Marranismo y latinoamericanismo

Tratando de sacarle algo de partido a las discusiones de estos días motivadas por la sorpresa que produjo el artículo de Beverley comentado más abajo en este blog (no registradas en este blog, claro, porque han tenido lugar en otros canales), una primera conclusión es que, efectivamente, el llamado latinoamericanismo en humanidades parece estar dominado por un tipo de labor entre filológica y crítica, no teórica, ostensiblemente comprometida de forma eminente no necesariamente con la política sino con una voluntad política emancipadora a la que trata de servir.  Y no hay mucho más.  No aciertan a salir, o no se hacen públicas, otras posibilidades–no contestan la definición de Beverley, la aceptan, callan y otorgan. Lo decolonial cierra  o parece cerrar filas con las opciones hegemónicas o pro-construcción hegemónica y con el marxismo en términos generales, y viceversa, y todos acaban diciendo más o menos lo mismo a nivel de marco o de registro metacrítico.  Otra cosa es lo que cada uno haga en su escritura concreta con temáticas concretas.  Está bien: cada uno que haga lo que quiera.  Y ojalá les vaya saliendo de la mejor forma posible. 

Y luego está la opción atacada una y otra vez, la que acaba siendo condenada en esa especie de insólito testamento latinoamericanista que escribió Beverley en el que le dice a los estudiantes jóvenes: hacer lo que yo he hecho, solo más de lo mismo, pero sobre todo, hagáis lo que hagáis, no leáis a Moreiras ni hagáis caso de toda esa mierda de la deconstrucción, la infrapolítica, la posthegemonía, el marranismo y cualquier otro término que se saquen ellos del sombrero mágico de los conejos muertos–ni caso, solo silencio, solo muerte social, es inadmisible, debería prohibirse, etc.   Beverley en este texto se olvida de añadir que parte del consejo es que tampoco se lea a los amigos de Moreiras, que meterían al mismo diablo en la casa.  Pero supongo que se da por descontado.  Me pregunto cuáles serán las opiniones de los otros y otras que no se sientan identificados ni con lo que propone Beverley ni con lo que proponen aquellos que Beverley nombra, por metonimia, como enemigos, o simplemente como cadáveres.  Pero de momento han estado también callados, quizá porque teman la asociación metonímica ante la necesidad de tomar partido en algún sentido.  Hay mucho armario y mucho temor por ahí, en la tierra de la presunta libertad académica. 

Bien, es una opción, y cada uno tendrá que elegir en la tranquilidad de su casa o en la oscuridad de la noche.  Hay dos caminos, o hay al menos dos caminos–hasta que aparezca alguien para decir que hay otro camino u otros caminos.  A mí no me interesa, sería tedioso, criticar a Beverley ni a ninguna de esas tendencias identitarias cortadas por el mismo patrón y que llevan sesenta o setenta años repitiendo lo mismo, sin más que sintonizar más o menos con los problemas que la realidad histórica va trayendo pero sin modificar en medida notable el curso de preguntas (o el curso de respuestas).  Todo esto está hilvanado con viejas piedades tardo-criollas.  A fin de cuentas de una manera o de otra esa es la verdad final del latinoamericanismo, en la medida en que raras veces ha hablado de otra cosa.  Es una forma de entender el subalternismo, obviamente la más popular.  Siempre que eso tenga alcance emancipador real, sin embargo, aunque todavía a estas alturas esté por probarse, no hay objeciones.  Cada uno que haga lo que quiera.

La objeción es sin embargo a que tal opción sienta la necesidad íntima, y aparentemente incontenible, de prohibir alternativas.  ¿Por qué?  ¿Por qué se prohiben alternativas y quién autoriza a esa prohibición de alternativas?  ¿Sobre qué autoridad o qué soberanía?  Ese artículo de Beverley hace claro que el latinoamericanismo debe ser objeto de vigilancia policial a cargo de los autoproclamados guardianes–y lo que guardan es una identidad específica.  Hay que empezar a lidiar con la idea de que el latinoamericanismo está muy lejos de ser un espacio abierto en el que caben múltiples formas reflexivas, que se ha convertido ya sólidamente en una disciplina, y que su único objeto disciplinario es la identidad latinoamericana siempre que coincida con presupuestos hegemonizantes.  El latinoamericanismo debería entonces definirse como la historia de las variantes identitarias propuestas por el latinoamericanismo en su ostensible relación con la historia, aunque tal definición sea circular.  Pero el círculo no parece inquietarles.  Eso sí, añadiendo siempre la noción de que esa actividad circular y circulante debe apoyar prácticas políticas emancipatorias, y por lo tanto también crítica de lo visto como no-emancipatorio desde el punto de vista identitario. 

Los que, incluso manteniendo en el punto de mira la emancipación y la voluntad democrática, incluso manteniendo simpatías políticas en la izquierda, aunque no de forma indiferenciada, no se pliegan a eso deben ser expulsados.  Deben ser marranizados.  Deben ser consignados a la mortificación crítica y a la muerte social.   Está bien: aceptémoslo.  Por eso es hora para muchos de nosotros de abandonar el campo, de abandonar cualquier pretensión o voluntad de pertenencia, de dejar de hacernos cómplices en la propia subalternización y dominación, en el propio silenciamiento, y de pasar a otros espacios, supuesto que la universidad–el latinoamericanismo no es otra cosa que un discurso universitario–permita que existan o en la medida en que todavía los permite.  Los demás, que se queden dentro y que traten de hegemonizarlo como puedan: que hegemonicen la hegemonía, que logren transformar el discurso del saber en el discurso del amo–ya no importará, ya no nos importará a los que estemos fuera, como los marranos, a medias entre la propia voluntad de irnos y la necesidad de largarnos para no ser destruidos.  Ese es el precio de la libertad. 

