Conversación posible VI. Respuesta a José Luis Villacañas

De los “dos tipos de conversación filosófica” que propone José Luis a mí siempre me ha interesado más el primero.  La “escucha” que él menciona (pero escuchar supone para nosotros leer, lo incluye) es lo decisivo, pues yo tiendo a desdeñar un tanto el “desacuerdo,” cuya explicitación sería el objetivo de ese segundo tipo de conversación.  Me interesa menos porque al fin y al cabo la escritura—tendremos que reconocer que la escucha en filosofía, o pensamiento, pasa fundamentalmente por la escritura—, cuando es real y no mera relación mecánica a opiniones diversas, no busca acuerdo o desacuerdo sino expresión.  Y pienso que nadie es quién para censurar la expresión de otros (en la medida en que sea real, como digo, y no mecánica o reactiva).   Claro que, entonces, lo decisivo es poder deslindar lo que no es mecánico ni reactivo en un procedimiento (y proceso) de escritura.  Y desde ahí uno puede interesarse o no, y desde luego hacerlo más o menos, aprender o concluir que no hay nada que aprender, y entonces apartarse.  Digo esto para dejar lo más claro posible que mi interés, el interés que tiene para mí esta conversación, no es el de la búsqueda de acuerdo o desacuerdo.  Es el de la clarificación de posiciones, el buen entendimiento, que es en el fondo el resultado de toda posible escucha real, desde el respeto a la expresión del otro.  Así que yo trato de escuchar el texto de José Luis, y seguiré haciéndolo.  Es una amistad de casi veinte años. 

Pero estamos en Navidad, y por lo tanto todos debemos darnos un respiro y no forzar la demanda.  Así que por el momento me limito a unas cuantas observaciones nada más, cuyo objeto es seguir buscando la escucha, no el acuerdo y mucho menos el desacuerdo. 

Primero, me gustaría insistir en que el texto de José Luis colgado en el blog la mañana del 24 de diciembre, por un error quizá motivado en el hecho de que se imprimió el texto pero no su título, me hace atribuciones de palabras y citas que no corresponden a mi texto, sino al de Sergio Villalobos-Ruminott.  José Luis corregirá esto, pero mientras lo hace—en última instancia esas correcciones variarán ligeramente la retórica de su texto, pero no afectarán a lo que yo quiero comentar esencialmente–, van estas notas:

  1. La aparente descalificación explícita en las frases de José Luis que motivan directamente esta conversación refiere a lo que, en este nuevo texto, constituye “determinada forma de cultura académica [que] no ha ni siquiera luchado por ofrecer categorías capaces de pensar el capitalismo neoliberal como modalidad.”   Cuando yo digo, en mi texto original, que esas frases “condenan toda la reflexión teórica de los últimos años,” y digo también que condenan, por ejemplo, los estudios culturales, la deconstrucción y el pensamiento italiano, esas tres instancias de pensamiento, que están mencionadas explícitamente en su libro, son para mí solo ejemplos—no ejemplos arbitrarios, claro, sino ejemplos en los que yo he hecho alguna inversión y que por lo tanto me convocan especialmente–que podrían ampliarse.  En cualquier caso la clarificación de José Luis ayuda—su objeción es al pensamiento (contemporáneo) incapaz de “ofrecer categorías capaces de pensar el capitalismo neoliberal como modalidad.”  Yo no tengo objeción a eso.  Por supuesto yo también tendría poco interés en formas de pensamiento que no hagan eso que José Luis dice que debe hacerse. 
  • Hay una vieja regla hermenéutica que dice que hay que entender un texto según su mejor lectura.  Por eso, aunque yo comparto muchas de las críticas que José Luis hace a estudios culturales, y me he pasado la vida haciéndolas yo mismo, no creo que esas críticas le hagan justicia a lo que podemos considerar la mejor lectura posible de estudios culturales.  Lo que José Luis critica es una forma caída y vulgar de hacer estudios culturales, quizá mayoritaria en el fondo, pues así son las cosas, pero hay otras de las que no creo que pueda decirse en justicia que no piensan el capitalismo neoliberal.  Hay muchos elementos en estudios culturales que resultan enormes contribuciones al pensamiento del presente, más allá de Raymond Williams, Stuart Hall, y la Escuela de Birmingham, como por ejemplo, y me quedo corto, estudios subalternos, queer studies, feminismo de segundo orden, afropesimismo, y tantas otras configuraciones de pensamiento cuyo ímpetu inicial no es otro que pensar el presente, y así el capitalismo neoliberal.
  • En cuanto a la deconstrucción, yo cuestionaría la noción de que esta procede al menos en parte desde “una mística del acontecimiento, inspirada por Heidegger.”  No es la deconstrucción la que busca una “capacidad” de la que se dice que “la capacidad de configurar genuinas fuerzas históricas emancipatorias alrededor de la categoría de azar y de acontecimiento es tan probable como que existe una providencia.”  Derrida fue explícito en que todo eso no tenía nada que ver con él, y repetidamente.  Y por lo tanto hay algo de injusto también en esa crítica.  Yo creo que la deconstrucción traza por lo pronto una forma de acercarse a la tarea de pensar que es consistente con el republicanismo democrático, aunque sin garantías árquicas predeterminadas por ningún dogmatismo crítico. La noción de doble registro, que Derrida desarrolla en el contexto de su lectura de Marx, indica absolutamente su voluntad de salida de la configuración económico-política presente al mismo tiempo que indica la necesidad, también absoluta, de luchar para que los principios constitucionales de toda democracia liberal se cumplan. Pero lo que prima es lo primero–sin lo cual la deconstrucción no tendría sentido alguno y podría sustituirse por cualquier voluntarismo biempensante.
  • Y en cuanto al pensamiento italiano, no puede reducirse a Antonio Negri y mucho menos a los best sellers que escribió con Michael Hardt.  Están Cacciari, y Esposito, y Agamben, entre otros y otras, y creo que es, nuevamente, algo injusto decir que sus obras no ofrecen categorías capaces de pensar y de ofrecer una propuesta de salida al capitalismo neoliberal.  No conozco el libro de Portinaro.
  • El mismo Derrida, en su seminario del 64-65 sobre Heidegger, el ser y la cuestión de la historia desmontó persuasivamente la noción de que toda la tropología del Ser sea en Heidegger otra cosa que una metaforización radical de la relación con la historia, a la que podrían oponerse otras.  Y cabalmente Derrida lo hace, por ejemplo con su noción de différance, que incluye una referencia a un Heidegger desmetaforizado y puesto al servicio de otra tropología, quizás en el fondo no menos ideológica que la primera, y así infinitamente desmetaforizable a su vez, etc.  Después de la inmensa labor que Derrida lleva a cabo sobre el texto heideggeriano, y otros también lo han hecho, de Schürmann a Sheehan, por dar dos nombres, ya no puede decirse que el tipo de reflexión impulsada por la obra de Heidegger esté basada en ningún tipo de “valencia metahistórica” y la “inclinación que produce a confundir un concepto con la estructura esencial de la realidad.”  No es eso de ningún modo lo que está en juego en la mejor lectura del pensamiento contemporáneo que reconoce y afirma su deuda con Heidegger.
  • Así que es posible que José Luis ponga el dedo en la llaga cuando dice que estamos usando diversos “sistemas de traducción.”   Desde el suyo quizá sea plausible decir que el heideggerianismo (que incluye la deconstrucción e incluye también lo más interesante del pensamiento italiano) “vive del sueño de la revolución y de la reversibilidad de la historia, que es lo que se esconde en la terminología del ‘nuevo comienzo,’ del ‘acontecimiento’ y todo lo demás, que solo puede ser persuasivo cuando se ignoran de forma radical las inexcusables dimensiones de continuidad que tiene y en todo caso debe tener la vida histórica que quiera cambiar.”   Pero desde donde yo veo las cosas esas frases son no solo poco persuasivas sino directamente contrarias a lo que está en juego; y quizá lo mejor que pueda decirse para centrar este problema de la traducción es que lo que está en juego es la forma particular de entendimiento de lo que se entiende, no solo en el primer Heidegger, o el segundo Heidegger, o en la deconstrucción, o en infrapolítica, como resultado de una tematización de la diferencia óntico-ontológica.  Para mí esta es la temática que permite vincular discurso capitalista y salida del discurso capitalista; es decir, es a partir de la tematización en pensamiento de la diferencia óntico-ontológica, desde tropologías y metaforizaciones que no tienen por qué seguir la vieja temática metafísica del Ser, o del Ser de los entes, que se abre una posibilidad de pensamiento que pueda remitir a un “comienzo otro,” que en cualquier caso no es ni tabula rasa ni mera revolución política.   En otras palabras, para mí, y no creo estar solo en ello, es la tematización postheideggeriana y postestructuralista de la diferencia óntico-ontológica la que permitiría, de forma sine qua non, “ofrecer categorías capaces de pensar el capitalismo neoliberal como modalidad.”   Por supuesto sin ninguna forma de “mítica del acontecimiento ni mítica de la revolución.”  Se trata de otra cosa. 
  • No puedo sino estar de acuerdo, aunque, como digo, no es esto lo importante, con las palabras de José Luis sobre heterodoxias remitidas al mundo de la vida, es decir, a la existencia singular y colectiva.  Pero también aquí veo yo cierta injusticia al negarles a Deleuze y Agamben su contribución a un pensar “ético,” en un sentido no moralista, como el que el mismo Heidegger expuso en su Carta sobre el humanismo, que permita pensar la relación entre vida y acción al margen de escolasticismos ontológicos.
  • Por último, para concluir con las palabras con las que José Luis concluye, considero que ese “cierto cansancio y fastidio por unos caminos del pensamiento que se han convertido en abstracciones y cuya función para orientar nuestras prácticas cotidianas para oponerse a la dimensión absoluta del capitalismo neoliberal,” caminos que José Luis dice no entender, son por supuesto eminentemente respetables.  Pero el quid está en que, de esos dos “sistemas de traducción,” la abstracción podría estar donde José Luis dice que no está, y la no abstracción en el otro lugar. 

Termino por lo tanto donde empezamos.  Creo que, con todos mis respetos, hay una impaciencia excesiva en esas descalificaciones de José Luis que yo he llamado algo injustas para expresar mi objeción a ellas.   José Luis puede decir lo que le de la gana, como es natural, pero al hacerlo da carta blanca a que otros también lo hagan. Mi interés no es invalidar su posición, sino ponerle al menos un reparo a su invalidación tendencial de corrientes de pensamiento que han sido para mí formativas y todavía lo son. Considero que es mejor abrir que cerrar el campo de pensamiento. Personalmente también pienso que la demanda política no es ni interesa que sea la demanda rectora o única (cuando lo es surge inmediatamente un problema político). Pero también creo, como en realidad siempre he creído, que hay un acuerdo general—a pesar de que no es eso lo que para mí motiva la escucha ni tampoco la amistad—de fondo a partir del cual convendría revisar la aparente oposición de esos sistemas de traducción que en realidad son modalidades expresivas, desde distintas formaciones y desde distintos lugares de enunciación. 

