Pulsión anárquica y Tiempo roto

(Lo que sigue es mi réplica a una serie de ensayos de Gerardo Muñoz, Alejandra Castillo, Andrés Gordilly y Jorge Alvarez Yágüez. Tanto sus ensayos como esta respuesta serán publicados pronto en el website de 17 Instituto de Estudios Críticos. Mientras tanto quise colgarlo aquí)

Mi respuesta a Gerardo, Alejandra, Andrés y Jorge

Agradezco infinitamente a Gerardo Muñoz, Alejandra Castillo, Andrés Gordillo y Jorge Alvarez Yágüez haberse tomado el tiempo necesario de lectura y reflexión sobre mi librito Tiempo roto, que llevó primero a una para mí apasionante conversación electrónica con ellos en agosto de este año y luego a la preparación de los textos aquí reunidos, incluido este mío.  Suele producirme incomodidad (aunque siempre bienvenida) que mis amigos—o también los que no lo son, que no es el caso–hablen de mi insuficiente escritura, porque hacerme cargo de lo que dicen de ella tiende a resultarme difícil, para bien y para mal.  En cualquier caso hacerlo sin matices es demasiado bruto y hacerlo con matices es quizá impertinencia y presunción.  La interlocución es necesaria, el diálogo es necesario, la conversación es preciosa, pero, quizá por gallego, prefiero siempre que se hable de otro, o bien de la cosa misma: prefiero en alguna medida sustraerme. Y así procuro no hacerme cargo de lo que se dice de mí, o de lo que yo hago, ni para discutirlo ni para aceptarlo, y espero que eso sea entendido, desde luego en este caso específico, como señal de respeto a su parecer.  Son sus lecturas soberanas y quedan dadas como tales. 

A mí me queda no solo la necesidad de contestarles—y de hacerlo directa y no indirecta o alegóricamente—de alguna manera conmensurable, puesto que no puede haber solo silencio ante sus gestos generosos, sino también el gusanito de una cierta desazón que supongo inevitable para cualquiera que escriba ante toda interpretación que no sea simplemente reiteración.  Así que voy a tratar de calmar esa desazón con esta respuesta, y no hacer ninguna otra cosa.

¿Qué estaba en juego para mí en Tiempo roto?  No considero que el proyecto que llevó a ese texto esté terminado en ningún sentido—estoy escribiendo ahora su continuación con toda la laboriosidad posible.  También es verdad que a mí no me gusta terminar nada, me produce desasosiego dar algo por hecho cuando se me hace siempre obvio que todo punto final en cuestiones de escritura es morralla arbitraria.   Tiempo roto es un libro abierto, no quiso ni pudo ser otra cosa, ante una serie de preguntas cuya respuesta no puede darse con fijeza—toda fijeza sería también morralla.  Esas preguntas son existenciales y no teóricas, son preguntas de carne y hueso en la medida en que, ya como preguntas, duelen en el cuerpo.   Y son preguntas directamente motivadas por el atolladero en el que estamos colectivamente.  Se formulan en español o en inglés (algunos de los capítulos fueron escritos originalmente en inglés) y no pueden por lo tanto sino usar los recursos de esas lenguas, incluyendo el primer recurso abrumador, que sale del hecho de que la lengua que heredamos es siempre acumulación fantasmática y hereda y no puede no heredar cargas que pesan en el cerebro de los vivos, puesto que todos los vivos tenemos historia de muertos y de muertes sin número. 

