other side and its shadow” (Esposito, Terza 129). If the I, confronting it, depersonalizes the you, it only does so to the extent that it awaits its own depersonalization in the reversal of the positions: the you always responds. The third person breaks away from the relationship between a “subjective person” and a “non-subjective person” by creating the possibility of a non-person: “The ‘third person’ is not a person; it is rather the verbal form that has the function of expressing the non-person” (Benveniste, quoted by Esposito, Terza 131). The third person, beyond the I and the you, always refers to the absence of the subject, even if it can simultaneously refer to potential subjects. It is constitutively impersonal, and it is because of it that it can have a plural: “Only the ‘third person,’ as non-person, admits a true plural” (Benveniste, quoted by Esposito, Terza 132).

It is from this position that a reading of Levinas opens up, not as a thinker of the third person, but rather as the thinker who could not bring himself to the exposition of his own radicality. We are used to thinking of the Levinasian face-to-face as the epitome of Levinas’s philosophical or antiphilosophical position. What Esposito’s reading brings out, accurately, is the fundamental impossibility of the second-person suture in Levinasian thought—something that Levinas himself recognized, of course, and at the same time left undeveloped.   Esposito says that the question of the third person is for Levinas both “the theoretical vortex and the point of internal crisis” of his thought (146).   But, far from neutralizing it into the I-you encounter, Levinas recognizes the very originarity of the face as the trace of a field of signification that breaks every binary relationship: “the beyond from which the face comes is the third person” (Levinas quoted by Esposito, Terza 146). The beyond, which for Levinas means beyond being, also therefore means beyond transcendence, or beside transcendence. But this is the key problem. In the recognition of the third person as the beyond of the face Levinas’s thought opens itself to an unthinkability whose key position at the limit of twentieth-century thought makes it all the more urgent for us.

It is the problem, not of the impersonal, but of the impersonal’s political import: the point or limit at which politics should no longer be thought of as contained in a dialogical structure is also the point at which politics abandons its all-too-human face in favor of a dimension able to affect, beyond and beside the third person and their infinite plurality, what Blanchot came to call the neuter for lack of a better term. Just like language “is spoken where a community between the terms of the relationship is missing” (Levinas quoted by Esposito, Terza 147), a countercommunitarian politics is a politics no longer structured in terms of friendship or enmity, no longer structured in terms of the interhuman relation.   Biopolitics finds its limit in the fallen dialogics of the subject/object relationship: it is the tendential application of technique to life (it is hence a technopolitics, but not the only possible one), for the purposes of an administration of life where life occupies the place of the object.   Biopolitical practice, always modelled on the person’s dispositif, is a practice of the master subject over against an object that constitutes it, and that by constituting it occupies the position of internal interlocutor. If the purpose of biopolitics is to make life, both organic and animal, sing to the tune of the subject, then it should be clear that no positive or affirmative biopolitics—all biopolitics is affirmative, even the Nazi kind: thanatopolitics is never but the dark side of an essential affirmation—will suffice (and this is something that Esposito may not be willing to concede). A radical politics of the third person, hence beyond or beside the person, hence anti-biopolitical, finds its point of departure in Levinas’s problem, his theoretical vortex and his point of crisis, which we can here only gloss following Esposito’s indications. If the other is to command radical priority, there can be no common ground between the I and the you—the face comes up from a region of radical separation, or the you would become just another aspect of the I. The other is not just a fold in a communitarian continuum, but the signal mark of an essential lack of community, and therefore the opening of and to a radical disymmetry. If the subject suffers expropriation in Levinasian thought, it is because the demand of the other presses upon it from a region incommensurate to community.   The experience of the you, when the you is not to be handled according to everyday linguistic convention but comes to us in the form of the face, radically, is then precisely at the same time the experience of that which can never be reduced to a you: an experience of the “third person,” or of what Levinas calls “illeity.”   Sensing the beyond of the face of the other is at the same time encountering the third person. But the third person recedes, and only seems to come in the form of its absence. It marks, in the first Levinas, a negative experience that might be referred to God as the Unreachable. But Levinas will later say: “Proximity is troubled and becomes a problem with the entry of the third” (Levinas quoted by Esposito, Terza 149).   The third is a problem: recession breaks proximity, and proximity can no longer suffice.   What is often ignored by Levinas’s critics is that troubled proximity, and not the ethical relation, is the site of politics, which means that politics is the region that opens up in and through the very impossibility of community, in the rupture of the immediate ethical relation.   It is through the very tension between proximity and its rupture (which is also at the very same time the rapture of proximity), or through the resistance to that tension (as the subject remains hostage to the other), that justice appears as the horizon of the political in the wake of the failure of the ethical relation to constitute itself as closed or unique horizon.   This is what organizes the political as an insurmountable contradiction between the infinite ethical responsibility for the unique other, which introduces a radical limitation in the universality of law, and the equally infinite demand for justice, which is a limitation of ethical responsibility.   Politics is for Levinas, to start with, this unstable field of relation created in virtue of the theoretical vortex that makes justice, as a demand that originates in the troubles of proximity, and ethics, as a demand imposed by the face of the other, equally unconditional. Esposito calls it a conflict between “partiality and equality,” which, he says, reverses “the language of the person . . . into the form of the impersonal” (152). The entry of the impersonal remains a problem because, with it, the subject is liquidated: not even as a hostage can it remain the source of agency. And this is something about which Levinas left but few indications.