Conversación con Alberto Moreiras. De José Luis Villacañas

I

Deconstrucción y estudios culturales

Hay dos tipos de conversación filosófica. La primera es explorativa, sutil, propia de rumiantes. Uno escucha, puede que durante años, a otro filósofo amigo y extrae de sus palabras muchas inquietudes, formulaciones, puntos de vista a los que va respondiendo en silencio. Se trata de una recepción creativa. Al pasar sus palabras por el propio taller, por el propio estómago, se generan reacciones que contribuyen a definir la posición propia, manteniendo los contextos que le dan significado en un segundo plano. La segunda es franca y abierta y suele suceder cuando la conversación de primer tipo alcanza cierta densidad temporal, cierta intensidad de reacciones. Entonces uno comprende que es mejor poner encima de la mesa las cristalizaciones que han resultado de todo el proceso anterior. Esta segunda conversación ya no puede mantener en un segundo plano el contexto que hace significativas las interpretaciones y el propio camino. La vieja conversación que Alberto y yo mantenemos desde hace décadas ha llegado a este punto. Debemos esforzarnos por formulaciones que asuman que este camino recorrido debe explicitarse y exponerse con claridad. No veo la manera de que en filosofía la conversación pueda acabar. En realidad, filosofía es conversación interminable.

            Ha sido Alberto el que ha pedido tener esta conversación de segundo tipo y debo decir que tiene derecho a ella. Lo hace porque una frase de mi libro le parece que augura desacuerdos más profundos. Me planteo por eso contestarle no tanto como el que se dispone a revelar la lógica de un síntoma, sino sencillamente como el que se siente obligado a precisar su posición, el asunto crucial por el que es interpelado. Esa frase la ha transcrito Alberto en su primera tanda de comentarios y no la repetiré aquí. Hace referencia a la comprensión de la filosofía. La impresión que ha causado en Alberto es que mi frase “condena toda la reflexión teórica de los últimos años”. Luego desgrana ese todo de la teoría en tres elementos: estudios culturales, deconstrucción e Italian Theory. Respecto de este último elemento no voy a decir nada. He promovido y prologado el libro de Portinaro, Quitad las manos de Maquiavelo, y me sumo en cierto modo a las críticas del autor de este libro. Pero la crítica a la Italian Theory no puede entrar en lo que yo comentaba en mi frase, pues precisamente en ella hago referencia a la teoría que no aspira a cumplir con un objetivo, que es oponerse a la cultura neoliberal. La teoría italiana quiere hacerlo. Lo que mi frase dice, por el contrario, es que determinada forma de cultura académica no ha ni siquiera luchado por ofrecer categorías capaces de pensar el capitalismo neoliberal como modalidad. La Italian Theory de Toni Negri sí ha querido hacerlo, pero lo ha querido hacer a través de la propia condición de necesidad, propia de la tradición marxista. Es decir: el capitalismo es una modalidad solo porque se autotrasciende cuando llega a la subsunción real, tal y como siempre pensó el marxismo. La crítica de Portinaro es que esa perspectiva no hace sino eliminar cualquier tipo de praxis política genuina, la que abre el campo de lo posible, no la que acompaña espectralmente lo necesario. Esto es así porque lo que produce modalidad en la historia real es algún tipo de normatividad, de comprensión de que algo vale frente a algo. El azar no es ni necesario ni suficiente para producir genuina modalidad. La estrategia de Negri acaba con ella tanto como el materialismo del azar del segundo Althusser. La consecuencia es que el pensamiento que parece dirigir la alternativa mundial al capitalismo, en realidad, produce en casa a Salvini y a Bepi Grillo.

            Queda aclarar mi posición ante los estudios culturales y la deconstrucción. Me siento dispuesto a aclarar mi posición ante estas dos direcciones de la vida académica, aunque no acabe de reconocer que me refería a ellas cuando hablaba de “humanidades y ciencias sociales” que han destruido las herramientas teóricas que permiten pensar el capitalismo como un modalidad. ¿Ha hecho esto la deconstrucción? No, desde luego. La deconstrucción, frente al marxismo, rompe estructuras de aparente necesidad. Por eso ha significado un revolución teórica impresionante, que nos ha llevado a mirar de otra manera lo que se suponía que era el transcendentalismo del logos, el conjunto de elementos a priori sobre los que se suponía que estaba levantada la ratio humana. Nadie que haya perseguido el proceso de la filosofía deja de ver la justicia de esta respuesta, provocada por la incoherencia de la fenomenología, que integraba la aspiración de dar cuenta autoconsciente de la génesis formadora de todas las funciones racionales, y sin embargo no cesaba de introducir elementos completamente opacos e imposibles de tornarse evidentes. Sabemos de forma clara que en esos componentes opacos (como la Fundación originaria) estaba la pretensión y el medio para derivar las estructuras necesarias de la razón. Así, Husserl ofrecía un conjunto de sofismas y la deconstrucción hizo bien en liberarnos de ellos. Por tanto, la deconstrucción aumentó nuestro sentido de la modalidad. Pero de la misma manera que se aplicó a Husserl con éxito, no se aplicó a Marx. Los intentos de Althusser de regresar a un materialismo del azar no cumplen esa función y toda la mística del acontecimiento, inspirada por Heidegger, no hace sino producir una falsa impresión de apertura de la historia que es incuestionablemente ideológica, y que deja el campo libre a las fuerzas reproductoras de necesidad. La capacidad de configurar genuinas fuerzas históricas emancipatorias alrededor de la categoría de azar y de acontecimiento es tan probable como que existe una providencia.

            Respecto de la frase que se cita en la tercera entrega de Alberto (dejo para una ocasión posterior mi respuesta a Sergio Villalobos) quiero recordar que ahí digo ciertamente que considero legítima la batalla de la deconstrucción. El pathos dominante en el pasaje es desde luego trágico, dada la necesidad que siento de respetar el ingente trabajo de Habermas. La clave de la tesis reside en el aspecto fatídico que encierra tanto la historia de la metafísica, como en cierto modo el principio productivista marxista, que le es opuesto en su sentido, pero afín en la producción de necesidad que ambos encierran. Sin embargo, yo no sigo a Habermas, como sugiere Alberto. Como digo en el libro, Foucault respondió muy bien las inquietudes de Habermas, este no lo entendió, y eso es suficiente para que el terreno de juego lo marque Foucault. En un momento del libro recuerdo que Habermas no ha sido capaz de entrar a un verdadero análisis del neoliberalismo y de la biopolítica, lo que para mí es un gran problema. Como luego diré, creo que debemos abandonar el esquema habermasiano de normatividad. Su ética discursiva me parece utópica y gnóstica la diferencia entre mundo de la vida y normatividad reflexiva, tanto como la que propone entre facticidad y validez, y por tanto su capacidad de mediar con el mundo de la vida me parece inviable. De modo expreso digo que El discurso filosófico de la modernidad es su peor libro. Habermas aparece en el libro como el adecuado punto de partida, pero como el punto de llegada.

            Los estudios culturales es otra cosa, por supuesto. Su proliferación fue de tal índole que no presentaron fronteras definidas. Por supuesto, ninguna inquietud de principio. Max Weber reunió todas las ciencias humanas y sociales bajo el rótulo de Kulturwissenschaften. Sin embargo, él incluyó una serie de condiciones y presupuestos metodológicos que se han olvidado. Con ello, se ha producido un campo especialmente amorfo. Todavía en el contexto de los estudios subalternos, los estudios culturales tenían que encuadrarse dentro de ámbitos sociales y debían hacer referencia a los intereses de comprensión del sentido del presente. En este campo, los estudios de Raymond Williams sobre las relaciones culturales entre campo y ciudad eran formidables y los leímos con gratitud en la edición de Sarlo. “A los trabajadores rurales que fueron mis abuelos”, decía Williams al inicio de su libro. Eso no era fetichismo, sino el esfuerzo por comprender la evolución de una sociedad en su conjunto y un lugar en ella. Pero pronto los estudios culturales se liberaron de este condicionamiento sociológicos, que contribuían a entregarnos tipos humanos enteros capaces de enfrentarse a un destino histórico, y se desplegaron en estudios parciales que reflejaban los intereses afectivos y de identidad de las personas que investigaban con ellos al margen de todo el sentido profundo de la sociedad estudiada y de la sociedad que observaba. Y eso si no es que buscaba en todo caso la aventura propia del antropólogo clásico, descubrir la fascinante pluralidad de los sentimientos humanos sin otra aspiración que la identificación de todas las variaciones de lo humano, sin los marcos adecuados para comprender su significado y su sentido para nosotros. La fragmentación de los discursos, las apelaciones a las identificaciones fetichistas, la búsqueda de objetos de saber excéntricos, puntos de llegada posibles de una subjetividad ansiosa de lo inédito, fue la consecuencia necesaria. Así se llegó a la tesis de que lo social no existe, de que no hay otra cosa que espacio discursivo en el que lo único que permite anclar y extender la circulación del significante es el sistema psíquico vacío de él. Por supuesto, nunca era así, pero se ofreció suficientes evidencias para que Laclau extrajera esa conclusión y organizara el pensamiento de que lo político funda lo social. Se olvidaron las cadenas institucionales, las estructuras burocráticas, las ordenaciones reales (judicatura, iglesias, universidades, empresas, industria) que condicionan el significante desde lugares sociales preestablecidos. Ese olvido fue la oportunidad para que el neoliberalismo estableciera su agenda y lo ocupara todo. En fin, mi problema no son los estudios culturales pues somos seres de cultura, sino su práctica desvinculada de referencias al todo social que siempre las acoge, a la historia que las determina y que les impone supuestos existenciales de índole muy plural.

II

Heidegger atrás

            Así que es posible que la frase que interpela a Alberto sea idiosincrática. Pero debemos también reconocer que quizá pueda encubrir el hecho de que aquí interesa especificar el sentido del trabajo teórico. Como bien ha observado Alberto, la frase hace sistema con el libro. Cuando se afirma hacer historia conceptual del presente, por supuesto que se dice algo preciso que no es deconstrucción ni estudios culturales. Para mí, formado en Kant, el pomposo nombre de ontología debe ceder a una analítica de los conceptos que usamos de índice y factor. Por su propia condición, esos conceptos son producciones históricas, tienen su momento de emergencia y su contexto de sentido, registran cambios fruto de su uso plural. Eso ya me coloca en la inmanencia de la historia y me prohíbe el uso de categorías que conecten de algún modo con la trascendencia. Eso no significa que desprecie otros campos de estudios. Ni mucho menos. Incluso en sus formas más lejanas de las condiciones que propongo, no diría yo que no se deban leer este tipo de trabajos. Para el que quiere aproximarse fenomenológicamente al presente y caracterizar el sentido de los conceptos que usa, todo lo que produce el presente adquiere un poderoso significado, ya sea como índice o con factor, como experiencia o como expectativa, como diagnóstico o como pronóstico. Cada uno tiene su contexto retórico que condiciona su significado. Pero hay algo que todo el que quiera hacer esa ontología del presente, que es la de la historia conceptual, debe cumplir: considerar su objeto de estudio en su condición histórica, su valor relativo, su tiempo de emergencia, su contexto de significado. Por supuesto que uno puede y debe seguir vinculado a elementos abiertos del devenir histórico. Pero creo que jamás debe dar por sentado que su vínculo obedece sencillamente a que sus conceptos responden a la esencia de las fuerzas reales y por eso tienen valor necesario y metahistórico. Ahí ancla mi reluctancia a emplear el término “Ser”, por su intrínseca valencia metahistórica y por la inclinación que produce a confundir un concepto con la estructura esencial de la realidad.

