Conversación posible IV

José Luis sugiere que la discusión se plantee en términos impersonales, no ad hominem, lo cual me parece muy bien, porque en realidad solo eso permitirá una discusión libre. ¿Qué es lo que para mí está en juego en la reducción tendencial de posibilidades de análisis y pensamiento a la demanda estrictamente política? Para mí hay mucho en juego, lo cual no significa que yo pretenda que debe también haberlo para otros. Solo quiero proponer un cierto análisis que yo sé que es potencialmente relevante, así sea como motivo de desacuerdo, para todos los que se molesten en seguir estas notas de blog.

En última instancia la demanda política viene a ser una demanda de fidelidad a una causa. Es siempre manejable como variación mínima de una frase un tanto siniestra, que hace tiempo que domina el espacio intelectual universitario en Estados Unidos, por ejemplo, quizá también en España, aunque otros tendrán que confirmar o negar esto. La frase es: “Levántate y déjate contar.” Corolario: “Si no cuentas para mí, cuentas para otros.” El mismo Antonio Gramsci, luego daré la cita, decía que esta frase es el nuevo “imperativo categórico,” ni más ni menos. Pero es hora de decir que tal demanda es cualquier cosa menos democrática, en el preciso sentido de que siempre tiene detrás una amenaza: “Levántate y déjate contar . . . o serás condenado.” La tuvo siempre, me temo, pero hoy esa amenaza es visible para todos ya desde su grado cero, que es su impacto siempre presente y decisivo para tantos en las redes sociales. Claro, hay muchas formas de condena, más allá de las redes sociales, pero todas ellas acaban por resultar desagradables. El problema, además, y quizá sea este un problema estrictamente contemporáneo en el sentido de constituir una nueva vuelta de tuerca en una estructura de opresión, es que la frase hoy ya no se produce en la demanda de solidaridad o comunidad exclusivamente, sino que tiene un ribete siniestro adicional: “Y una vez te dejes ser contado, no creas por eso que pasas a ser de los nuestros: solo significa que serás examinado, evaluado, investigado en todos y cada uno de tus rincones, y ya veremos si esa inquisición acaba por revelar quién eres realmente, en la medida en que sería más normal que acabaras resultando un pendejo más, y no creemos que sobrevivas al examen con patente de corso. Sobre todo, no con patente de corso.”

La pregunta que habría que hacerle a esa demanda política es entonces una pregunta básica: ¿quién la produce? ¿De dónde sale? Gramsci lo tenía claro: sale del Príncipe Nuevo, esto es, del Partido Comunista. Esta es la cita:

“el moderno Príncipe, desarrollándose, perturba todo el sistema de relaciones intelectuales y morales en cuanto su desarrollo significa que cada acto es concebido como útil o dañoso, como virtuoso o perverso, solo en cuanto tiene como punto de referencia al moderno Príncipe mismo y sirve para incrementar su poder u oponerse a él. El Príncipe ocupa, en las conciencias, el lugar de la divinidad o del imperativo categórico” (Gramsci, Notas sobre Maquiavelo 31).

El sociólogo argentino de larga trayectoria izquierdista Emilio de Ipola dice en su artículo “La última utopía” que “todo esto reclama la vigencia de una nueva moral: una moral práctica que exige la subordinación de cada juicio y de cada acción a la voluntad indefectible del Partido Comunista, y para la cual es útil todo lo que es útil al partido y es justo todo lo que el partido ordena o simplemente considera justo” (219). Si esto es así, sugiere De Ipola, ello significa que la hegemonía gramsciana, y toda su teoría política, encuentra su fundamento último no en la producción política sino en una trascendencia suprapolítica y moralizante de carácter totalitario. Es un moralismo trascendental–Gramsci no habría usado la frase “imperativo categórico” de forma ligera–que busca informar cada aspecto de la vida singular de los ciudadanos. Por lo tanto, es una teología política en la definición misma de José Luis Villacañas en el libro del que se extrae la cita que estamos cuestionando (que puede verse más abajo, en Conversación posible).

Pero hoy nadie apela al Partido Comunista, o pocos lo hacen. No es el Partido Comunista el que hace hoy esa demanda. ¿Quién la hace, entonces? Para mí la respuesta es obvia, aunque puede estar determinada por mi vida cotidiana en Estados Unidos (otros tendrán que decir si también es obvia en sus lugares de vida): es el neoliberalismo progresista mismo. Es la versión aparentemente “contrahegemónica” del neoliberalismo, que comparte la misma estructura teológico-política y que en realidad viene a hacerse indistinguible de ella a partir de cierto nivel de exploración. Por eso la contrahegemonía no puede llegar a constituir una alternativa, y por eso convendría pensar más allá de la mera oposición político-ideológica que acaba proponiendo estructuras de existencia no necesariamente mejores que aquellas que pretende rechazar o dejar atrás y que están contenidas todavía por una relación ontológica, u onto-histórica, que no deja resquicio fácil.

Es difícil, va contra la autocapitalización misma, que es también el objetivo político directo del neoliberalismo progresista en un sentido solo aparentemente diferente del neoliberalismo que podríamos llamar normativo, conseguir oído para una tercera posición que conteste una situación política que la Gestell misma (uso esa palabra heideggeriana como nombre de la estructura onto-histórica del capitalismo extractivo de vigilancia en el que vivimos) impone como dividida en dos, la derecha neoliberal (y sus avatares neofascistas o moderados) y una izquierda hoy a la deriva en sus planteamientos biempensantes.

A mí me parece que este problema requiere atención, a pesar de que sé, con experiencia propia y larga, que no se le dará; que la izquierda biempensante seguirá encastillada en su moralismo, y que de ella cabe esperar todavía mayor radicalización y mayor ninguneo y silenciamiento de opciones de pensamiento alternativas, pero es una radicalización que no llevará a ninguna parte. Será solo más de lo mismo. Hasta que cambien las coordenadas y empecemos todos a darnos cuenta de que prepararse para un cambio onto-histórico que permita dejar atrás toda teología política es la misión política fundamental en el presente.

Como dije en un comentario a una de las entradas de blog de esta serie, la “espera activa,” que permitirá o permitiría una renovación adecuada de la izquierda, que por lo tanto tendrá o tendría que ser una izquierda otra y no la que tenemos, es en realidad también la noción marxista y marxiana clásica: no somos los amos de una historia del ser, tampoco en el sentido económico-social, y por lo tanto no dictamos voluntariosa o voluntaristamente las condiciones de nuestro cambio político. Por ejemplo, es claro que Biden no alterará las condiciones prevalecientes en la estructura neoliberal, etc., igual que no parece que lo vayan a hacer Sánchez e Iglesias en España. Así que “espera” remite fundamentalmente a una nueva dispensación histórica entendida como condición de posibilidad de cambio político real, esto es, revolucionario en algún sentido que por ahora permanece si no inimaginable, ciertamente inimaginado. Pero “activa” remite a la posibilidad siempre presente y siempre contingente de acción, que es todo lo que tenemos por delante. Tratemos, sin embargo, de que no reproduzca con demasiado descaro las condiciones teológico-políticas del neoliberalismo normativo. El término clave es el de “preparación.” Preparar un cambio real exige una larga labor de pensamiento que en sí debe ser transformativa. Pero ese cambio a nivel personal o existencial todavía no logrará un cambio en la estructura ontohistórica de la Gestell. Solo puede prepararlo.

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