Para mí esa espectrología—visible cuando uno mira el libro con rayos X, o bastan ojos claros—incluye por supuesto la historia de Occidente, que es la que mejor conozco, y la historia del pensamiento contemporáneo en la medida en que la conozco.  No tengo el prurito de ninguna originalidad imposible, pero sí acepto tener conciencia de que venimos de algo complejo, de una historia que, en resumidas cuentas, no puede dejar de ser lineal para cada uno de nosotros, que somos punto más o menos final de una trayectoria de largo alcance y que desde luego acepto en toda su multiplicidad.  Pero asumo con ello la responsabilidad plena de lo que yo entiendo como más radicalmente significativo en esa herencia.  De ahí, por supuesto, mis énfasis en un puñado de textos de la tradición que distingo como decisivos en cada caso—de Parménides y Píndaro y Heráclito a Marx y a Nietzsche y a Heidegger y a Schürmann y a Derrida y a Nancy y a Malabou, aunque esté muy lejos de haberles hecho justicia.  Todos ellos asumen a su vez una herencia, implicando muchos otros nombres y muchos otros dolores, que asumo y comparto, ese es el juego. 

Y son ellos, mis fantasmas (aunque tengo más todavía no declarados), los que guían la labor de escritura en un tiempo que, fuera de Malabou y Nancy, es el nuestro y ellos no pudieron llamar antropocénico.  Y yo lo hago por ellos, espero que sin desfachatez, entendiendo que están implicados en su producción aunque en la mayoría de los casos de forma crítica.  Quizá por lo tanto yo solo pudiera jactarme, si me interesara, de cierta labor de traducción–¿qué recursos de la tradición pueden ser invocados hoy, en su calidad fantasmática misma, para dejarnos entender y por ello vivir en el Antropoceno?  Elegí los que me parecieron mejores, y eso es en cuentas resumidas todo. 

Hace unos días terminé la lectura de un libro de Jean Vioulac, al que tendré el honor de recibir en Texas dentro de unas semanas, llamado Approche de la criticité.  Philosophie, capitalisme, technologie (PUF, 2018).  Hacia el final de su texto dice Vioulac que la palabra criticité de su título está prestada de la física nuclear y nombra el momento en el que la materia alcanza un punto en el que poder cambiar su estado.  Es pues una buena metáfora para el atolladero presente, describible como un mundo en su fin potencial.  Pero Vioulac dice que el pensamiento no debe dedicarse a la profecía, que nadie está en posición de saber lo que va a pasar, y que solo nos toca analizar lo que tenemos y lo que vemos.  En ese sentido, si el análisis mostrara, en la imminencia de lo que viene, que solo un acontecimiento auténtico podría conjurar el peligro vinculado al Capital y a la Tecnología de nuestro presente (lo que mi texto llama Gestell en referencia al término heideggeriano), ese acontecimiento auténtico podría ser la insurrección que viene, la comunidad que viene, o la Singularidad posthumana que los transhumanistas adoran.  Pero podría también ser un final, en cuanto accidente de la criticité.  No podemos saberlo y no vamos a arriesgarnos a profetizarlo. 

Supongo que Tiempo roto dice lo mismo.  No sabemos qué va a suceder, pero debemos aprender a vivir en ese no-saber sin presciencia, pero también sin ilusiones ni estafas.  Eso requiere modestia extrema, humildad, pero también inmensa e intensa crítica.  Tiempo roto no es que postule sino que da por descontado que, si es la política lo que el intelecto general, nunca demasiado avispado, adjudica como campo de posible salvación, estamos perdidos.  No habrá salvación política, en ningún caso desde las presuposiciones y los postulados que la política de la modernidad—digamos la política desde la Revolución Industrial—trae consigo, en primer lugar porque la política es hoy un campo de acción secundario y derivado de lo que la combinación Capital/Tecnología deja a nuestro alcance.  Ninguna articulación contrahegemónica concebible está hoy en posición de derrotar a un Mercado mundial que rige todos los Estados.  Si es posible imaginar—no profetizar—un cambio radical que afecte la configuración misma del Capital como autovaloración del valor, no podemos sin embargo invocar ningún actor político susceptible de llevarlo a cabo.  Mientras tanto, ¿qué hacer?  ¿Cómo vivir en ese no-saber sin presciencia, pero profundamente escéptico respecto de la capacidad política de nuestro mundo, desde la izquierda o desde la derecha, cuando el no-saber incluye no saber nada de ningún posible agente político fantasmático, misterioso, invisible e impredecible? 