            Esto es lo que resumo con la frase “Heidegger queda atrás”. Su terminología ha pasado a ser la retórica de un pequeño grupo mundial de virtuosos teóricos. Yo no lo frecuento por eso, sin embargo. Puede haber elementos muy centrales en los virtuosos teóricos. No la frecuento por otra cosa. La tradición de la que procedo abandonó hace mucho la cultura del Ser y el supuesto de que la filosofía, e incluso el ser humano, es el camino hacia el Ser. Este gesto, que procede de Brentano, y que proyectó el arcaísmo del pensar escolástico sobre la modernidad alemana tardía, no es sino un fenómenos más de la peculiaridad alemana de finales del siglo XIX y principios del XX, que tiene su raíz más precisa en la respuesta católica a la Kulturkampf luterana. Esa respuesta generó muchas ambigüedades, como la de configurar un “campo católico” en el que se suponía que militaban Husserl, Scheler, Heidegger, Carl Schmitt y algunos otros, y que cuando se le conoce de cerca no es sino un completo conjunto de malentendidos. No son menores los de Schmitt que los de Heidegger, desde luego, y nadie que no conozca esta momento puede comprender lo que ha sido el destino de la filosofía del siglo XX.

            Pero justo cualquiera que conozca este momento se da cuenta de que produjo la metamorfosis de la cultura de procedencia católica en un dispositivo teórico que se vinculó de forma todavía más firme que el luteranismo oficial a la política del Reich, antes de la guerra, y a una política restauradora del Reich después de ella. Una de las características fundamentales de esta ofensiva católica fue que se hizo con todas las herramientas de la cultura protestante oficial, a la que hizo coronar con elementos procedentes del pensamiento católico. Así, Schmitt se hizo con toda la tesis específicamente prusiana de la doble espada en manos del rey, al modo del Leviatán, pero mostró con toda claridad que el modelo teológico político se debía referir al papado. La implicación existencial católica podía transferirse a la intensificación existencial en el seno del Estado que heredaba la constitución de la historia sagrada como Cristo/Anticristo, amigo/enemigo, kathechon/acelerador. El dispositivo tenía como misión implicar a los católicos en la divinización del Estado. Heidegger, por su parte, se hizo con todas las categorías del pensamiento sociológico de la época. Su deuda con Simmel y con Weber es innegable y ha sido estudiada. No hay que olvidar que su verdadero maestro era Rickert, íntimo amigo de Weber y su filósofo de referencia. Su crítica a la teoría de los valores fue la puerta por la que mostró su apuesta por el Ser. Su filosofía se resume por aquel tiempo en Ser frente a Valor. La operación de Heidegger, parecida a la de Schmitt, consistió en mostrar que todo este pensamiento social no producía más que inautenticidad y que sólo el viejo Ser de la escolástica podía generar existencia genuina y auténtica, en cierto modo lo que buscaba Schmitt, aunque ahora lo específicamente católico era el Destino que enviaba el Ser. En todo caso, los dos pudieron implicarse en lo que consideraban la regeneración de la autenticidad alemana.

            En su segunda entrega, Alberto muestra que lo que yo ofrezco como fenomenología del presente neoliberal ya se encuentra en Heidegger. Como he dicho, sería el último en negar la formidable cristalización de saber sociológico que observo en el dispositivo filosófico de Heidegger. Pero Heidegger pertenece a otra época. La Stimmung dominante en su comprensión epocal no es tanto el terror, ni la precariedad, sino la inautenticidad, el man, la forma específica de la cultura de masas que había comenzado a definir Walter Rathenau. Lo que Heidegger llama Gestell, se parece como dos gotas de agua, a la stahlharten Gehäuse weberiana, que Parsons tradujo por iron cage. Como se parece mucho el artículo sobre La época de la imagen del mundo a la tesis de desencanto, intelectualización, racionalización, calculabilidad, etcétera, de Weber. Para ambos, este conjunto de fenómenos solo permitían la vida al coste de su reducción a una egiptizanización de escribas, de especialistas sin espíritu y de estetas sin corazón, de literatos diletantes y de políticos amateurs que se ganaban el pan vociferando. Pero al contrario de Heidegger, Weber si dijo mucho sobre esa stahlharten Gehäuse y el capitalismo y desde luego ofreció opciones que debemos colocar en el pasado, porque algunos de sus contextos de industrialización, fordismo, americanismo, socialización, ética de la ciencia y de la política, realmente ya no se dan. Weber también queda atrás. Sugiero que muchas de las cosas que han sostenido nuestra conversación residen justamente en que, como dijo Schmitt con su malevolencia característica, Heidegger traduce a un bello alemán arcaico las precisas nociones teóricas de Weber. Y eso hace que tengamos un sistema de traducción en muchas ocasiones.

            Pero de la misma manera que protestaría si Weber se considerara como el léxico sociológico definitivo, protesto cuando se extrapola la estructura categorial de Heidegger sobre el presente. Esa moda de la diferencia ontológica aplicada a los fenómenos de la política, que ha hecho fortuna, con las diferencias entre política y policía, y todo lo demás, me parece profundamente equivocada. Vive del sueño de la revolución y de la reversibilidad de la historia, que es lo que se esconde en la terminología del “nuevo comienzo”, del “acontecimiento” y todo lo demás, que solo puede ser persuasivo cuando se ignora de forma radical las inexcusables dimensiones de continuidad que tiene y en todo caso debe tener la vida histórica que quiera cambiar. Hoy por hoy, esa mítica de la revolución ha servido al neoliberalismo y sirve al nuevo fascismo, que anhela más que cualquier otra cosa desprenderse del fastidio que le produce  las coacciones de la realidad. Pero por debajo de esa mística, la más poderosa continuidad ata los sistemas burocráticos tradicionales weberianos con los nuevos neoliberales, más allá de toda funcionalidad racional, pues no tiene como misión la racionalidad, sino el dominio del ser humano.

            Es seguro, como sugiere Alberto, que Heidegger estuvo atento a los fenómenos mundiales o planetarios en los años 50. De esto no tengo duda. Pero tengo mis dudas de que el Andenken o la Besinnung sea una “respuesta clara a la Gestell epocal” tal y como observamos la hegemonía neoliberal. No desde luego en el sentido de que afecte a un nuevo comienzo epocal. Los acontecimientos del pensamiento no son por sí mismos acontecimientos en los mundos históricos. Esa es la cláusula anti-idealista de la que hablaba antes. Los pensamientos acerca del Ser no son, en el mejor de los casos, acontecimientos del Ser. Eso es lo que dijo Blumenberg al hablar con cierta ironía del McGuffin del Ser. Los pensamientos acerca de Kaplan en Con la muerte en los talones no son acontecimientos de Kaplan. Mi primer escrito se titula Kant sobre la noción de Existencia y de ahí se deriva el argumento. Ser no es un predicado. Tampoco un sujeto lógico. Esa es la clave de la negativa de Wittgenstein a habla de él. No puede entrar en un frase.

            No deseo confundir mi crítica a Heidegger, con la por lo demás legítima crítica en términos de su complicidad con el nazismo. Hablamos de otra cosa. En mi visión de las cosas, el pensamiento solo prepara más pensamientos. Mi dificultad con la segunda entrega de Alberto invoca y requiere desarrollos que no están en mi librillo y que aquí solo puedo sugerir. Puedo aceptar que onto-teología y teología política tengan rendimientos parecidos. Puedo creer que la teología política sea una “especificación ontoteológica”. Teología política es una aspiración histórica constante del poder, es verdad, y quizá el modelo de pensamiento que encierra, el pensar de la unidad, sea ontoteológico. No lo discuto, aunque en el caso del neoliberalismo no hay Dios ni Uno sino solo procesos. Aquello pudo valer para los fenómenos que estudia Assmann, pero no para el neoliberalismo. Pero la clave efectiva de la teología política es histórica y consiste en mostrar el modo específico de dominación que en cada caso se pone en marcha, sus secuencias, sus continuidades, sus innovaciones, el regreso de otros estratos de tiempo. El neoliberalismo como teología política no es relevante como enunciado, sino como punto de partida que oriente en una fenomenología del mundo de la vida que pone en marcha. No hace falta ser demasiado agudo para decir que Heidegger, sobre todo el segundo, se separó del compromiso inicial de descripción de las realidades concretas de los mundos históricos y que ese era en cierto modo un efecto de la diferencia ontológica y de la concentración en lo que por principio no puede ser objeto de fenomenología alguna, el Ser. Aquí la tradición escolástica gnóstica venció a la moderna orientación husserliana-weberiana mundana y por eso algunos discípulos de Heidegger tuvieron que aspirar a una fenomenología de la historia.  

III

Daleben, no Dasein

            Mi punto sobre cómo entender nuestro oficio pasa por apostar por una refuncionalización del pensamiento que procede de exigir que recupere una dimensión mundana. No creo que el pensamiento sea el terreno privilegiado del acontecimiento. El pensamiento es algo bastante secundario en la historia. Esa creencia idealista, que consoló a generaciones de filósofos alemanes, no es la mía. Mi apuesta por el pensamiento de Blumenberg reside en la centralidad de la categoría, por supuesto husserliana y heideggeriana, de Lebenswelt. El pensamiento es funcional respecto de un Lebenswelt. O por decirlo al estilo de Weber: el pensamiento con sus abstracciones siempre le queda todavía el camino de encontrarse y confrontarse con los hombres vivientes (die lebendigen Menschen). Para mí, la categoría fundamental no es Ser sino Vida. Y por eso reelaboro el sentido del Dasein desde el sentido alternativo de Daleben. Creo que la manera en que Heidegger y Scheler reaccionaron contra Plessner, y su exitosa conspiración para que no pudiera alcanzar una cátedra de filosofía, reside en que ambos comprendieron que su libro Stufen des Organischen constituía un verdadero desplazamiento de sus cuestiones, y tuvieron que llegar a lo más bajo, a denunciarlo por plagio, cuando solo tenemos que ver El puesto del hombre en el cosmos y Kant y el problema de la Metafísica, para darnos cuenta de lo distante que estaba de ellos. Lo que el ser humano lleva en sí, pero que está mucho más allá de sí, no es el Ser, sino el camino que la vida ha hecho hasta llegar a él. Esa carga biológica es el verdadero Ello y algunas veces Freud perece reconocerlo así. Esta cuestión, que estuvo en su inicio vinculada a von Üxküll fue decisiva. Claro que Heidegger se tuvo que ocupar de ella, pero su pensamiento sobre el asunto, que Agamben ha visitado en Lo Abierto queda muy por detrás de Plessner. En todo caso, todos estaban en este asunto, sin descontar a Ortega.

