Conversación posible VI. Respuesta a José Luis Villacañas

De los “dos tipos de conversación filosófica” que propone José Luis a mí siempre me ha interesado más el primero.  La “escucha” que él menciona (pero escuchar supone para nosotros leer, lo incluye) es lo decisivo, pues yo tiendo a desdeñar un tanto el “desacuerdo,” cuya explicitación sería el objetivo de ese segundo tipo de conversación.  Me interesa menos porque al fin y al cabo la escritura—tendremos que reconocer que la escucha en filosofía, o pensamiento, pasa fundamentalmente por la escritura—, cuando es real y no mera relación mecánica a opiniones diversas, no busca acuerdo o desacuerdo sino expresión.  Y pienso que nadie es quién para censurar la expresión de otros (en la medida en que sea real, como digo, y no mecánica o reactiva).   Claro que, entonces, lo decisivo es poder deslindar lo que no es mecánico ni reactivo en un procedimiento (y proceso) de escritura.  Y desde ahí uno puede interesarse o no, y desde luego hacerlo más o menos, aprender o concluir que no hay nada que aprender, y entonces apartarse.  Digo esto para dejar lo más claro posible que mi interés, el interés que tiene para mí esta conversación, no es el de la búsqueda de acuerdo o desacuerdo.  Es el de la clarificación de posiciones, el buen entendimiento, que es en el fondo el resultado de toda posible escucha real, desde el respeto a la expresión del otro.  Así que yo trato de escuchar el texto de José Luis, y seguiré haciéndolo.  Es una amistad de casi veinte años. 

Pero estamos en Navidad, y por lo tanto todos debemos darnos un respiro y no forzar la demanda.  Así que por el momento me limito a unas cuantas observaciones nada más, cuyo objeto es seguir buscando la escucha, no el acuerdo y mucho menos el desacuerdo. 

Primero, me gustaría insistir en que el texto de José Luis colgado en el blog la mañana del 24 de diciembre, por un error quizá motivado en el hecho de que se imprimió el texto pero no su título, me hace atribuciones de palabras y citas que no corresponden a mi texto, sino al de Sergio Villalobos-Ruminott.  José Luis corregirá esto, pero mientras lo hace—en última instancia esas correcciones variarán ligeramente la retórica de su texto, pero no afectarán a lo que yo quiero comentar esencialmente–, van estas notas:

