La silla de Basilea

La frase en la correspondencia tardía de Nietzsche, cerca ya del desastre, cuando Nietzsche dice que preferiría ser profesor de Basilea que Dios, es todo lo contrario de arrogante, es verdad.  No es que Nietzsche se crea Dios, sino que sabe que su itinerario le lleva inexorablemente a un acto filosófico, o existencial, o subjetivo, que, si bien por una parte puede romper en dos la historia del mundo, puede también romperlo a él en múltiples fragmentos.  Y eso le excede.  No puede, por probidad, más que seguir su destino, pero le gustaría no tener que hacerlo y quedarse tranquilo.  En su silla de Basilea, abandonada hace tanto tiempo, desde la que podría haberse entretenido con pensamiento muerto, como tantos académicos.  

Pero ese no es su camino.  Su camino está marcado por la cada vez más cercana posibilidad de un acto de afirmación, cuyos hitos fueron el superhombre, o el eterno retorno, o la voluntad de poder, que ahora quedan atrás porque se abre ante él una posibilidad más nítida, y en esa medida tanto más peligrosa.  La afirmación total de sus condiciones de existencia, su acto de subjetivación final, puede tener en su contrapartida la más terrible desubjetivación, la locura, el desastre.  Su apuesta no es tanto por la dificultad de pensamiento—un pensamiento, en verdad, a 6000 pies por encima de todo lo académico, un pensamiento que lo aisla y lo arrincona y lo aparta de toda comunidad, un pensamiento cuya principal condición es el endurecimiento o la firmeza personal, de la cual depende su supervivencia–, sino solo por la búsqueda de una acomodación, una consistencia.  Por eso habría dicho en algún prólogo de La gaya ciencia que la filosofía era un malentendimiento del cuerpo, la filosofía de los sacerdotes, la filosofía nihilista.  ¿Cómo entender el cuerpo propiamente, cómo convertir el cuerpo en el lugar del pensamiento?  Su cuerpo doliente y maltrecho, en el que el pensamiento ocupa la posibilidad misma de salud, de gran salud, de salud no nihilista.  No es ni apuesta: solo aceptar su propia demanda, solo sustraerse a la prohibición de hacerlo, que es la que sigue todo el mundo.  No ceder en su propio deseo como probidad y modestia exorbitante del pensamiento—solo eso.  Apartando las consecuencias.

Y eso es lo intolerable.  Para los demás, pero también para él mismo.  Su insumisión a lo prohibido, de la que deriva su propio matema, su insurrección contra el sentido, su marranismo radical, es su sometimiento apropiativo a sus propias condiciones, y este es un movimiento que hace explotar la relación entre necesidad y libertad, que la revienta, dejando en su estela solo el rastro de un silencio inhumano.  ¿Última doctrina del ser?  Sí, última o penúltima, no importa, en la medida en que podamos entenderla como nudo borromeico: hay pensar, hay ser, hay cuerpo (y por lo tanto historia, y arte y política, ciencia, religión, amor, rencor), y la producción de verdad consiste en su precaria acomodación respectiva.  Por eso el acto de pensamiento en Nietzsche a un tiempo desubstancializa toda verdad y la sustrae a su definición, a su forzamiento en la lengua.  Sí, toca lo innombrable, lo indecidible, lo indiscernible, lo genérico—son esos los nombres del ser, sustraídos a su sacralización extática, sustraídos a toda interpretación, localizados en el nudo cuyo aflojamiento por cualquiera de sus lados implica su disolución, su ruina. 

No sé si conviene darle a ese acto el adjetivo “filosófico.”  Tampoco sé si la designación de “antifilosofía” le conviene.  Es un acto cuya radicalidad desmonta toda continuidad posible.  Es posible que la filosofía y la antifilosofía jueguen, en cuanto al acto mismo, el papel deslucido de comparsas. 

Mientras tanto los demás podemos aprender el precio de un exceso de consistencia, que no sería tan descabellado relacionar con el mal.  Toda consistencia es ya exceso, y así esa es una vía prohibida si queremos salvar la existencia propia, protegerla de su propia malignidad.  Pero ¿cómo hacerlo cuando ya no hay retorno posible a la silla de Basilea?   Nadie quiere ser Dios, y esa es la ventaja de lo demónico en nuestras vidas. 

De ahí la pereza, la desgana, el escepticismo. Mejor la reticencia cuando moverse en la palabra es moverse hacia el abismo. Aunque solo en ese abismo pueda encontrarse la posibilidad de averiguar por fin, pero a qué coste, por qué hay ser y no más bien nada.

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