            El resultado de todo esto es que la vida no es posible sin mundo de la vida. Este sencillo hecho cambia todas las cuestiones y sugiere que el significado de un pensamiento pasa por mostrar su relación con el mundo de la vida. Esto significa mostrar una transformación de la experiencia estabilizada en él, un distanciamiento, una modalidad, un regreso, pero su verdadero significado teórico reside en que pueda producir de algún modo una nueva estabilización del mundo de la vida. Producir modalidad no es producir un pensamiento desvinculado de la realidad de un mundo de la vida, sino culminar un contingencia respecto de él. Es producir un mundo de la vida alternativo. El pensamiento abstracto en sentido teórico funciona aquí de manera pragmática, como estabilizador de estabilizaciones, estabilizador de prácticas de estabilización, pues un mundo de la vida solo cambia cuando las categorías que estabilizan al antiguo tienen alternativas suficientemente claras desde un punto de vista lógico. Esto no lo hace la mítica del acontecimiento, ni la mítica de la revolución, sino el modo en el lento proceso en que evolucionan los sistemas vivos. El neoliberalismo y el capitalismo no será modalidad cuando pensemos una alternativa abstracta, sino cuando transformaciones muy reducidas del mundo de la vida, estabilizadas por si mismos en tanto prácticas, queden ampliados por las categorías que lógicamente las esclarezcan. Por eso he subrayado la relevancia de la práctica divergente, de la heterodoxia, de la variación mínima, porque son las auténticas modalidades que se acreditan en medio de un mundo de la vida en tanto compatibles con la posibilidad objetiva que ese mundo genera. Cuando esta prácticas se estabilizan lógicamente aumentan exponencialmente su dimensión de factor. Pero no es un asunto meramente lógico.

            Creo que la práctica del pensamiento de Heidegger tiene otra matriz. En las variaciones de los entes existentes no ve el principio humilde de una emancipación posible en la medida en que alteren de algún modo el mundo de la vida; en las diferencias no ve sino reenvíos del Ser y ocasiones de su olvido. Por supuesto, cuanta más diferencias heterodoxas más modalidad, más recursos evolutivos, más modalidad, más opciones de formas de vida. Por eso es tan importante para mí la tradición del Ethos reformado. Si el pensamiento occidental, en lugar de quedarse prendado del modelo de la Revolución francesa, que nada revolucionó, se hubiese quedado prendado del modelo de la producción de heterodoxia que organizó la Reforma, no tendríamos necesidad del problema lógico de hegemonía/posthegemonía, en el que formalmente no puede sino estar de acuerdo con Alberto. Hannah Arendt tiene responsabilidad en este hecho porque habló de Revolución americana, lo que en el fondo era el fruto de prácticas de variación respecto del mundo de la vida de las colonias, que no cambiaron su principio político, sino que mostraron la necesidad de hacerlo coherente respecto al Parlamento de Londres. Aquí Arendt es frente a Tocqueville una amateur.

            En suma, no podemos colocar en el centro de nuestro pensamiento un concepto escolástico como Ser. Eso en España lo sabemos muy bien, pues por ahí se ha canalizado un pensamiento que conecta con los hábitos de la escolástica franquista. Por supuesto, si queremos identificar la clave del neoliberalismo tenemos que ir al concepto de Vida y esa es la contribución decisiva de Foucault y por eso tiene tanta relevancia en mi librillo. Cuando analizamos las cosas desde este planteamiento, todo tiene mucho más sentido y eso es lo que realmente ha visto Esposito, en la línea del último Derrida, que deconstruye la diferencia antropológica de un modo que estaba muy cerca en su planteamiento de Plessner, como he mostrado en algún articulillo. Pero una vez más, la vida no puede vivir sin mundo y ese sencillo enunciado realmente lanza un desafío no tanto al primer Heidegger, sino a sus seguidores tardío Deleuze y Agamben. Pues la relación entre vida y mundo de la vida no puede ser jamás la misma que entre Ser y entes. Creo que aquí hay un matriz completamente diferente, que requiere pensar la relación entre vida y acción alrededor de la noción de Ethos, en un sentido del que no se escapa la vida vegetal y la animal.

            Por eso estoy firmemente convencido de que tan pronto pongamos en primer plano que la vida necesita mundo, y que esto requiere un ethos, la necesidad de mercado quedará reducida a modalidad, pues la atención a lo que todo mundo lleva implícito, una comunidad, relaciones de confianza, una delegación, racionalidad, una diferencia de ver y ser visto, una definición de secreto personal, implica una reconstrucción de todo lo que el mercado destruye como innecesario para la capitalización. Creo que ambos simpatizamos con esos ámbitos concretos sepultados por la dominación del mercado, que llegan hasta donde llegan las infinitas cadenas burocráticas que le sirven de esbirros. Pues no debemos engañarnos. Donde domina la burocracia ahí tiene el mercado su coartada de imposición anónima. Aquí se ve como la utopía de libertad del neoliberalismo es pura ideología. Pero creo sinceramente que si queremos establecer estos planteamientos en conceptos lógicamente coherentes, que aumenten su capacidad de configurar mundos, no podemos canalizarlo en categorías heideggerianas. Creo que es más fácil hacerlo mediante una dieta de variaciones de conceptos políticos, capaces de actualizar su dimensiones de índices y de factores. Y eso es lo que llamo tradición republicana, la única que, haciendo pie en el Renacimiento, pudo variar mediante la heterodoxia de la Reforma, como en su día vio con claridad Gramsci. La clave de este planteamiento es que puede efectivamente ofrecer las categorías lógicas para estabilizar esas innovaciones (que eso es lo que quiere decir Gramsci por hegemonía) sin impedir ulteriores heterodoxias, variaciones y divergencias, potencialmente antihegemónicas, pues no tiene necesidad de dogmas. Esto puede hacerlo un pensamiento inspirado en la rica y versátil metafórica de la Vida, no en la rígida del Ser.

IV

Republicanismo de los vivientes

            Me gustaría hacer mención de algo que Alberto dice en su tercera entrega. Aunque aquí la retórica se hace un punto más agresiva, pero no es esto lo que me interesa destacar. La historia conceptual de la contemporaneidad que propongo no tiene nada que ver con una “tendencia clasificatoria y reductiva propia de las sociologías del conocimiento y la historia de las ideas”. Tampoco creo que yo aborde una taxonomía que use “etiquetas generalizantes y descuidadas”. Me he quejado por el contrario de que muchos estudiantes y académicos amontonan citas de autores cuyos modelos de pensamiento son precisamente poco compatibles. Esto es adentrarse en la noche en que todos los gatos son pardos. Esa confusión, que permite hablar de Deleuze y de Foucault como si a fortiori estuvieran de acuerdo, de Derrida y de Agamben, como si fueran siempre composibles, de Arednt y Ranciere como inevitablemente afines, ese método de la signatura en que todo es compatible con todo, creo que debe ser corregida. Pero reclamar claridad no puede ponernos eo ipso como si reclamáramos una nueva edición del Asalto a la Razón. Ese Lukács me es tan antipático como le pueda resultar a Alberto. Mi aproximación es antiespeculativa, desde luego, pero no tiene nada que ver con la sociología del conocimiento ni con la historia de la ideas. Pretendo establecer el significado que determinadas filosofías tienen en el presente, en lo que puedo estar equivocado, y lo hago mostrando su juego estabilizador de mundos de la vida, a veces amplios, como la institución universitaria, a veces pequeños, como el ethos pequeño burgués de los profesores de filosofía. En la búsqueda de ese significado desde luego, no se trata de bien y mal, y no veo donde está el maniqueísmo de mi posición. Este tu quoque, en el que se me acusa de desconocer la fuentes de otros pensamientos, me parece sobremanera improductivo. Reconozco muchas fuentes de pensamiento, y ciertamente no considero que las estructuras profundas del pensamiento estén vinculados a una temporalidad reducida. Eso distingue el pensamiento de la ciencia. Pero con la misma fuerza me niego a aceptar una valencia metahistórica, que permite que determinados pensamientos sean válidos sin atención a que sus mediaciones y estilos, Stimmungen, problemas y sentidos fueron respuestas a momentos históricos. Por supuesto que el expediente del Ser quiere realizar esa función, pero no creo que lo pueda lograr. Es una red demasiado ancha, como estrecha es la sociología del conocimiento clásica. La crítica (no la historia de las ideas, ni la sociología del conocimiento) quiere hacer una red adecuada, que recoja diferentes tiempos. Pero para eso la crítica distingue el pensamiento del comentario de texto que supone que un texto es a fortiori actual en su significado para nosotros.

            En su tercera entrega, Alberto, afirma que el estar ciego a estas posibilidades me cierra diversas oportunidades que podrían ser muy útiles al desarrollo de mi propio pensamiento. Como he dicho, acepto el sentido que él le da a la noción de posthegemonía, en la medida en que reconoce el neoliberalismo como una hegemonía actual. Yo no estoy muy preocupado por esta cuestión por dos razones: primera porque me preocupa mucho más la metamorfosis del neoliberalismo liberal en neoliberalismo fascista. Esto es: me preocupa el cambio de hegemonía a desnuda dominación del esquema de pensamiento neoliberal. Segundo, porque no veo en el horizonte una contrahegemonía, lo que en todo caso permitiría imaginar el neoliberalismo superado. Creo que a estas alturas sabemos que el populismo nacional-popular no es una opción contrahegemónica. Es una opción de resistencia y la respeto y valoro, pero no pondrá fin al neoliberalismo. Por el contrario, creo que en el mundo comienza una larga época de variaciones, de ensayos, de heterodoxias, de corrimientos de poder, de zonas confusas en las que los sobrevenidos serán peligrosos. La propia Unión Europea no ha dejado atrás la matriz neoliberal por haber innovado en su doctrina del Baco Central. Pero lo que suceda a partir de ahí nadie lo sabe. Las heterodoxias se saben donde empiezan, pero no como acaban. No me siento por tanto presionado por la dialéctica hegemonía-posthegemonia, ni por la hegemonía que vendrá, sino por respirar en medio de la hegemonía que padecemos. Ese respirar no puede funcionar sino al servicio de hacer más presente ese republicanismo de los vivientes y su libertad e igualdad para formas mundos de la vida.

