Voy a empezar planteando lo que a mí me parece obvio pero sé que resultará controvertible para otros, para muchos, porque va contra la ideología general contemporánea, particularmente en la academia, vaya usted a saber por qué. No sabemos cómo las ideologías se generan y crecen.
Lo que tengo que decir es sencillo. La política, lo político, no es de ninguna manera primario, sino que es siempre secundario y derivado. Me preguntarán respecto de qué es secundario y derivado, sin duda, y lo harán con la satisfacción de tener la certeza de que esa pregunta es incontestable. Pero yo les pediría que trataran de cuestionar su propia certeza, de ponerla al menos temporalmente entre paréntesis—la política, lo político, es secundario y derivado siempre en cada caso de posiciones a las que voy a llamar an-ontológicas, que forman parte de nuestra cotidianidad y que en ese sentido son en su mayor parte inconscientes aunque no necesariamente secretas. Permanecen impensadas en general, son vividas. Son disposiciones existenciales siempre singulares, que orientan o desorientan nuestras vidas y a partir de las cuales producimos nuestra historia o sufrimos que nuestra historia nos produzca, con alguna ayuda de las Parcas.
En cualquier caso de ellas salen nuestros impulsos y motivaciones y resentimientos propiamente políticos cuando se presenta la ocasión de actuar políticamente. Por lo tanto la política, lo político, no es primario sino en cada caso derivado y secundario. Pensemos en Antígona. Si Constanza Serratore dijo en la presentación anterior “no hay nada que preceda al conflicto político,” Antígona, primer ejemplo en la historia de Occidente, nos llama a preguntarnos por esa “nada.” Antígona no está interesada en el conflicto político, el conflicto político le es impuesto por Creonte. A Antígona le interesa solo llevar a término su disposición existencial mayor. Y paga un precio.
Benjamín Mayer comenta que quizá sea bueno ser prudente, renunciar a posiciones maximalistas, y afirmar no la secundariedad de la política sino su co-primariedad. Pero yo diría que la política es siempre tapón de lo primario, y que relativizar su secundariedad implica poner en jaque la noción de que la idea—la ideología—de la primariedad de lo político conduce siempre a la mala política. Para usar el ejemplo propuesto por Sergio Villalobos, la noción de movilización total de Ernst Jünger, diría que la movilización total es consecuencia directa y necesaria del postulado de la primariedad de la política. Y que la movilización total lleva necesariamente al totalitarismo, hoy ya visible como una forma acentuada de nihilismo. Entre Antígona y el trabajador de Jünger se juega la historia de la democracia en Occidente.
Quiero acompañar, entonces, la obviedad de la secundariedad de lo político con un corolario interpretativo que no voy a presentar como hipótesis sino como precipitado de mi experiencia personal, de mi observación: cuanto más pensemos que la política y lo político son primarios, cuanto más nos opongamos a la idea de que nuestras razones políticas son siempre en cada caso derivadas y secundarias respecto de anontologías singulares, peor será nuestra política, más desgraciada y ciega será nuestra política, más torpe y peligrosa será nuestra política.
Por eso nuestro momento, en el que la noción de que la política es primaria se ha hecho ideología general, particularmente en la universidad, pero no solo en ella, es un momento particularmente desgraciado y ciego, torpe y peligroso. Es un fin de época ya dilatado en el tiempo pero que no dejará de producir nuevos efectos perniciosos. Y resulta difícil imaginar cómo vamos a salir de él. No sabemos cómo crecen y se desarrollan las ideologías.
En las reflexiones que nos envió Andrés Gordillo como preparación de la conversación que estamos teniendo, Andrés habla de la escucha a lo que hay, de la necesidad de un paso atrás respecto de lo que hay, y de cómo la política contemporánea está dividida entre administración capitalista y moralismo inquisidor—y cómo esa división constituye algo así como el resto, el residuo, el precipitado, el desecho digestivo de lo que en algún otro tiempo merecía el nombre de izquierdas y derechas.
Me interesa más la conversación que pontificar improvisadamente y así me interesa sobre todo llamar la atención sobre cómo las reflexiones de Andrés, a las que Constanza y Sergio respondieron plausible aunque diferenciadamente, son consistentes con la necesidad de abandonar la ciertamente pesada noción de que la política es siempre primaria en nuestras vidas.[1] ¿Qué oculta esa pesada noción, al fin y al cabo, sino sobre todo el rechazo, la renuncia a pensar en y sobre nuestras propias disposiciones existenciales, que es en todo caso la única manera de lograr cierta lucidez sobre nuestras condiciones y proyecciones de existencia? Y quizá por lo tanto la única manera de imaginar una política otra, que nuestro tiempo reclama con fuerza terminal.
No quiero pontificar ni predicar, prefiero hablarlo, pero ya se habrán dado cuenta, no puedo ni me interesa ocultarlo, de que en lo poco que he dicho hay algo así como un desafío personal que cada quien deberá aceptar o no. Si se acepta, entonces hay que hacerlo pasar por la reflexión personal y singular. Los dejo con eso nada más, un resultado pobre de la invitación de Andrés, pero creo que el pensamiento pobre es hoy infinitamente más rico que las sandeces moralistas y administrativas con las que la ideología dominante intenta impedir camino alguno de pensamiento.
Podría concluir refiriéndome a la necesidad de revisar lo que Jacques Derrida decía en su Espectros de Marx sobre el registro doble del pensamiento político, en primer registro pedir que el sistema cumpla su propia promesa, en segundo registro revisar la estructura misma de la promesa, y pedir un tercer registro al que Derrida nunca aludió explícitamente: un registro infrapolítico sin el cual el segundo registro se hace ciego y vacío. Pero prefiero, para concluir, aludir a lo que Andrés pedía bajo los motes de “desacralizar” y de “pensar ateológicamente.” Me pregunto si no estaría mejor sustituir la desacralización por la desecularización—la secularización es todavía un fenómeno religioso, como también la desacralización–y complementar la noción de un pensamiento ateológico aludiendo al paso silencioso de un último dios que, una vez percibido, no podrá ya ser ni teologizado ni reteologizado. Pero de esa experiencia del último dios puede depender no ya nuestra buena política sino también nuestra supervivencia civilizatoria.
[1] Tanto Constanza como Sergio producen en sus intervenciones análisis diversos de la lógica totalitaria en el curso político contemporáneo, ambas respuestas a las reflexiones iniciales propuestas por Andrés. Constanza sanciona el proyecto de pensamiento instituyente de Roberto Esposito como alternativa al neoliberalismo populista triunfante hoy. El proyecto instituyente de Esposito es un proyecto vinculado a la teorización de la democracia por Claude Lefort y con fuertes críticas a pensamientos alternativos como el aceleracionismo de Gilles Deleuze o la destitución que Esposito ve como fuerza dominante en Derrida y Agamben. Sergio apuesta por un revisionismo marxiano que lo lleva más cerca de posiciones an-árquicas (no anarquistas) que quizá sean en el límite incompatibles con el proyecto instituyente de Esposito. Pero Sergio también termina con varias referencias a la necesidad de repensar tanto desacralización como su corolario la noción de pensamiento ateológico—que en todo caso no ve en lo que hoy se plantea como pensamiento nuevo, que para Sergio no seria tan nuevo sino todavía más de lo mismo, con pequeñas e insuficientes diferencias.