  1. La aparente descalificación explícita en las frases de José Luis que motivan directamente esta conversación refiere a lo que, en este nuevo texto, constituye “determinada forma de cultura académica [que] no ha ni siquiera luchado por ofrecer categorías capaces de pensar el capitalismo neoliberal como modalidad.”   Cuando yo digo, en mi texto original, que esas frases “condenan toda la reflexión teórica de los últimos años,” y digo también que condenan, por ejemplo, los estudios culturales, la deconstrucción y el pensamiento italiano, esas tres instancias de pensamiento, que están mencionadas explícitamente en su libro, son para mí solo ejemplos—no ejemplos arbitrarios, claro, sino ejemplos en los que yo he hecho alguna inversión y que por lo tanto me convocan especialmente–que podrían ampliarse.  En cualquier caso la clarificación de José Luis ayuda—su objeción es al pensamiento (contemporáneo) incapaz de “ofrecer categorías capaces de pensar el capitalismo neoliberal como modalidad.”  Yo no tengo objeción a eso.  Por supuesto yo también tendría poco interés en formas de pensamiento que no hagan eso que José Luis dice que debe hacerse. 
  • Hay una vieja regla hermenéutica que dice que hay que entender un texto según su mejor lectura.  Por eso, aunque yo comparto muchas de las críticas que José Luis hace a estudios culturales, y me he pasado la vida haciéndolas yo mismo, no creo que esas críticas le hagan justicia a lo que podemos considerar la mejor lectura posible de estudios culturales.  Lo que José Luis critica es una forma caída y vulgar de hacer estudios culturales, quizá mayoritaria en el fondo, pues así son las cosas, pero hay otras de las que no creo que pueda decirse en justicia que no piensan el capitalismo neoliberal.  Hay muchos elementos en estudios culturales que resultan enormes contribuciones al pensamiento del presente, más allá de Raymond Williams, Stuart Hall, y la Escuela de Birmingham, como por ejemplo, y me quedo corto, estudios subalternos, queer studies, feminismo de segundo orden, afropesimismo, y tantas otras configuraciones de pensamiento cuyo ímpetu inicial no es otro que pensar el presente, y así el capitalismo neoliberal.
  • En cuanto a la deconstrucción, yo cuestionaría la noción de que esta procede al menos en parte desde “una mística del acontecimiento, inspirada por Heidegger.”  No es la deconstrucción la que busca una “capacidad” de la que se dice que “la capacidad de configurar genuinas fuerzas históricas emancipatorias alrededor de la categoría de azar y de acontecimiento es tan probable como que existe una providencia.”  Derrida fue explícito en que todo eso no tenía nada que ver con él, y repetidamente.  Y por lo tanto hay algo de injusto también en esa crítica.  Yo creo que la deconstrucción traza por lo pronto una forma de acercarse a la tarea de pensar que es consistente con el republicanismo democrático, aunque sin garantías árquicas predeterminadas por ningún dogmatismo crítico. La noción de doble registro, que Derrida desarrolla en el contexto de su lectura de Marx, indica absolutamente su voluntad de salida de la configuración económico-política presente al mismo tiempo que indica la necesidad, también absoluta, de luchar para que los principios constitucionales de toda democracia liberal se cumplan. Pero lo que prima es lo primero–sin lo cual la deconstrucción no tendría sentido alguno y podría sustituirse por cualquier voluntarismo biempensante.
  • Y en cuanto al pensamiento italiano, no puede reducirse a Antonio Negri y mucho menos a los best sellers que escribió con Michael Hardt.  Están Cacciari, y Esposito, y Agamben, entre otros y otras, y creo que es, nuevamente, algo injusto decir que sus obras no ofrecen categorías capaces de pensar y de ofrecer una propuesta de salida al capitalismo neoliberal.  No conozco el libro de Portinaro.
  • El mismo Derrida, en su seminario del 64-65 sobre Heidegger, el ser y la cuestión de la historia desmontó persuasivamente la noción de que toda la tropología del Ser sea en Heidegger otra cosa que una metaforización radical de la relación con la historia, a la que podrían oponerse otras.  Y cabalmente Derrida lo hace, por ejemplo con su noción de différance, que incluye una referencia a un Heidegger desmetaforizado y puesto al servicio de otra tropología, quizás en el fondo no menos ideológica que la primera, y así infinitamente desmetaforizable a su vez, etc.  Después de la inmensa labor que Derrida lleva a cabo sobre el texto heideggeriano, y otros también lo han hecho, de Schürmann a Sheehan, por dar dos nombres, ya no puede decirse que el tipo de reflexión impulsada por la obra de Heidegger esté basada en ningún tipo de “valencia metahistórica” y la “inclinación que produce a confundir un concepto con la estructura esencial de la realidad.”  No es eso de ningún modo lo que está en juego en la mejor lectura del pensamiento contemporáneo que reconoce y afirma su deuda con Heidegger.
  • Así que es posible que José Luis ponga el dedo en la llaga cuando dice que estamos usando diversos “sistemas de traducción.”   Desde el suyo quizá sea plausible decir que el heideggerianismo (que incluye la deconstrucción e incluye también lo más interesante del pensamiento italiano) “vive del sueño de la revolución y de la reversibilidad de la historia, que es lo que se esconde en la terminología del ‘nuevo comienzo,’ del ‘acontecimiento’ y todo lo demás, que solo puede ser persuasivo cuando se ignoran de forma radical las inexcusables dimensiones de continuidad que tiene y en todo caso debe tener la vida histórica que quiera cambiar.”   Pero desde donde yo veo las cosas esas frases son no solo poco persuasivas sino directamente contrarias a lo que está en juego; y quizá lo mejor que pueda decirse para centrar este problema de la traducción es que lo que está en juego es la forma particular de entendimiento de lo que se entiende, no solo en el primer Heidegger, o el segundo Heidegger, o en la deconstrucción, o en infrapolítica, como resultado de una tematización de la diferencia óntico-ontológica.  Para mí esta es la temática que permite vincular discurso capitalista y salida del discurso capitalista; es decir, es a partir de la tematización en pensamiento de la diferencia óntico-ontológica, desde tropologías y metaforizaciones que no tienen por qué seguir la vieja temática metafísica del Ser, o del Ser de los entes, que se abre una posibilidad de pensamiento que pueda remitir a un “comienzo otro,” que en cualquier caso no es ni tabula rasa ni mera revolución política.   En otras palabras, para mí, y no creo estar solo en ello, es la tematización postheideggeriana y postestructuralista de la diferencia óntico-ontológica la que permitiría, de forma sine qua non, “ofrecer categorías capaces de pensar el capitalismo neoliberal como modalidad.”   Por supuesto sin ninguna forma de “mítica del acontecimiento ni mítica de la revolución.”  Se trata de otra cosa. 
  • No puedo sino estar de acuerdo, aunque, como digo, no es esto lo importante, con las palabras de José Luis sobre heterodoxias remitidas al mundo de la vida, es decir, a la existencia singular y colectiva.  Pero también aquí veo yo cierta injusticia al negarles a Deleuze y Agamben su contribución a un pensar “ético,” en un sentido no moralista, como el que el mismo Heidegger expuso en su Carta sobre el humanismo, que permita pensar la relación entre vida y acción al margen de escolasticismos ontológicos.
  • Por último, para concluir con las palabras con las que José Luis concluye, considero que ese “cierto cansancio y fastidio por unos caminos del pensamiento que se han convertido en abstracciones y cuya función para orientar nuestras prácticas cotidianas para oponerse a la dimensión absoluta del capitalismo neoliberal,” caminos que José Luis dice no entender, son por supuesto eminentemente respetables.  Pero el quid está en que, de esos dos “sistemas de traducción,” la abstracción podría estar donde José Luis dice que no está, y la no abstracción en el otro lugar. 

Termino por lo tanto donde empezamos.  Creo que, con todos mis respetos, hay una impaciencia excesiva en esas descalificaciones de José Luis que yo he llamado algo injustas para expresar mi objeción a ellas.   José Luis puede decir lo que le de la gana, como es natural, pero al hacerlo da carta blanca a que otros también lo hagan. Mi interés no es invalidar su posición, sino ponerle al menos un reparo a su invalidación tendencial de corrientes de pensamiento que han sido para mí formativas y todavía lo son. Considero que es mejor abrir que cerrar el campo de pensamiento. Personalmente también pienso que la demanda política no es ni interesa que sea la demanda rectora o única (cuando lo es surge inmediatamente un problema político). Pero también creo, como en realidad siempre he creído, que hay un acuerdo general—a pesar de que no es eso lo que para mí motiva la escucha ni tampoco la amistad—de fondo a partir del cual convendría revisar la aparente oposición de esos sistemas de traducción que en realidad son modalidades expresivas, desde distintas formaciones y desde distintos lugares de enunciación. 

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