            También estoy de acuerdo en que discutir a fondo la posición de Alberto sobre la infrapolítica podría ser muy útil. Aquí quiero decir con claridad que no tengo aspiraciones de definir una posición propia. Así que de buena gana estoy dispuesto a enrolarme en la posición que me convenza. Pero incluso con esta disposición, realmente abierta, no puede dejar de ver las cosas desde mi propio estilo de pensar, que es más bien concreto, circunstancial, y que sólo tiene una estructura implícita, porque estoy más interesado en que sea funcional en una circunstancia que en que se le pueda desplegar de forma abstracta desde el refinamiento lógico. En este sentido, cuando leo la frase que Alberto cita, la de la comunidad de los vivientes, fuera del contexto del libro, no me reconozco en ella porque me parece que no funciona bien. Creo que ese es el ethos en el que estoy instalado. Por eso atiendo esta conversación. A veces pienso como Canetti, que debería leerme más a mi mismo, con la finalidad de configurar una posición más clara. Pero me resulta imposible. No lo soporto. Así que dejo al receptor que quiera refinar lo que digo porque estoy más pendiente de que le llegue algo significativo que de producir algo que valga para otros contextos.

            Por supuesto que estoy de acuerdo en las grandes líneas. Dejar atrás toda teología política como tarea política del presente, sin duda. Que la inspiración marxista fue de esta índole, ¿quién puede negarlo? El texto de Gramsci sobre el príncipe moderno del Partido en tanto definición de militancia produce esa impresión, aunque todavía se pueden apreciar distancias entre una forma de organizar el partido desde el culto a la personalidad y desde un compromiso democrático. No es lo mismo una militancia que está atravesada por la crítica que una que no lo está; no es lo mismo una que asume la contingencia de la propia posición práctica, que una que solo juega con la noción de necesidad. Todo esto cuenta, pero al final estamos de acuerdo, el marxismo alberga una inclinación teológico-política tan fuerte que podemos decir, incluso, que Schmitt no es sino un imitador. Pero mi actitud no es la espera y aquí una vez más me encuentro con dificultades a las que ya he aludido. Mi actitud es la desviación crítica, la formación de un pensamiento divergente, de una heterodoxia, en buena medida dependiente del contexto. Comprendo el catolicismo inglés, pero me gusta el reformismo desde abajo español. Una universidad que no esté burocratizada, sino resistentemente diferente; una prensa que no mantenga el libro de estilo de ningún periódico, una economía doméstica que no esté obsesionada por la capitalización, una política que sea irreverente con la derecha y la izquierda, un arte que no siga la moda. Todo esto parece negativo, pero no es así. Cambia lo estabilizado. Ese es mi ethos, no el de la espera. No es un activismo por producir diferencias. Es buscar la ocasión de actuar de otra manera y de dejar lugar a la modalidad de lo sobrevenido.

            Esta respuesta lleva camino de ser infinita, pero han sido muchas las cuestiones que se han levantado. No es un vacío sentimiento de hostilidad lo que mueve mi escritura, como dijo alguien en la intervención en el Instituto de Benjamín Mayer. Es sencillamente la profunda convicción de que no estoy disponible para repetir pensamientos cuyo anclaje en las realidades en las que vivimos no veo en modo alguno claro y que por eso tienen poco sentido concreto para mí. Esa sensación de extrañeza puede ser fruto de la miopía, como dice Alberto, y es muy posible; pero creo que este caso no está exenta de cierto cansancio y fastidio por unos caminos del pensamiento que se han convertido en abstracciones y cuya función para orientar nuestras prácticas cotidianas para oponerse a la dimensión absoluta del capitalismo neoliberal y sus esbirros no las entiendo.

Untitled, or, the Dream of Antiphilosophy

A dream of youth: the idea that we could push thought to its limit by interrogating philosophy from literature and literature from philosophy. I now realize that was the dream of what was then called “theory.” It was an ambitious dream: the dream of a new beginning. It was also a doomed enterprise under North American academic conditions. It was a dream that could not last. It would find no support. It collapsed, and almost destroyed some of us. I wrote a book on it, and for many years I could not read it. But now it comes back: “for nought that is has bane. In mournesland.”

Conversación posible IV

José Luis sugiere que la discusión se plantee en términos impersonales, no ad hominem, lo cual me parece muy bien, porque en realidad solo eso permitirá una discusión libre. ¿Qué es lo que para mí está en juego en la reducción tendencial de posibilidades de análisis y pensamiento a la demanda estrictamente política? Para mí hay mucho en juego, lo cual no significa que yo pretenda que debe también haberlo para otros. Solo quiero proponer un cierto análisis que yo sé que es potencialmente relevante, así sea como motivo de desacuerdo, para todos los que se molesten en seguir estas notas de blog.

En última instancia la demanda política viene a ser una demanda de fidelidad a una causa. Es siempre manejable como variación mínima de una frase un tanto siniestra, que hace tiempo que domina el espacio intelectual universitario en Estados Unidos, por ejemplo, quizá también en España, aunque otros tendrán que confirmar o negar esto. La frase es: “Levántate y déjate contar.” Corolario: “Si no cuentas para mí, cuentas para otros.” El mismo Antonio Gramsci, luego daré la cita, decía que esta frase es el nuevo “imperativo categórico,” ni más ni menos. Pero es hora de decir que tal demanda es cualquier cosa menos democrática, en el preciso sentido de que siempre tiene detrás una amenaza: “Levántate y déjate contar . . . o serás condenado.” La tuvo siempre, me temo, pero hoy esa amenaza es visible para todos ya desde su grado cero, que es su impacto siempre presente y decisivo para tantos en las redes sociales. Claro, hay muchas formas de condena, más allá de las redes sociales, pero todas ellas acaban por resultar desagradables. El problema, además, y quizá sea este un problema estrictamente contemporáneo en el sentido de constituir una nueva vuelta de tuerca en una estructura de opresión, es que la frase hoy ya no se produce en la demanda de solidaridad o comunidad exclusivamente, sino que tiene un ribete siniestro adicional: “Y una vez te dejes ser contado, no creas por eso que pasas a ser de los nuestros: solo significa que serás examinado, evaluado, investigado en todos y cada uno de tus rincones, y ya veremos si esa inquisición acaba por revelar quién eres realmente, en la medida en que sería más normal que acabaras resultando un pendejo más, y no creemos que sobrevivas al examen con patente de corso. Sobre todo, no con patente de corso.”

La pregunta que habría que hacerle a esa demanda política es entonces una pregunta básica: ¿quién la produce? ¿De dónde sale? Gramsci lo tenía claro: sale del Príncipe Nuevo, esto es, del Partido Comunista. Esta es la cita:

“el moderno Príncipe, desarrollándose, perturba todo el sistema de relaciones intelectuales y morales en cuanto su desarrollo significa que cada acto es concebido como útil o dañoso, como virtuoso o perverso, solo en cuanto tiene como punto de referencia al moderno Príncipe mismo y sirve para incrementar su poder u oponerse a él. El Príncipe ocupa, en las conciencias, el lugar de la divinidad o del imperativo categórico” (Gramsci, Notas sobre Maquiavelo 31).

El sociólogo argentino de larga trayectoria izquierdista Emilio de Ipola dice en su artículo “La última utopía” que “todo esto reclama la vigencia de una nueva moral: una moral práctica que exige la subordinación de cada juicio y de cada acción a la voluntad indefectible del Partido Comunista, y para la cual es útil todo lo que es útil al partido y es justo todo lo que el partido ordena o simplemente considera justo” (219). Si esto es así, sugiere De Ipola, ello significa que la hegemonía gramsciana, y toda su teoría política, encuentra su fundamento último no en la producción política sino en una trascendencia suprapolítica y moralizante de carácter totalitario. Es un moralismo trascendental–Gramsci no habría usado la frase “imperativo categórico” de forma ligera–que busca informar cada aspecto de la vida singular de los ciudadanos. Por lo tanto, es una teología política en la definición misma de José Luis Villacañas en el libro del que se extrae la cita que estamos cuestionando (que puede verse más abajo, en Conversación posible).

Pero hoy nadie apela al Partido Comunista, o pocos lo hacen. No es el Partido Comunista el que hace hoy esa demanda. ¿Quién la hace, entonces? Para mí la respuesta es obvia, aunque puede estar determinada por mi vida cotidiana en Estados Unidos (otros tendrán que decir si también es obvia en sus lugares de vida): es el neoliberalismo progresista mismo. Es la versión aparentemente “contrahegemónica” del neoliberalismo, que comparte la misma estructura teológico-política y que en realidad viene a hacerse indistinguible de ella a partir de cierto nivel de exploración. Por eso la contrahegemonía no puede llegar a constituir una alternativa, y por eso convendría pensar más allá de la mera oposición político-ideológica que acaba proponiendo estructuras de existencia no necesariamente mejores que aquellas que pretende rechazar o dejar atrás y que están contenidas todavía por una relación ontológica, u onto-histórica, que no deja resquicio fácil.

Es difícil, va contra la autocapitalización misma, que es también el objetivo político directo del neoliberalismo progresista en un sentido solo aparentemente diferente del neoliberalismo que podríamos llamar normativo, conseguir oído para una tercera posición que conteste una situación política que la Gestell misma (uso esa palabra heideggeriana como nombre de la estructura onto-histórica del capitalismo extractivo de vigilancia en el que vivimos) impone como dividida en dos, la derecha neoliberal (y sus avatares neofascistas o moderados) y una izquierda hoy a la deriva en sus planteamientos biempensantes.

A mí me parece que este problema requiere atención, a pesar de que sé, con experiencia propia y larga, que no se le dará; que la izquierda biempensante seguirá encastillada en su moralismo, y que de ella cabe esperar todavía mayor radicalización y mayor ninguneo y silenciamiento de opciones de pensamiento alternativas, pero es una radicalización que no llevará a ninguna parte. Será solo más de lo mismo. Hasta que cambien las coordenadas y empecemos todos a darnos cuenta de que prepararse para un cambio onto-histórico que permita dejar atrás toda teología política es la misión política fundamental en el presente.

Como dije en un comentario a una de las entradas de blog de esta serie, la “espera activa,” que permitirá o permitiría una renovación adecuada de la izquierda, que por lo tanto tendrá o tendría que ser una izquierda otra y no la que tenemos, es en realidad también la noción marxista y marxiana clásica: no somos los amos de una historia del ser, tampoco en el sentido económico-social, y por lo tanto no dictamos voluntariosa o voluntaristamente las condiciones de nuestro cambio político. Por ejemplo, es claro que Biden no alterará las condiciones prevalecientes en la estructura neoliberal, etc., igual que no parece que lo vayan a hacer Sánchez e Iglesias en España. Así que “espera” remite fundamentalmente a una nueva dispensación histórica entendida como condición de posibilidad de cambio político real, esto es, revolucionario en algún sentido que por ahora permanece si no inimaginable, ciertamente inimaginado. Pero “activa” remite a la posibilidad siempre presente y siempre contingente de acción, que es todo lo que tenemos por delante. Tratemos, sin embargo, de que no reproduzca con demasiado descaro las condiciones teológico-políticas del neoliberalismo normativo. El término clave es el de “preparación.” Preparar un cambio real exige una larga labor de pensamiento que en sí debe ser transformativa. Pero ese cambio a nivel personal o existencial todavía no logrará un cambio en la estructura ontohistórica de la Gestell. Solo puede prepararlo.