Esposito claims that it was Blanchot who made it his business to develop the Levinasian point of crisis into the insight of the neuter, “against the hostility, or at least the incomprehension, of the entire philosophical tradition” (156-57).   Blanchot mentions a “relationship of the third kind” which is precisely the disaster of every dialectics, of every dialogics, as the relationship that interrupts reciprocity and that therefore opens the non-relationship. The neuter is a non-personal alterity for which Blanchot rejects the name of “impersonal” as still insufficient (since “impersonal” is grammatically still dependend on a notion of person). Blanchot is looking for a break of the semantic field that will not allow it to reconfigure itself around the usual categories: being and nothing, presence and absence, internal and external.   The third kind is the kind that enters no kind: and the neuter a word too much, which Esposito will link to the Levinasian notion of the il y a as it was developed in De l’evasion and De l’existence a l’existant. But for Blanchot the neuter is not primarily a site of existential horror; as the inevitable and destined site of existence, it is rather the “extreme possibility” of thought (159). What would be its political manifestation? A politics of the neuter is a politics of the third person in the sense already specified: an impersonal politics of the singular plural, a countercommunitarian politics of the they. Esposito’s contention is that only Foucault and Deleuze were able to advance Blanchot’s project. This is something that Giorgio Agamben has also sustained. As explained above, for Agamben the active category in the program for a philosophy of the future is the category of “life.” Esposito connects the development of the category of life in the later thought of Foucault and Deleuze to a basic Nietzscheanism in both thinkers—to their emphasis on the notion of “force,” which will be linked to an irreducible and untamable outside that is, however, and in virtue of its radical univocity, also our most intimate inside. “What is it that we are—beyond or before our persons—without ever taking possession of? What crosses and works us to the point of turning itself inside out if not life itself?” (168). Power, also constituted by life, and to the extent that it turns itself against the human, never has enough with the person as subject of rights, but must go beyond the person and its end, beyond death therefore, towards the capture of life itself. Life captures itself as power, but at the same time life exceeds itself as force beyond power. This is for Esposito the very possibility of an “affirmative biopolitics” (170) that he identifies with a new possibility of community, beyond the person, “singular and impersonal” (171).   “Life itself . . . constitutes the term on which the totality of the theory of the impersonal seems to be summed up and projected towards a still undetermined configuration, but because of that loaded with unexpressed potentiality” (179). A politics of the neuter is expressed in Esposito through his notion of a politics of impersonal life, even a biopolitics of impersonal life, that must lead, through the tapping of its unexpressed potentiality, not just beyond “the entire conceptual apparatus of modern political philosophy” (179), but towards a new community, impersonal and singular: a community of beatitude which is, finally, the beatitude of the animal, the goal of the Deleuzian “animal belonging” that receives full recognition in the last pages of Esposito’s book.   While fully endorsing Esposito’s deconstructive analysis of the person’s dispositif, I have already expressed my objection in the form of a reserve regarding the possibility of an “affirmative” biopolitics that would finally render the metaphysical separation between homo and persona, which also means, between person and animal, null.   Agamben’s The Open unquestioningly shares many of Esposito’s insights and advances the argument towards a more nuanced understanding of the political task at least at the theoretical level.