A Beverley parece que le molesta profundamente lo del marranismo.  No lo entiende, dice que es una cosa europea que tiene que ver con renunciar a la metafísica de la presencia.  No lo entiende, pero no se puede forzar a nadie a entender nada.  No entenderá nunca que marranismo, infrapolítica y posthegemonía, por ejemplo, van juntas, y que las derivaciones internas entre ellas son determinantes.  Y que la deconstrucción también tiene mucho que ver con ello–por eso le toca tanto la moral, hasta el punto de hacerle olvidar otras cosas.  Como el análisis lacaniano, nunca mencionado pero funcional a todos los enigmáticos términos ya mencionados.

Pero lo que sí cabría decir es que esa multitud de los excluidos del latinoamericanismo identitario no repetirán la voluntad de exclusión de aquellos que no se ajusten a la identidad asignada.  Si el marranismo fuera dominante, cosa que puede acabar ocurriendo, sorpresas da la historia, el marranismo no excluiría a nadie.  Aunque quizá dejara abiertas las puertas para que los que no puedan tolerar la diferencia singular, la renuncia identitaria, se vayan cuando quieran, no vaya a ser que se sientan metidos en un túnel incómodo. 

2 thoughts on “Marranismo y latinoamericanismo

  1. Hace unos días me detuve en las primeras páginas de Homo Academicus, donde dice: “…nos veríamos tentados de retomar el título, Libro a quemar, que Li Zhi, mandarín que quebrantó el destierro, daba a ciertas obras autodestructivas en las que él presentaba las reglas del juego del mandarinato. No para lanzarles un desafío a aquellos que, no obstante tan dispuestos a insurreccionarse contra todos los autos de fe, consagrarán a la hogera toda obra percibida como un atentado contra sus propias creencias, sino para expresar simplemente la contradicción que se inscribe en la divulgación de los secretos de la tribu y que es tan dolorosa sólo porque la publicación (incluso parcial) de lo más privado tiene también algo de confesión pública.” Pienso que Marranismo e inscripción, aunque en un registro distinto al del socioanálisis, tiene algo en común con Homo Academicus; quizá ello sea Freud, o la comprensión de por qué, por qué se prohíbe, se vigila, y por lo tanto la comprensión de que esta violencia no tiene que ver meramente con individuos particulares, sino que es una propiedad inherente al “campo”. Como señala el afropesimismo: lo del racismo es superficial. De modo que, más allá del latinoamericanismo y su hegemonización banal tardo-criolla y racista, ¿se puede pensar/existir sin que ello suponga hacer trabajo intelectual, es decir, sin “campo”, sin habitus y sin poder o sin luchas por las distintas formas de capital? ¿Es la apuesta infra un intento de hacer justo eso?

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    1. Gabriela, todos los días pueden verse ejercicios de censura, de una forma o de otra (el último ejemplo es el documental sobre Lezama en PBS), en el supuesto “campo” cuyo denominador común es no solo la ideología identitaria tardo-criollista y casposa más o menos camuflada a veces como decolonial (no todo el trabajo decolonial es igual de malo que el de sus fundadores: alguna gente en él hace bien las cosas, y en principio no hay oposición alguna entre una perspectiva infrapolítica y una perspectiva decolonial) sino la falta de inteligencia y la falta de espíritu. Ante eso uno no puede sino retirarse, y recomendar a su gente (es decir, a la gente todavía viva, la gente que todavía tiene ambición de pensamiento—no son ya tantos) que también lo haga. Lo que tú llamas “lo infra” sin duda tiene que ver con esa ambición de retirada y éxodo con respecto de formas simbólicas de producción que encubren en sí una falta de libertad aterradora—aunque se profesen de izquierda (pero no lo son: “lo infra” encripta el que yo veo como verdadero lugar de la izquierda en el presente)—pero también tiene que ver con una voluntad de creación de espacio. Ian Moore ha insistido en la Gelassenheit eckhartiana como condición esencial de una politicidad otra, especialmente en vísperas del potencial fin del planeta tal como lo conocemos o lo hemos conocido, y hay un elemento de “dejar ser al ser” en lo infra—que en ese sentido no tiene inversión en ideologías represivas. Al mismo tiempo, “lo infra” es condición de una nueva politicidad que tiene que jugársela en la lucha. Como es el caso de lo que estamos haciendo ahora mismo, aquí y ahora. No sé si eso implica formación de habitus, participación en el poder, o deseo de capitalización aunque fuera bajo formas mínimas. Pero no puede conformarse con el mero apartamiento-es decir, no puede ser una forma de antipolítica.

      From: Infraphilosophy
      Reply-To: “comment+eiotazk-pupdc1uub1konyfh9jf@comment.wordpress.com”
      Date: Thursday, December 16, 2021 at 11:30 AM
      To: “Moreiras, Alberto”
      Subject: [Infraphilosophy] Comment: “Marranismo y latinoamericanismo”

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