Conversación posible III. (De Sergio Villalobos-Ruminott)

(Lo siguiente es un fragmento, centrado en la discusión propuesta, de una reseña más amplia de Sergio Villalobos a El neoliberalismo como teología política, que puede encontrarse aquí: https://infrapolitica.com/2020/12/15/la-doble-costura-el-neoliberalismo-como-teologia-politica-o-la-deconstruccion-como-caida-abismal-de-la-razon-por-sergio-villalobos-ruminott/ )

Me gustaría volver al principio, para  sugerir que junto a la línea argumentativa que he esbozado, hay otra línea, menos desarrollada, pero sintomáticamente presente en el libro, marcando lo que sería una segunda costura; una doble costura que cruza y desactiva los énfasis de la primera costura. En efecto, la primera costura estaría caracterizada por una actualización eficiente de la crítica habermasiana a la colonización del mundo de la vida en el contexto de la recepción de Foucault hecha por Laval y Dardot. La segunda devela una incomodidad mayor con el pensamiento heideggeriano y post-heideggeriano contemporáneo, el que resulta esporádica y espuriamente sindicado como causa participante de la debacle actual. Permítanseme un par de ejemplos.

1) Al comienzo del libro, lamentando el desplazamiento del pensamiento de Habermas, pensamiento de gran estilo, José Luis Villacañas nos dice:

“[L]os teóricos de la deconstrucción, con su legítima y tardía batalla emancipadora, ofrecieron viento en las velas para impulsar la destrucción de los mundos de vida tradicionales y sus formas simbólicas constitutiva de identidad y normatividad. La sobriedad y la mirada compleja de Habermas, de gran estilo, fueron sencillamente aplastadas por las teorías filosóficas que describían los efectos del nuevo capitalismo y de sus mundos de la vida tecnificados como el resultado fatídico del cumplimiento de la historia de la metafísica, mientras otras teorías metafísicas ofrecían el pasaporte ontológico adecuado para impulsar la infinita productividad de diferencias como las del propio ser” (33-34).

2) Al final ya del libro Villacañas nos vuelve a decir:

“Ahora pagamos las décadas en que usamos los estudios de humanidades y ciencias sociales para destruir las herramientas teóricas que podían someter el capitalismo a una modalidad de la vida humana, no considerarlo su naturaleza. Cuando estas herramientas están anuladas, el neoliberalismo no tiene sino que darle la puntilla final y dejar a todos los singulares frente a frente a una realidad para la que ya no se tienen conceptos ni herramientas de producción de distancias. Fuera cual fuera la aspiración singular de los pensadores que se embarcaron en este programa, apenas cabe duda de que deslegitimaron todas las estructuras culturales con las que poder salir al encuentro del absolutismo de la realidad que nos presiona a permanecer en un mundo de la vida capitalista, en el que sin embargo no podemos sentirnos protegidos” (178-179).

Por supuesto, cada uno puede optar por la lectura que le interese, y en lo que antecede yo mismo he puesto mis énfasis en los aspectos analíticos y propositivos del libro. Pero quiero dejar claro que esta serie de juicios sintomáticos deberían ser discutidos no para defender o atacar a ningún exponente o escuela –después de todo, la cuestión de las nacionalidades en filosofía siempre ha sido una cuestión fuertemente política—, sino para exponer de manera clara, transparente y directa las posibles objeciones y desacuerdos.

            Desde mi lectura, la reconstrucción y problematización que nos entrega Villacañas es motivo suficiente para celebrar la publicación de su libro, y estos juicios sumarios relativos a la deconstrucción y el llamado post-estructuralismo, no solo parecen seguir, lealmente, al mismo Habermas de El discurso filosófico de la modernidad, aquel conjunto de ensayos acusatorios, publicados en 1985 gracias a las explicaciones de Rebeca, que según la dedicatoria, habría introducido a Habermas al neo-estructuralismo. Parecen sintonizar además con una tendencia clasificatoria y reductiva propia de las sociologías del conocimiento y de las historias de las ideas, cuyo procedimiento de habilitación pasa por la clasificación de una heterogeneidad de autores bajo etiquetas generalizantes y descuidadas. Ya sea Lukács en El asalto a la Razón, Sartre denunciando el misticismo de Simone Weil o Georges Bataille, Jameson acusando al post-estructuralismo (otra etiqueta) de debilitar la totalidad y la historia, o la ramplonería norteamericana negándose a leer a Paul de Man por sus escritos de juventud, lo cierto es que estos juicios de Villacañas no solo restituyen un panorama maniqueo del debate teórico y filosófico contemporáneo, sino que descalifican de paso el trabajo crítico de muchos investigadores que no se reconocen en las fuentes de su pensamiento.

            Por supuesto nada de esto tiene la menor importancia si se tratara solo de comentarios o de una ceguera epistemológica, pues la ceguera es constitutiva o fundamental para la visión de gran alcance, como la que este libro nos entrega. Sin embargo, mi hipótesis es que la reacción de Villacañas contra cierto pensamiento post-heideggeriano le impide ver cómo las consecuencias y conclusiones de su propio análisis lo llevan a derroteros similares, y no estoy pensando solo en Marcuse y sus malabares con Heidegger y Marx, o con la configuración de un mundo unidimensional, ni en su diagnóstico del neoliberalismo como forma de vida y totalización de la existencia administrada, sino en la pertinencia de su análisis de lo común y en la necesidad de un republicanismo de nuevo tipo, capaz de permitirnos contraponer a la lógica totalizante del neoliberalismo experiencias y prácticas que apunten a una política otra que la política inscrita en el horizonte de sentido de la modernidad liberal; una política que él mismo insiste en llamar hegemónica y republicana, y que me gustaría pensar más bien como una infrapolítica republicana. Ya en el epílogo del libro, Villacañas nos dice:

Sobre la universalidad del cuerpo y de la sangre se alzará una comunidad universal de los vivos. Se trata de una comunidad que no tiene un ellos y un nosotros. La base de ese nuevo republicanismo es la protección de la vida, pero no en una traducción económica, sino en su carácter básico, inmediato. La protección como derecho, eso emerge de aquí. Como un derecho que todos y cada uno exige para sí, pero que sólo puede ser mediado por la misma exigencia para todos. Omnes et singulatim de nuevo, pero uno que surge desde la exigencia de cada singular. A diferencia de la gobernanza del neoliberalismo, esta estructura omnes et singulatim requiere una base de igualdad. En cada espacio concreto en que se viva, allí se reproducirá conceptualmente esta estructura comunitaria. (231-232)

Me atrevo a establecer estos puntos tentativos y arrojados, con plena franqueza, dada la generosidad y talla intelectual de Villacañas, pues salvando las mencionadas diferencias, creo que su apuesta por una comunidad universal de los vivos, tensada por los imperativos de la igualdad y de la singularidad es, precisamente, lo que desde una perspectiva infrapolítica y post-hegemónica, podríamos referir como comunidad negativa y marrana. Después de todo, la post-hegemonía no es la negación de la condición hegemónica del neoliberalismo, sino la renuncia a la tragedia de Sísifo de seguir pensando las prácticas políticas según la lógica infinita de la hegemonía y la contra-hegemonía. Pensada así las cosas, la post-hegemonía no es una categoría substantiva, sino una noción que apunta a la suspensión de la transferencia en función de la igualdad, a sabiendas de que nadie emancipa a nadie. Si se puede pensar así, entonces, la infrapolítica tampoco constituye una negación de la política, una renuncia cómplice con la despolitización trascendental advertida por Villacañas como distintiva del neoliberalismo, sino que marca una fisura, una desistencia, con la demanda de politización con la que opera la movilización total del nihilismo contemporáneo, convertido en fundamento teológico para el control total de la existencia. La infrapolítica es, en este sentido, la pregunta por una existencia más allá de la totalización del neoliberalismo como teología política, tal cual nos lo muestra la generosa lectura desarrollada por José Luis Villacañas.

Conversación posible II

Mientras esperamos respuesta de José Luis y otras contribuciones voy a tratar de dar alguna indicación de por qué pienso yo que es difícil estar de acuerdo con el párrafo transcrito en la comunicación anterior sobre la irrelevancia o complicidad del pensamiento teórico de las últimas décadas en el terror neoliberal. Podría enfocar esto de muchas maneras, pero, en la medida en que en otros lugares del libro lo que transpira es cierta hostilidad a la tradición heideggeriana (“Heidegger queda atrás,” puede leerse), voy a agarrar el toro por los cuernos, aunque lo más brevemente posible.

Como dije, lo que me parece más estimulante y brillante del libro de José Luis es la presentación del neoliberalismo como teología política, en el sentido de que el neoliberalismo se ha configurado como un artefacto que vincula totalitariamente mando económico planetario, poder estatal, y existencia singular y que, al hacerlo, produce un solo paradigma que es hegemónico y muy poderoso. Las nociones calvinistas o puritanas de capitalismo como trabajo de salvación acaban en el presente metamorfoseadas en auto-emprendimiento (cada ciudadano debe ser empresario de sí mismo) y un plus-de-jouir que nos coloca a todos en la tesitura de tener que autocapitalizarnos infinitamente al riesgo de no ser nada, ni “valer” para nada, en el fracaso de tal aventura. Preguntadle a vuestros jefes, administradores universitarios, o a vuestros amigos de facebook y twitter. Este es el “terror” como reconocimiento implícito de que nunca podemos ganar en tal aventura de cualquier manera, sea cual sea nuestra posición en la región autocapitalizante, y de que nuestras vidas se hacen por lo tanto precarias por definición, y sin historia (pues la autocapitalización es toda la historia, y así no tiene historia.)

Pero Heidegger ya había propuesto a fines de los años treinta, en su Beiträge zur Philosophie, que el terror era la tonalidad ontológica fundamental de nuestro tiempo. Para Heidegger, como para Villacañas, eso no significa que el terror sea el estado de ánimo cotidiano para nosotros. No, lo vivimos como experiencia media e inmediata, inconfesada por la mayor parte, denegada, pero como condición absoluta de nuestras vidas. Excepto que, para Heidegger como para Villacañas, uno puede oponerse, y encontrar en su existencia, y en su existencia común con otros, motivaciones y arreglos que permitan dar un paso atrás y buscar formas de vida que no estén exhaustivamente comprometidas con lo que él llamaba Gestell, el marco o la dis/posición que marca nuestras vidas bajo el imperio de la técnica, hoy indistinguible del discurso capitalista, a su vez hoy indistinguible del discurso neoliberal.