[Conclude]

Nota a Posthegemonía, o más allá del principio del placer. (Rubria Rocha de Luna)

En el artículo sobre Posthegemonía, o más allá del principio del placer se revisa el proceso de constitución política desde el proceso de identificación con el yo ideal propuesto por Freud cuando analiza la psicología de grupos. Con esto se refiere a que en el proceso de constitución política intervienen, desde su comienzo, catexis libidinales. Estas catexis permiten la formación del grupo y la posibilidad de seguir a un líder. La posthegemonía, por su parte, consiste en la interrupción de las catexis libidinales y la ruptura con la articulación hegemónica (que en los ejemplos de Don Quijote y Hamlet aparece como tragedia). Esta interrupción en el proceso de ligazón libidinal permite vislumbrar cierto límite entre política y teoría de la hegemonía. “El proyecto posthegemónico se sitúa en el límite de la invención de lo político, y busca lo político no como continuación o intensificación de la demanda hegemónica, sino como una práctica alternativa de imaginación posible.” (12-13) Desde esta perspectiva, la posthegemonía sirve para teorizar la idea de que, aunque en la constitución política intervienen procesos libidinales, la política va más allá de estos procesos. La propuesta de la posthegemonía permite analizar la política más allá del sujeto político. La práctica posthegemónica se constituye entonces como “un proceso sin sujeto ni fin” (14)

Ahora bien, en la constitución de la política existe la compulsión a la repetición de la que hablaba Freud. Esta compulsión consiste en tener la posibilidad de resarcir la situación vivida durante el trauma original, lo cual implica una pulsión de muerte. Esta compulsión es nombrada como compulsión al destino cuando es acuñada en términos sociales.

Así mismo, la compulsión a la repetición está ligada a la pulsión de muerte. En el caso de la posthegemonía “hay una compulsión demónica […] que condena al agente a buscar siempre su propia derrota en confrontación inerte con el destino […] la pulsión posthegemónica lucha contra toda muerte impuesta, es decir, contra la invención libidinal del otro, sujeto.” (18-19)

La compulsión a la repetición en la práctica clínica, permite al analista darse cuenta de que eso que se repite es el síntoma. Y el síntoma es la señal de que existe un problema y por eso la repetición. El síntoma, a su vez, funciona como una metáfora y por lo tanto puede ser leído.

A partir de estos términos, me parece interesante vincular la situación de México en cuanto al retorno del PRI y los eventos que se han presentado a partir de este regreso. Si el retorno al PRI funciona como la compulsión a la repetición, es decir, que hay una vuelta al evento traumático, es decir, al PRI de antes del año 2000 entonces, este es un síntoma de que el país no ha elaborado la situación traumática, que en este caso fue haber estado gobernado por este partido por alrededor de 70 años. Ahora bien, en el retorno quizás el pueblo mexicano buscaba resarcir lo que en otro tiempo no funcionaba y pensaba que dándole una segunda oportunidad al partido ya no haría lo mismo o que el pueblo estaba en otro momento y que no se lo permitiría. La situación actual no es la misma que hace cerca de 15 años, ni la gente es igual, sin embargo parece que México está dando un grito desesperado, lo cual funciona como síntoma. Pero ¿qué representa este síntoma? Quien lo sepa podría ofrecer un diagnóstico y posibles soluciones. Sin embargo, un síntoma social tiene otras implicaciones si se compara con un síntoma personal. En el caso de un paciente, éste puede decidir hacerse un análisis por su propia voluntad y, a pesar de las posibles resistencias, es posible ayudarle. En el caso de este problema social, las condiciones y sobre todo las ganancias secundarias, tanto del gobierno como del pueblo, hacen más complejo el problema y por supuesto, encontrarle una solución.

Javier Marías, Así empieza lo malo. (Alberto Moreiras)

La novela nueva de Marías mantiene el culto: siempre hay en ellas, subterráneamente, con la excepción de las dos primeras quizá, la llamada o el cultivo de una cierta adicción mimética que tiene que ver con la presencia de estilo. Las novelas de Marías construyen y alargan estilo como forma a la vez de interrogar el mundo y de estar en el mundo, guste o no.   Es decir, no sólo muestran sino que convocan a una forma de habitamiento desde lo que yo no dudaría en llamar moralismo salvaje.   O más bien, desde una forma de moralismo salvaje, un moralismo salvaje ya convertido en estilo y que va dejando traza. Esa es la traza que cautiva o indispone al lector.