No hay tampoco retorno a ninguna reconfiguración teológica o cripto-teológica del mundo que pueda ofrecer salvación, ni efectiva ni numinosa.  La muerte de Dios ha tenido lugar, Nietzsche nos contó quién lo hizo, y la desecularización del mundo secular imputable a ese agente asesino no es una vuelta religiosa sino su abandono más radical—en la medida en que la secularización, como enseñó Carl Schmitt, era y es religión disfrazada (en Texas eso se ve sin más que salir a la calle o entrar en la clase).  Podemos solo esperar, mientras ejercemos nuestro modesto deber crítico, pero en esa espera hemos de inventar formas de vida que puedan ser conmensurables con ella.  La infrapolítica es ese intento que prepara un comienzo otro a partir de la historia vencida.  Y la alotropía es la propuesta de imaginar instancias generativas.   Digamos que si la infrapolítica es pensamiento de la traza olvidada, de la traza que la metafísica olvida para darse a sí misma y como condición de hacerlo, entonces la práctica alotrópica es experiencia de algo que precede a la estructuración ontoteológica y sacrificial de la historia de Occidente, hoy ya historia planetaria.  Y así procura desidentificación respecto de ella.  Ese es sin duda un reclamo intempestivo, el de abrirse al exceso de una traza que solo persiste como traza.  Pero es el reclamo que propone Tiempo roto como infrapolítica marrana. 

Me gustaría terminar esta reflexión aludiendo al otro elemento del librito que nuestros amigos comentan, la an-arquía, sin duda para mí derivada en gran parte del pensamiento de Reiner Schürmann y de su énfasis en el resto trágico que perdura en la estela de las hegemonías rotas de la historia de la metafísica.  Pero quiero hacerlo no a partir de Schürmann, sino desde la reelaboración por Nathalie Zaltzman de la pulsión de muerte freudiana en su ensayo “La pulsion anarchiste”  (en De la guérison psychanalytique, PUF, 1998).  En realidad no puedo sino referirme a ella, el texto es complejo, y recomendar su lectura.  Dice Zaltzman: “la pulsión anarquista trabaja para abrir una posibilidad de vida allí donde una situación crítica se cierne sobre un sujeto y lo aboca a la muerte” (137).  Es una corriente de la pulsión de muerte que trabaja para vivir, “un destino de esa pulsión otro que mortífero” (137): “La pulsión de muerte trabaja en cada uno . . . para superar la negación de la muerte, negación mortífera por excelencia; utiliza para hacerlo todo lo que está a su alcance, así también la enfermedad, para hacerle lugar en la economía psíquica a representaciones de la mortalidad.  La negación mantenida de la amenaza de la muerte no puede sino aumentar la presión interna de la pulsión de muerte aprisionada, que llevará sus vías libres a donde disponga” (126). 

En el atolladero antropocénico, y ante la monumental negación de la muerte que la débil política moderna ofrece ya como negacionismo radical ya como intentos suaves de mitigación improductiva, desplazar la pulsión de muerte desde su corriente mortífera hacia su anarquismo vital es todo lo que Tiempo roto puede ofrecer en su parte propositiva.  Zaltzman ofrece dos ejemplos: el del pueblo Inouit que consagra su vida a la individuación en circunstancias climáticas radicalmente adversas o el de los que buscan sobrevivir el universo concentracionario en los campos nazis de los años 1940.  Mutatis mutandis entre esos dos ejemplos podríamos encontrarnos todos en unos decenios.  Y hay que aprender a vivir mientras tanto.   Lo que yo recomiendo es darle rienda suelta a la pulsión anarquista, y a todo lo que ella conlleva.

Alberto Moreiras

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