En las Conferencias de Bremen Heidegger es muy claro. La configuración de nuestra existencia bajo el contexto ontológico presente (ya capitalismo técnico-financiero para él, todavía no neoliberalismo, por supuesto) debe ser vencida, y eso exige un trabajo de preparación arduo y largo, difícil. Constituye un “peligro” absoluto (totalitario) que hay que atravesar, en el que no podemos vivir, en el sentido de que es invivible (por eso: terror) y con respecto del cual es preciso tomar una actitud de rechazo y distancia. No sabemos qué va a venir, y eso lo repite Villacañas en sus dos últimos capítulos, no tenemos ni idea de cómo se van a configurar las cosas, y estamos reducidos a producir ciertas tesis o posicionamientos políticos que pueden o no funcionar, como los que propone Villacañas en términos de soberanía sanitaria, alimenticia, de vivienda, rescate de la universidad, etc. Nuestra posición solo puede ser meditativa y alerta, de espera activa, lo cual no excluye en ningún caso la acción, como es natural, en la esperanza de un posible “comienzo otro.”

Heidegger no llegó a decir mucho de la confluencia fáctica de Gestell y capitalismo, y eso queda para nosotros. Pero fue enormemente claro en sus asertos, ya en la década de los cincuenta, de que, primero, no hay de ninguna manera una brecha o separación entre su “pensamiento meditativo” y una preocupación esencial con procesos históricos planetarios como los que nombra el “peligro.” El Andenken o la Besinnung heideggerianas son una respuesta clara y resuelta a la Gestell epocal, que la meditación piensa e intenta atravesar. No hay por lo tanto, segunda cosa, ninguna pretensión de que una meditación privada deba limitarse a intensificar nuestro entendimiento poético del mundo, sino que esa meditación singular ocurre siempre ya en el contexto del imperativo fuertemente político de “preparar” el abandono del contexto onto-histórico de la Gestell en el momento de su mayor dominio (el neoliberalismo consumado.)

Si rechazamos el modo autocapitalizante de subjetividad y experiencia vinculado al neoliberalismo solo podemos darle vía a nuestro rechazo apelando a entendimientos del ser y del mundo alternativos al del neoliberalismo consumado, alternativos a la Gestell que lo produce, y si hacemos eso es porque rechazamos absolutamente la pretensión teológico-política del neoliberalismo. Heidegger prefería el término onto-teología al de teología política, pero en última instancia la teología política es una especificación onto-teológica.

Y claro, siempre se puede decir, como han dicho tantos, que la búsqueda de ese posicionamiento existencial anti-Gestell no tiene nada de político. Pero esto es un tremendo error, ni siquiera es un malentendido, sino que es peor que un malentendido. La práctica de ese posicionamiento existencial anti-Gestell es infrapolítica, ya desde luego también en el sentido de que promueve una crítica de la política, pero es su infrapoliticidad la que la hace eminentemente política.

Yo no tengo ningún problema, por lo tanto, en argumentar que el último Heidegger, en el que en apariencia hay un abandono de temáticas explícitamente políticas, es supremamente político, siempre que entendamos que hay que leer su propuesta en el contexto onto-histórico que se esforzó largamente por indicar.

Así que no hay complicidad alguna entre heideggerianismo y terror, sino que, al contrario, en la obra de Heidegger encontramos un enorme recurso para proceder tanto crítica como existencialmente a la preparación de un “comienzo otro” antineoliberal y anticapitalista. Eso no puede desestimarse en ningún caso, en mi opinión. O hacerlo no cumple ningún propósito productivo.

Sobre todo porque, en la obra de Heidegger, encontramos también la noción de que el compromiso meramente político, esto es, la politicidad general de nuestro tiempo, aunque se pretenda en muchos casos respuesta a la despolitización neoliberal, camufla y encubre de antemano posiciones ya en sí caídas en la Gestell, aunque sin reconocerlo.

Si la noción de posthegemonía tiene un sentido político real, es precisamente ese: contra la hegemonía neoliberal, y contra toda contrahegemonía aspirante y deseosa que se prepare a reemplazar la primera sin cambiar nada en el fondo, sino dándonos más de lo mismo, con diferentes actores.

Conversación posible.

Me gustaría proponer una conversación a propósito de las siguientes frases en el reciente libro de José Luis Villacañas, El neoliberalismo como teología política (Madrid, 2020). Las frases vienen hacia el final de un libro por otra parte tan interesante como siempre son los de José Luis. Su análisis en todo él me parece certero y adecuado en cuanto al diagnóstico del presente y en cuanto a la determinación del neoliberalismo como ideología totalizadora como imagen del mundo y por lo tanto teológico-política. Me parece particularmente afortunada la determinación de la modalidad ontológica del presente bajo la tonalidad del terror, que convierte todas nuestras vidas en vidas precarias cuya única compensación es el plus de goce autocapitalizante. Pero hay también esta determinación, con la que me parece difícil establecer acuerdo:

“Ahora pagamos las décadas en que usamos los estudios de humanidades y ciencias sociales para destruir las herramientas teóricas que podían someter el capitalismo a una modalidad de la vida humana, no considerarlo su naturaleza. Cuando estas herramientas están anuladas, el neoliberalismo no tiene sino que darle la puntilla final y dejar a todos los singulares frente a frente a una realidad para la que ya no se tienen conceptos ni herramientas de producción de distancias. Fuera cual fuera la aspiración singular de los pensadores que se embarcaron en este programa, apenas cabe duda de que deslegitimaron todas las estructuras culturales con las que poder salir al encuentro del absolutismo de la realidad que nos presiona a permanecer en un mundo de la vida capitalista, en el que sin embargo no podemos sentirnos protegidos. Estar en un sitio del que no se puede salir y en el que sientes miedo es la condición del terror.” (Estoy leyéndolo en kindle, y por lo tanto no tengo página. Está una vez se ha leído el 68% del libro.)

Estas afirmaciones condenan toda la reflexión teórica de los últimos años, de estudios culturales a la deconstrucción a ciertos segmentos del pensamiento italiano reciente, etcétera, a aparecer no más que como instrumentos virtuales del neoliberalismo. Y así, en última instancia, cómplices del terror. Me parece que es mucho decir, y que algo se escapa en tal determinación. Esa es la discusión que propongo, con curiosidad y cariño.

No creo necesitar justificar la necesidad de mi propuesta. Podemos elegir dejar pasar una afirmación como esa como puramente idiosincrática, pero en realidad hace sistema en el libro, desde sus primeras páginas, y desde mi perspectiva es una afirmación que puede también hacer daño, al eliminar tendencialmente la necesidad de leer a tantos autores cuyo esfuerzo por determinar la ontología del presente desde su propio trabajo nos ha sostenido mucho tiempo. Conviene, entonces, al menos, y siempre a mi juicio, clarificarla en conversación.

More on Antiphilosophy.

Antiphilosophy could not be further away from antithinking, if “thinking is the authentic action (Handeln), where action means to give a hand (an die Hand gehen) to the essence of beyng in order to prepare for it that site in which it brings itself and its essence to speech” (Heidegger, “The Turn” 67).  We can translate: at the limit of thought, when a certain occlusion in the presuppositions makes itself impassable, further thought is possible, provided a displacement takes place. But this only ever happens precisely, as I said at the beginning of the previous blog entry, when a thinker comes to the end of his or her own ontological itinerary. In other words, there is no antiphilosophy without philosophy pushed to the limit.  To that extent, both at a personal and a historical level, antiphilosophy requires a history in every case, requires a thickness of ontology that somehow becomes void and needs to be displaced.  This is paradigmatically Heidegger’s case, in my opinion.  But not only Heidegger’s case.

The notion of antiphilosophy is indebted to Alain Badiou in our times.  It is however not a novel notion, but rather a feature embedded within philosophy from the earliest times.   It is like the “stranger” (a character first pointed out by Plato) at the heart of the philosophical tradition.   The Socrates of the Thaetetus could be interpreted in that light.  There is a way in which the presentation of Socrates as antiphilosopher helped Plato in his fight against the sophists, but only because Plato was able to recognize the antiphilosophical stranger within philosophical reflection.  Also think of Heraclitus versus Parmenides, Pascal versus Descartes, Kierkegaard contra Hegel, indeed Baltasar Gracián against Tridentine and Inquisitional thought.  Saint Anselm or indeed Meister Eckhart.  It has always been around.  And this is precisely the reason why antiphilosophy in fact bypasses the problem of the new regarding what to do about nihilism or Gestell.  It is elsewhere!  Antiphilosophy does not attempt an overcoming, does not attempt a transcending.  It is, rather, a displacement. 

The formulation in Heidegger’s “The Danger” quoted in the previous blog entry regarding “overcoming nihilism” has a lot to do, or is even the same problem as, the issue of finding a different relation to positionality than the one inspired by Will to power as the last, or latest, doctrine of being.  So antiphilosophy hints at the fact that the solution, after a certain point, goes through an abandonment and displacement in the last instance of philosophical thought.  It is post-metaphysical in the chronological sense–it comes at the end of the epoch of positionality.  But, fundamentally, it is existential and not logical.  I think this is what is hinted at in “The Turn.”  Transformation can only take place through a certain abandonment of the philosophical “action” unless and until we change the nature of the “action” of thought.

History moves, and Heidegger thinks, with a certain amount of hope that may ultimately be unwarranted, that the task of the thinker, its authentic action, which is not that of producing more metaphysics in the wake of the Greek inception, is to prepare for that historical change. For the con-version of Beying into some new historical dispensation, for which Beying (I much prefer: history) needs Dasein as much as Dasein needs history. We can prepare for a “traversal of the errancy,” a “traversal of the zone of dangerousness of the danger” in the way that an analysand prepares for a “traversal of the fantasy,” or a monk for satori. If “positionality” is a form of fantasy–but Zen has never said anything else–then there is a way in which Dasein could perhaps come to the other side of the traversing. This step is what I am calling the antiphilosophical one, because it is no longer primarily a theoretical step even if it comes at a theoretical end. Of course it has problems of its own.

The thought that nothing can avoid the aporia of metaphysics does not really ring true to me, it never did. Antiphilosophy is a better tool for that effort of leaving metaphysics behind.  In the context, and realizing that the Heidegger of the 1950s prefers the topology of world and worlding over that of Being, particularly with a capital B, I favor a formulation that would state that, on the issue of positionality at the time of its most extreme limit, what is at stake is the relation of (mortal, pained, poor) ex-istence to world. That relation–that particular relation–is not metaphysical, and is not philosophical, not necessarily, although one can always fuck it up. It is, rather, antiphilosophical, because it very much counters philosophical solutions.

But not thinking solutions.  They are to be developed. But this also means we do not have to start from any kind of hope about a new dispensation of being coming to us from the dark light of being itself, etc.  It is a form of historical action, and it has to do with displacing ontology –and its ideological projections– at the end of the epoch of positionality and in favor of the endeavor of traversing it.    