El agente de estilo es en este caso un jovencito filólogo, o más bien licenciado en filología, que piensa desde el presente en acontecimientos ocurridos alrededor de 1980, en plena transición posfranquista.   En aquel año Juan de Vere (cuyo apellido no lo revela como descendiente del conde de Oxford que algunos pensaron pudo haber sido Shakespeare, sino que es sólo traza de algún abuelo con pretensiones que cambió el original Vera a De Vere, por capricho) actúa como secretario o ayudante de Eduardo Muriel, un director de cine capaz e inteligente y culto pero atrapado en las estructuras precarias de la industria cinematográfica del momento y así constantemente frustrado en sus intentos de gloria.   Al pasar mucho tiempo en casa de Muriel, Juan no puede evitar mezclarse con la historia de la familia y familiarizarse con los amigos de esta. Así, por un lado, recibe de Muriel un extraño y comprometedor encargo, que es que haga una investigación discreta sobre algo que, de confirmarse, sería gravemente perturbador de la amistad entre Muriel y el Doctor Van Vechten—este último un médico de cierta edad y reconocido prestigio en el Madrid de los largos años de Franco.   Por otro, no puede dejar de notar el maltrato que Muriel le da a su mujer, Beatriz Noguera, a la que parece querer, pero a la que insulta y menoscaba y ningunea de forma regular y constante.   La aparente contradicción entre la preocupación de Muriel sobre un presunto asunto de abuso de mujeres en el oscuro pasado del Doctor Van Vechten y su conducta cotidiana—es él el que, para cualquier observador, comete abuso cotidianamente con su mujer—dispara el conflicto central de la narración.

Sin revelar asuntos de la trama que puedan estropear por adelantado la experiencia de lectura de la novela puedo quizá decir que ese conflicto central se plantea como un conflicto entre lo público y lo privado, o más bien entre lo político y lo íntimo.   Haya hecho el doctor lo que haya hecho, pertenece al ámbito de su vida como médico de éxito en la posguerra, a su actividad médica y política en la medida en que el doctor se ocupaba de atender a hijos de los represaliados por el franquismo (el doctor es pediatra) fuera de los cauces institucionales.   Mientras que Muriel, que es descrito varias veces como un hombre recto y justo, parece escenificar en su relación con su mujer un sordo resentimiento castigador cuyo origen es secreto y estrictamente privado, que parece referirse al orden de lo imperdonable, pero que por otra parte desgarra y destruye a Beatriz, cuya relación con Muriel es de fidelidad absoluta y también de absoluta abyección.

El tema que unifica ambas historias es el de la lealtad y la traición.   ¿Es la traición lo imperdonable?   Si ser un hombre recto y justo significa no traicionar nunca, ¿qué hemos de concluir de un hombre recto y justo que, al sentirse traicionado, no perdona ya, y en su voluntad de venganza recurre a una traición perpetua, sorda y cotidiana?   Si ser leal se hace por amor, ¿qué ocurre cuando es el amor mismo el que recurre a la traición para poder consolidarse, para poder garantizar lealtad perpetua, para establecer condiciones duraderas de fidelidad real y no fantasmática?   ¿Es la lealtad lo imperdonable? O quizás no haya nunca ni lealtad ni traición, sino una indiferenciación radical entre ambas que no por ello absuelve de nada.

Son preguntas que quizá la filosofía pueda resolver cortando por lo sano, estableciendo éticas normativas con respecto de las cuales puedan establecerse condiciones de consistencia o inconsistencia en el comportamiento, y así capacidad de juicio, de aprecio o condena con respecto de cualquier actitud personal o incluso colectiva.   Si la actitud enjuiciable es colectiva, entonces la filosofía entra en su dimensión política—y la novela de Marías se hace cargo de la problemática en el contexto de la transición posfranquista en sus reflexiones sobre memoria y olvido, sobre verdad y mentira.

Pero a Marías—este es su estilo—no le interesa hacerse cargo resolutorio de esos problemas, que quedan siempre infinitamente complicados, especulados siempre en resoluciones contrarias, deconstruidos, disueltos en tensión dramática y abandonados al azar de su temporalidad en cada caso.   Quizás sea esta la función literaria, pero se trata en todo caso de una función literaria ejercitada desde un moralismo salvaje o ethos infrapolítico.   Las novelas de Marías raramente podrían considerarse novelas políticas, pero son siempre novelas morales, excepto que su desquiciamiento de cualquier receta de conducta posible no permite ser entendido como una renuncia a la moral, sino como intensificación moralista extrema (y así antifilosófica). Esta última acaba siendo la resolución en cada caso infrapolítica de todas las novelas de Marías, remitidas a una narración desnarrativizada a favor de la temporalidad individual, de la vida personal, que puede ser más o menos trágica, más o menos catastrófica, más o menos interesante, más o menos desgarrada, más o menos entregada al goce (sin que el goce admita definiciones pedestres en este caso), pero que se sitúa, también en cada caso, fuera de la enjuiciabilidad, más allá del control ético desde posiciones filosófico-politicas estables. Allá cada quien, en un contexto en el que ese “allá” no queda ninguneado ni relativizado ni borrado en su indiferenciación, sino que se convierte en todo lo importante, en lo decisivo, en la marca de una vida, y así en lo sagrado de cada una de ellas.   Y también de los que mueren.

