Más sobre Nietzsche

Hay una película muy mala circulando en Amazon Prime, The Mercenary, en la que un soldado particularmente brutal y capaz de imponerse por sí solo a múltiples enemigos cae herido y viene a ser salvado de su muerte por un sacerdote colombiano.  En un momento de la película el sacerdote le dice al mercenario: “hay una razón para cada cosa.”  Esa es quizá la verdad última de la estructuración religiosa de la existencia, o el lugar en el que la estructuración religiosa de la existencia se identifica con la estructuración metafísica de la existencia, que es la formulada por Leibniz con su principio de razón suficiente:  nihil est sine ratione.  Supongamos que la destrucción de tal principio sea la tarea del pensador antimetafísico o postmetafísico, Nietzsche por ejemplo.  Su tensión más íntima habría sido la de liberar la vida de todo sacerdocio hermenéutico, en apelación al “filósofo Dionisos,” ya no un dios, solo un filósofo radicalmente antisocrático.  Querer ser Dionisos, Dionisos contra el Crucificado, implica autopostularse, desde el tiempo religioso por más que en su agonía efectiva, como el propio precursor.  El filósofo postmetafísico es un autoprecursor.  La tarea es la de buscar o perseguir el momento en el que la temporalidad metafísica—la temporalidad caída en la facticidad de un más acá todavía excesivamente hermenéutico, todavía excesivamente crítico, que busca el más allá del cese interpretativo, la absoluta liberación del azar—quede cancelada.  Ese es el matema, el acto propiamente filosófico, es decir, antifilosófico, si es verdad que la filosofía ha buscado desde su inicio suplementar la estructuración religiosa de la existencia. En ese momento ya el antifilósofo no podrá contarse más historias, pero no como limitación o imposibilidad sino como emancipación respecto de una narrativización esclava que, en cada caso y en todos los casos, responde a una pulsión hermenéutica negadora de la vida en su espontaneidad azarosa e ininterpretable.  La antifilosofía prepara la absoluta afirmación de la vida como azar—el momento en el que podría volver a ser posible afirmar que “lo mismo es pensar y ser,” para citar la vieja palabra parmenídea cuya torsión genera la metafísica en su totalidad histórica tal como la conocemos. 

La antifilosofía aparece así como el gesto más íntimo de la filosofía, no su contrario: en la antifilosofía la filosofía se potencia como autoprecursora.  Todo es preparación, la labor de pensamiento atiende a adelantar, desde la temporalidad metafísica, su suspensión última. 

Ese es el secreto de las obras que Nietzsche compuso en los meses anteriores a su colapso psíquico.  Tanto El crepúsculo de los ídolos como Ecce homo como Nietzsche contra Wagner como El Anticristo serían prolegómenos, actos de limpieza y de establecimiento de un claro en el cual operar esa última obra que partiría en dos la historia del mundo y que no llegó a escribirse (con respecto de la cual, en principio, El Anticristo habría sido un anticipo efectivo, un primer capítulo en cuanto tal sujeto a revisión). 

No fue por lo tanto el colapso psíquico sino la interrupción, no la culminación, de ese proceso.  El colapso interrumpió la suspensión antifilosófica de la temporalidad filosófica o metafísica o residualmente religiosa.  El colapso fue un accidente provocado por la sífilis terminal, provocado por un proceso fisiológico que la “gran salud” a cargo de la labor de pensamiento no fue capaz de conjurar.  Nunca sabremos cuál habría sido el acto antifilosófico nietzscheano, y no cabe sin impostura dar gato por liebre, pretender que el colapso mismo lo fue. 

Pero: concebir la tarea del pensamiento como la entrega a un proceso de preparación, de limpieza de todo residuo religioso, de desestructuración de la estructuración metafísica de la existencia, ¿no viene a ser en sí misma la estructuración más propiamente metafísica del tiempo?  Estructuración desestructurante, el proceso de autoprecurso todavía legitima un más allá que interpreta el más acá fáctico y existencial.  El proceso de autoprecurso todavía es moneda falsa.  Todavía depende secretamente del principio de razón suficiente. 

¿Cuál es la alternativa?  ¿Cómo concebir pensar fuera de la trampa hermenéutica?  ¿Cómo dis-torsionar la palabra de Parménides sin incurrir precursivamente en un fin de los tiempos que restituya la filosofía religiosa de la historia? 

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