Heidegger’s Antiphilosophy

I propose the following, tentative definition of antiphilosophy: antiphilosophy happens when a thinker, having come to the end of her or his particular ontological itinerary, refers to an altogether alternative kind of experience of thought, normally posited as yet-to-come or barely glimpsed, hence futural but immanent, and it is an experience of a nearness where things will have come to be accomplished in terms of that thinker’s itinerary of thought.   In modernity we can point to Nietzsche, and his notion that he was just about to have an insight that would break the history of the world in two in the weeks prior to his mental collapse; to Wittgenstein, and his notion that thought opened up in the silence of which one could no longer talk, having exhausted the talkable, at the end of his Tractatus; of the later Lacan, and his notion of the analytic matheme.  There could be other examples.  I could cite the Portuguese poet Fernando Pessoa, for instance.  Waiting to be read.  I think Heidegger reaches a particular antiphilosophical formulation in the 1950s, and he presents his path to it in particular in the lectures entitled “The Danger” and “The Turn.”  The experience of “the turn” is an antiphilosophical experience.

I will quickly go through the main steps in those two lectures. These are just notes, not a finished paper.

“The Danger”

This lecture prepares the ground and anticipates what will be determined in the following one (they are two consecutive lectures presented at Bremen) as what I am calling an antiphilosophical experience:

First, Heidegger carefully establishes a notion of being of beings (to einai) to which he opposes “the world.”  This is the key passage, and you will see that he makes an overcoming of nihilism dependent on it:  “Being has to own its essence from the worlding of world . . . the worlding of world is an appropriating (das Ereignen) in a still-unexperienced sense of this word.  When world first properly takes place, then being, and along with it the nothing, vanish into worlding.  Only when the nothing, in its essence from the truth of being, vanishes into this is nihilism overcome” (Bremen and Freiburg Lectures 46-47).

There is therefore an assertion that world and being are the same, but not equivalent: “they are the same in radical differentiation” (47). 

The essential experience of forgetfulness defines human thinking at this stage or epoch.  It is the epoch of positionality (Gestell).  It is the epoch of technology.

The world refuses itself.  There is only a “hint” that such refusal takes place.  In positionality, the essence of technology, the forgetting of the essence of being completes itself (49).  But there is a hint.

This hint that positionality as the being of beings offers a refusal of world through which we may get some kind of access to the fact that there is world, and not just positionality, is a reformulation of the earlier experience of the ontico-ontological difference.  There is a difference, or the trace of a difference, or the hint of a difference, mysterious, between world and positionality.

The hint is also called “a ray from the distant arrival of world” (50).  This comes through the refusal of world.  In other words, in the experience of world refusal the possibility of other-than-positionality-as-being-of-beings opens up. 

In the meantime, the pursuit and requisitioning of positionality, regarding which we have no choice, as we are not masters of being, is “the danger.”  We must traverse it.  Earlier, Heidegger tells us, he called the zone of the traversing “errancy.”

The danger conceals itself as the danger that it is.  We experience perils and plights, indeed of horrifying kinds, but the danger remains concealed.  There is immeasurable suffering and pain, but the essence of pain is concealed.  (Nota bene: a strange “we” surfaces here, as Heidegger says that “we” are unpained, but it is not clear where those whose flesh went into the Nazi “fabrication of corpses in annihilation camps” or the starving dead in China are equally unpained.)

To experience the danger as danger is, however, a requisite—positionality must be traversed.  There is a suffering of thought, a pain of thought, and Kant and Nietzsche are mentioned here as two thinkers who underwent it. 

In accomplished positionality we must traverse and experience the danger of presencing.  Presencing is the basic trait of positionality, a human production based on the presencing of being.  If physis gives us a rock, the human posits a stone staircase.  Human positioning is production: the pursuit and requisition of presence as standing reserve.

“The Turn.”

Heidegger announces that the accomplished essence of positionality prepares a “change in being” (65).  There is to be a “conversion of positionality” that would signal “the arrival of another dispensation” (65). 

The human must prepare itself for it.  How?  In thinking.  Thinking is the “authentic action.”  “By thinking we first learn to dwell in the realm in which the conversion of the dispensation of being, the conversion of positionality, takes place” (67). 

This is “the turn,” or its possibility.  From the forgetting of being to the guardianship of the essence of being.

We are not masters of being.  We cannot command it.  We can only prepare in the waiting. 

We prepare for a favor, a grace. 

It will come to us, if it comes, as a “lightning flash,” a “flashing entry” (71). 

It will give us insight (Einsicht) into that which is.  This is Ereignis. 

Beyng would have unconcealed for us “its highest secret” within the dominance of positionality. (72)

The favor, the grace, the Einkehr into Einsicht—all of this seems to me an appeal to antiphilosophy as thought.  To thought as antiphilosophy.  With it nihilism will have been overcome.  And an other beginning will have taken place. 

The history of the world would have been split in two. 

Resources that are no longer philosophical, but existential, are activated therein.  If you can muster them.  And then . . . if you wait well enough. 

Is this not, finally, transformation, transfiguration? 

Nacionalismo y sentimiento de nación.

En un grupo de Facebook Pedro Caro me pregunta por la relación entre nacionalismo e infrapolítica y aduce como contexto ciertos discursos académicos sobre nacionalismo étnico y nacionalismo cívico.  En realidad la pregunta de Caro no remite más que indirectamente al nacionalismo.  La pregunta previa en la discusión de grupo era una pregunta sobre el sentimiento individual de nación en los participantes.  El nacionalismo, a mi juicio, tiene una relación distante y más bien perversa con el sentimiento de nación.  Pero es lógico que este último haya quedado radicalmente ocluido, ciertamente para millones de españoles, por ejemplo, donde el que no es nacionalista en un sentido u otro queda reducido a experimentar sensaciones difusas, vagas y “débiles o fugaces” de pertenencia, decía Pedro.  Es notorio que no solamente el discurso académico, heurístico o crítico en el mejor de los casos, haya perdido de vista la diferencia, sino que también lo haya hecho la izquierda, y por lo pronto la izquierda española.  Ha habido recientemente intentos “débiles y fugaces” de restituir la posibilidad de un sentimiento de nación para los biempensantes por parte de ciertas figuras jóvenes de la izquierda española, pero han sido descalificados como mero “buenismo.”  El nacionalismo es para los duros y aguerridos militantes de Vox o el ala aznarista del Partido Popular, o bien para los no menos duros y aguerridos militantes de grupos independentistas catalanes y vascos y gallegos, sin que tal proliferación merme la capacidad de que aparezcan más nacionalistas singulares, nobles émulos, en otros lugares locales de la geografía peninsular.   Pero a mí no me interesa el nacionalismo, sino el sentimiento de nación, que en principio no excluye ninguna posibilidad política en democracia.  La pregunta infrapolítica puede bien remitir a lo segundo, pero en ningún caso a lo primero. 

El borramiento de la diferencia entre nacionalismo y sentimiento de nación tiene que ver con la sobrevaloración de la política sobre la existencia.  Es un fenómeno estrictamente ideológico, un desplazamiento notable por su fuerza.  Nadie piensa ya que la única manera de establecer una relación adecuada, esto es, ni fetichista ni compensatoria, con la práctica política pasa por una reflexión existencial previa y sostenida en tanto previa.  La desdichada izquierda contemporánea lo ignora y por lo tanto ha sido incapaz no solo de llevarla a cabo, sino tan siquiera de proponerla.  La política, entendida en general como la única instancia de redención posible, se ha convertido en la gran falseadora de nuestras vidas, como en otro tiempo puede haberlo sido la religión, también en clave fetichista o compensatoria.  No digo esto desde ningún modo de posición antipolítica.  Conviene la pasión política, pero no como cajón de sastre.  Y es cajón de sastre en tantas pobres vidas, como sintomatizan los ámbitos académicos incapaces de ver más allá de su autopolitización sacrificial, que es la única manera que encuentran de aspirar a un mínimo de relevancia discursiva. 

La cuestión del sentimiento de nación es políticamente relevante, desde luego, en la medida precisa en que pueda sustraerse a las teorizaciones sobre el nacionalismo de los profetas del momento.  No dudo que haya nacionalismos políticamente eficaces, tanto como los hay políticamente perniciosos.  Mi tesis es que un nacionalismo democrático solo puede sostenerse en un sentimiento de nación no-nacionalista—de otra forma será siempre pernicioso. 

En la reciente novela de Louise Erdrich, The Night Watchman, que tematiza los esfuerzos del Congreso norteamericano en 1953 a manos del senador de Utah Arthur Watkins, un “racista pomposo” y mormón, para “terminar” las ayudas federales a tribus indígenas ya reducidas a la pobreza por los robos y expolios continuos en la expansión norteamericana hacia el Oeste, uno de los personajes dice que nunca se irá de esa tierra por la sencilla razón de que la tierra y su cielo están llenos de fantasmas y espíritus que nunca se fueron, y que esos fantasmas y espíritus le reclaman.  Podemos desechar tal noción como un ejemplo más de realismo mágico, apto para primitivos y subdesarrollados, pero también podemos pensar que todo sentimiento de nación es en el fondo una relación con los muertos, con la sobrevida de los muertos cuya existencia ha pasado a ti, sin que la hubieras pedido pero de la que eres directamente responsable.  De esa responsabilidad—una responsabilidad hacia los muertos que se proyecta necesariamente hacia vidas futuras, por las que los muertos se preocupan justamente en tanto fantasmas y espíritus—nace una pasión política nacional, puesto que mis muertos entrelazan sus vidas con las de muchos otros muertos cuya experiencia histórica fue compartida, para bien o para mal.  Si para bien puede cuidarse el legado y si para mal convendrá pedir cuentas.  Ese es el sentimiento de nación, que por supuesto no excluye sino que incluye simpatía y solidaridad hacia otros sentimientos similares, que la infrapolítica puede aceptar, a mi juicio.

Si nadie es más que nadie, nadie tiene legitimidad de dominación.  Nadie, en democracia, está legitimado para vivir de la dominación o subordinación de otros.  Ocurre, por supuesto, pero no ocurre legítimamente.  En algo tan sencillo como eso se liquida la aspiración nacionalista a favor de un sentimiento político de nación.  El nacionalismo no es otra cosa que la proyección fetichista y compensatoria del sentimiento de nación a favor del imperativo de dominación y control.  El nacionalismo demanda o, si tiene éxito y logra hegemonía, establece la dominación de unos sobre otros sobre una legitimidad bastarda e impostada, siempre bastarda e impostada en la precisa medida en que busca dominación.  Revienta el sentimiento de nación como afecto por las generaciones enterradas y su semilla futura a favor de una hipóstasis de poder excluyente basado en el privilegio de pertenencia, que para ser privilegio debe ser negado a otros.  Pero cualquier constitución nacional en democracia es siempre existencial antes que política, es el precipitado de las voces y acciones de los muertos—la ley no es sino la palabra de los muertos.  Sobre esa base hay civismo democrático, cuyo imperativo es la disminución de la violencia como relación entre personas.  Solo en el ámbito de una violencia menor es posible vivir infrapolíticamente, lo cual quiere decir en primer lugar: vivir sin estar secuestrado ni por la dominación ni por la pretensión de dominio. 

Sin duda es fácil—desde luego, no tan difícil–extrapolar desde todo esto al ámbito directamente político.  Pero hace falta querer hacerlo.