Antes del fin. El parergon de Deseo de ser piel roja, de Miguel Morey.

De poder escogerme quiero por contemporáneos a Gerónimo y a Kafka.  Me sobran las palabras de la historia, la estúpida mansedumbre de Penélope.  (Miguel Morey, Deseo de ser piel roja [Barcelona: Anagrama, 1994] 54)

La cabeza empieza a ser ahora una ciudad que sólo mis pies conocen—ellos me conducen, y está bien.  Ignoran las razones de la línea recta y la distancia más corta—y en cambio saben bien la virtud de todos los rodeos, todas las bondades del desencaminarse.  Descarriado, aquí y allá, las cosas cambian:  la ciudad es otra a cada paso y, sobre ella, los cielos siempre están abiertos.  Lo sé.  Sé que muy pronto seré un hombre libre—libre incluso de amenazas como las de los monstruos de la noche.  Lo sé, igual que tras la muerte de la muchacha de blanco el vaquero sabía que nunca regresaría a casa—que no le quedaba ya sino la llamada de la pradera, y que era entre los pieles rojas donde tenía su última confianza de encontrar su tierra y su gente.  Ahora lo sé—con esa clase de certidumbre.  (Morey, Deseo 146)

Antes del fin

            Deseo de ser piel roja es una obra publicada en 1994, y así presumiblemente tiene poco que ver con la pandemia que nos cerca.  Pero el narrador, indecidiblemente figura del autor o criatura de ficción, aunque el texto se esfuerza por hacerle sentir al lector su tono autográfico, no deja de insistir en que su cabeza es una ciudad sitiada, una ciudad amenazada: “tu cabeza es siempre una ciudad en estado de sitio” (47).  Además, dice: “Los tiempos que comenzaron entonces fueron tiempos de vigilarse uno mismo, de escucharse, de hacerse caso: cuando sientes que vas aprendiendo algo de lo más elemental, como que es prudente no hacer más de una cosa a la vez, y hacerla lentamente . . . –y que lo más importante ahora es ser prudente” (87).  Para extraer una lectura apropiada al momento propongo prescindir de la estructuración edípica o postedípica del relato en sus nudos centrales (“las páginas que siguen no son, pues, una novela psicoanalítica,” se dice, quizás para poner en juego el mecanismo de denegación y mentir con la verdad [13]) y fijarme en esta nota solo en su parergon, en el marco, o en algunos aspectos del marco.  Eso concierne a “la espera,” al “tiempo muerto de la espera” (15) del que todos habremos aprendido algo en estas semanas. 

            El narrador busca libertad, aunque sea la libertad amenazada del apache antes de su exterminio.  Si el apache entiende “que la vida de la libertad no admite más que tiempo presente” (33) puede decirle al vaquero bueno “aléjate—los de tu raza se han condenado a habitar para siempre en una tierra que no existe, en algo como esa distancia que separa al rayo del trueno.  Han escogido ese camino donde siempre es de noche” (36).  El narrador busca, al tiempo esperanzada y desesperanzadamente, una “Fuga” (39), de la que sospecha: “como viviendo una realidad en la que no cabe soñar con que lo posible le abra algún día una brecha” (45).

            Esa brecha en lo real es lo que se espera en la “ciudad en cuyas afueras sólo florece el alambre de espino” y donde “los últimos hombres rojos deben esconderse en las catacumbas para bailar la Danza del Presente” (49).  Con respecto de ella “saber que se es alguien que huye [de la mirada fija de todos los hombres máquina (75)] ya es un modo de no estar tan perdido” (70). 

            Para evitar la pérdida, ¿qué se busca?  La meditación, a través de todas las historias, es sobre el tiempo de la vida, con respecto del cual uno es siempre un superviviente hasta que deja de serlo.  Por eso el narrador busca otro tiempo, un presente, así entendido: “Conoces hasta el fastidio ese pequeño desgarro sostenido que es comprender que nunca será el tuyo el acomodo propio de habitar una especie de instante interminable—la limpia inmediatez de quien está en el mundo como debe estar el agua dentro del agua.  Que estás condenado a no poder vivirte sino en la revocación de lo vivido, en la representación de una vivencia que ya está ausente como tal cuando la identificas, cuando la interpretas y nombras—que pertenece al instante, al segundo, inmediatamente anterior” (163).  Pero ese pequeño desgarro sostenido es cabalmente angustia originaria, generadora de todas las historias justo en el empeño de prescindir de toda historia, de fugarse, no del tiempo, sino del tiempo robado en el sentido.  La brecha en lo real atiende al intento de destruir el sentido para encontrar en su ruina, imposiblemente, su misma redención.  Por eso, del “sentido que late inminente en el intersticio abierto,” “algo te dice que sólo este intersticio te puede permitir escapar, cumplir con tu anhelo de hombre rojo por entrar en el presente” (199). 

            El momento de la más perfecta coincidencia entre la luz del rayo y el ruido del trueno es el momento de la aniquilación, pero el trecho que se extiende entre el rayo y el trueno es el tiempo terrible de una ausencia en el que se construye el sentido como compensación y consuelo.   Ese es, en cada caso, el tiempo muerto de la espera, el tiempo ya carbonizado en el camino nocturno de los hombres-máquinas.  No es el tiempo apache, excepto en el sentido de que ese es el tiempo destruido. 

            Es posible que la brecha en el tiempo muerto e improductivo que vivimos, en la espera, rescate la memoria improbable de un existir no entregado al “transcurrir curricular” (169), que es hoy la razón común de toda soledad singular.  Esa sería una prudencia plausible, una fuga política.    

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