No hay justicia “desinteresada y personal,” y así no hay justicia. Sólo hay prácticas de resentimiento o perdón, en sí infinitamente complejas, cada una de ellas con graves implicaciones, y con respecto de las cuales sólo cabe decir, con el título de la novela que es también su leitmotif shakespeariano, “así empieza lo malo y lo peor queda atrás.”   El moralismo extremo de Marías se concreta en un imperativo categórico de características estrictamente salvajes: “Haz lo que te vaya a causar menos tormento, aquello con lo que más puedas vivir.”   El precio de obrar así pertenece a lo trágico, al residuo de lo trágico en cada una de nuestras vidas.

Consignación a muerte. (Alberto Moreiras)

Ayer, en el seminario, cuando Thomas preguntó si era posible practicar pena de muerte sin ejecutarla, y si esa práctica habría de quedar sometida al mismo intento de deconstrucción que vemos en el seminario de Derrida, que empieza refiriéndose a la deconstrucción de la pena de muerte como decisión fundamental que apuntala todo el sistema jurídico en situación teológico-política y termina hablando de la remota posibilidad de una deconstrucción de la muerte misma, se nos quedó en el tintero o en el gaznate la referencia a lo que es más común, aunque nunca sea trivial, por ende a lo que constituye la normalidad infrapolítica más extendida en nuestras vidas y en las vidas de todos, que son las prácticas de mortificación o consignación a la muerte que se producen cuando una persona más o menos poderosa, quizá sólo por su influencia directa en un grupo, o un grupo de personas, deciden librarse de alguien–socialmente, lo cual es lo suficientemente literal sin llegar al borramiento explícito del cuerpo del otro.   No hay jurisprudencia al respecto, o apenas la hay, ciertamente no en Estados Unidos, aunque en Europa me dicen que empieza a haberla—se trata del viejo fenómeno del bullying o mobbing.   Todo mobbing (el bullying es tremendo, y puede ser muy destructivo, pero, al limitarse parcialmente a una persona y no contaminar la totalidad del espacio social de alguien, no necesariamente acarrea la destrucción psíquica profunda que causa el mobbing) es consignación a la muerte, y los que se complacen en ello son asesinos simbólicos, y los que no lo impiden ni se oponen, sabiendo que está en marcha, son cómplices materiales de un crimen que, sin embargo, sólo puede reconocerse como tal infrapolíticamente, porque en nuestro mundo está todavía por debajo del umbral de visibilidad, y no se reconoce como tal en esas cortes o tribunales o instancias cuya función, sabemos, no es la de hacer justicia sino meramente la de aplicar la ley o la regulación.

El seminario derrideano, La pena de muerte, no entra en esas consideraciones, pero yo diría que, apurando el argumento, también la consignación a la muerte simbólica, la mortificación social, constituye un “ejemplo perfecto” para el ius talionis reinterpretado por Kant o Hegel, si hubiera ius, cuando no lo hay. Pero algo me dice que, en su radicalidad salvaje, el ius talionis no siempre fue ius, y fue precedido durante siglos o milenios por prácticas sin jurisprudencia estable.   Se trata entonces de saber cómo portarse con respecto de prácticas infrapolíticas, es decir, que toman lugar por debajo del umbral de visibilidad que hemos definido, quizá con cierto apresuramiento, como siempre en cada caso umbral onto-teológico, con características asesinas o potencialmente asesinas o secretamente asesinas. Es desde el umbral onto-teológico, es decir, desde una cómoda instalación en él, que cualquiera se permite proceder a la destrucción social del otro, por tanto, del uno.

Y aquí hay que invocar una vez más el curioso quiasmo que descubríamos ayer, según el cual el estilo infrapolítico se ejerce siempre en cada caso desde un moralismo salvaje, sin fundamentación otra que la del cuidado de sí, pero está en posición de buscar imponerle condiciones estrictas a la política en cuanto tal, y así al derecho: desde la desfundamentación radical busca fundamentar, desde el desprincipio busca sostener principios.   Y es claro que no hay otro principio democrático, o principio demótico, que el que impone en cada caso prevenir la mortificación del otro, que es el uno.   Pero el estilo infrapolítico, precisamente al ser infrapolítico, vive en la impotencia.   No puede contemplar más que la impunidad atroz del que está del otro lado del umbral.   No puede intervenirla, excepto en muy raros casos, y siempre cuidando de no ser descubierto, de no ser atrapado por los vigías de la luz blanca de la heliopolítica.   Quizás esta sea la temática de Tu rostro mañana, de Javier Marías.   Pensar la impotencia infrapolítica es la motivación al sentido político.   Quizá no haya otra verdadera—en cuanto motivación de la política, en cuanto razón para dar el paso hacia la política, es ciertamente la más noble, la menos mercenaria o la menos falsa.

Chandler’s Inhabitation of Thought. (Alberto Moreiras)

Entering into the last weeks of the seminar I feel it is time to move towards some careful determinations that will, on the other hand, never have been careful enough.   The last three works we will read are Nahum Chandler’s X: The Problem of the Negro as a Problem for Thought, Javier Marías’ Los enamoramientos, and Roberto Bolaño’s 2666.   Those works were first thought of not just as examples, even exemplary examples, of infrapolitical deconstruction in place. They were also thought of as works that would help push the theoretical line, that is, that would advance it.   Take Chandler’s first chapter, on the notion of “exorbitance.”   I think we would be perfectly justified in claiming that exorbitance is an infrapolitical notion, to the very same extent that it posits the existence of fundamental problems that are and remain below a certain threshold of visibility in terms of the ethicopolitical relation; that, in fact, remain, as problems, below the threshold, and can only be brought partially, through writing, or naming, into the threshold—and this is what makes them problems.   The naming process solicits and destabilizes—in virtue of the postulation of exorbitance, once named, nothing in the ideological ethicopolitical relation, that is, within the assumed orbit, remains the same.

Perhaps infrapolitics simply names what remains or has remained below the threshold.   We could say that visibility should be taken in a large sense, and that it incorporates audibility—whatever is audible is also necessarily visible, and viceversa.   For Hegel sight and hearing were the two “theoretical senses.”   Touch, smell, whatever belongs in the haptic is infrapolitical (and smell is a haptic sense, because we only smell what we touch).   At some point Chandler talks about “the African-American inhabitation of what is usually called music” and says that we must “simultaneously appropriate and disabuse the heading of composer by refusing the supposed finality of its assumed contemporary distinction from performer” (56).   This leads him into posing, vis-à-vis what he names “the problem of the Negro,” the possibility of “another kind of inhabitation of the problem of thought as such in our time” (56).   It is clear that he is talking about a haptic inhabitation of thought that we may call infrapolitical.

Which brings up a problem that has been plaguing us over the last several weeks: what is, then, and finally, the political sense of infrapolitics?   Does it have one? I would prefer to think of it by reversing the question, and rather asking about the infrapolitical sense of politics.   One can imagine an otherwise perfectly reasonable, or relatively reasonable, political position that is however premised on stinking infrapolitics. In fact, they are everywhere, and they are even the norm in our societies—particularly as, more and more, they move into a state of affairs where politics is nothing but a superstructural component of what we saw, a few days ago, Esposito calling an economic theology that runs our lives.   So the political sense of infrapolitics is to create the conditions for the political demand regarding appropriate, that is, democratic infrapolitics—posthegemony is that attempt at incorporating infrapolitical demands as a condition of every acceptable politics.   It imposes conditions of possibility on democratic politics.   It is the thematization of conditions of possibility for democratic politics. It is much more than that, but it is that also.   And it is more than that because infrapolitics does not exhaust itself in its political demand—it is first of all the dream of “another kind of inhabitation of the problem of thought in our time.”

Another kind?   From what? The preliminary response to the what concerns the threshold of visibility that we have been calling onto-theology, and its different avatars and moments in the history of being.   Which is far from having stopped after Heidegger named it.

Is literature, or a certain kind of literary writing, predominantly haptic?   Literature is not the space of infrapolitics, but it is a space where infrapolitics can be thematized.   The hypothesis is of course that such is the case for certain segments of world literature—from Greek tragedy to Shakespeare to Baroque moralists to Paul Celan to Marías and Bolaño.

In fact, could we not say that, as haptic, as a resolute installation below the (onto-theological) threshold of visibility, whatever is infrapolitical reflection engages always and in every case with a form of savage moralism that cannot be contained by any ethics, because it represents the haptic underside of any ethics?

In any case, I think Chandler, Marías, Bolaño certainly move in that direction.